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viernes, 8 de julio de 2016

Condena cumplida






Todo comenzó algunos días atrás presintiendo su cercanía. Se sentía observado, estaba convencido de que así era. Más tarde la evidencia tras la sospecha no le dejó duda alguna, aunque sí un insondable pozo de tristeza y frustración en el corazón.

 Antes de salir a su encuentro se miró en el espejo, como si lo hiciera por última vez, se alisó el pelo con una mano y con la otra comprobó, de forma mecánica, la firmeza del cinturón.
Eran dos hombres; altos, de imponente aspecto y que parecían ser tan semejantes entre sí que se diría que eran clones.

Él no podría nunca salir victorioso en un enfrentamiento tan desigual. Además, era absurdo intentar librarse del acoso porque, en el improbable caso de que consiguiera deshacerse de sus perseguidores, vendrían otros dos a relevarlos y otros dos si fuera necesario…No había escapatoria posible. Debía rendirse, dejarse llevar sin oponer resistencia, sin condiciones.

Hacía ya algunos años que no se recreaba en recordar su otra vida. Esta que ahora tenía desde hacía casi veinte era su verdadera realidad. La otra, la que de nuevo se abría camino desde los rincones de su memoria, parecía no haber existido nunca. Pero, quisiera o no, debía volver a ella, y no solo en el recuerdo si no  físicamente.

El mundo al que en verdad pertenecía estaba a 200 años en el futuro. Un mundo que presumía de perfecto de manera engañosa; oficialmente no se reconocía que existiera el delito. Para sus  dictatoriales artífices era impensable aceptar que el Sistema fallara hasta el punto de crear rebeldes que transgredieran las normas de convivencia impuestas por ellos. Sin embargo ocurría, y lo hacía con frecuencia y eso dejaba al Estado en entredicho si llegaba al conocimiento popular.

 Al fin de una larga búsqueda de soluciones se optó por enviar a los perturbadores del orden a cumplir su condena en una época anterior a la suya. Ese era el caso de él y los años de condena impuestos se habían cumplido. Ahora los dos enviados debían conducirlo a su época en el futuro, sin más.

Nadie contó con que en esos años él había organizado de nuevo su vida; tenía esposa e hijos, un hogar y una profesión. También se había ido sintiendo cada vez más identificado con las reivindicaciones a las que su nuevo pueblo de adopción aspiraba. No, no estaba dispuesto a permitir que lo devolvieran a su época, seguiría estando en su presente-pasado.

Salió al encuentro de sus enemigos y cuando estaba junto a ellos presionó decidido el botón del cinturón de explosivos.

Quedó volatilizado al instante.
Al menos su cuerpo se quedaría allí.
Su espíritu conocería, al fin, el más  auténtico de los mundos, el Paraíso.


Fin

sábado, 6 de octubre de 2012

Opciones desafortunadas






Son las dos de la mañana cuando un hombre se dirige a su casa después de una pequeña juerga nocturna con amigos. Ha optado por hacerlo por una carretera secundaria que, aunque da algún rodeo, evita el peligro de encontrarse con un control policial a la salida de la autopista. Ha bebido. Va despacio y atento a cualquier signo de alarma en la lejanía; cualquier destello de luz azulada sería motivo para detenerse a tiempo y no ser sometido a la prueba del alcoholímetro.
De pronto, como salido de entre la maleza, aparece un hombre de unos cincuenta años haciendo señas para que se detenga. Comprende que a esas horas y lugar debe tener problemas y requiere ayuda. Tal vez se le haya averiado su vehículo y se encuentre en ese solitario paraje, a la espera de que alguien le acerque a la población más cercana.
Detiene el vehículo y el hombre se le acerca para pedirle que le lleve.
─Suba.
─Buenas noches, muchas gracias, se lo agradezco. Llevo aquí más de una hora y no ha pasado nadie en ese tiempo.
─ ¿Qué le ha ocurrido?
─ El maldito coche, se ha parado un par de kilómetros más atrás y no ha habido manera de ponerlo en marcha de nuevo.
─Perdone, le voy a pedir una cosa─. Dice el chófer.
─Usted dirá.
─Haga el favor de ponerse en mi asiento y conduzca usted por mí.
─ ¿Y eso? ─pregunta el pasajero sorprendido.
─He estado con unos amigos celebrando un encuentro que solemos hacer de vez en cuando y he bebido un poco. Si es tan amable de conducir usted…más que nada por si encontramos algún control de la policía.
─No hay ningún problema. No se preocupe, ya conduciré yo que no he bebido nada. Soy abstemio, ¿sabe?
─Estupendo, me hará un favor.
─ ¡Nada hombre, el favor me lo hace usted a mí por haber parado!
El hombre ocupa el lugar del conductor y este el del copiloto. Luego se ponen en marcha hacia la población más cercana que, casualmente, es el destino de ambos.
No llevan recorrido más de un kilómetro cuando el vehículo queda a un lado de la carretera, frenado en seco y a punto de salirse y caer por un terraplén que da al campo.
El propietario alarmado pregunta qué ocurre.
No hay respuesta. El que conduce está fuertemente aferrado con una mano al volante mientras con la otra se oprime con furia el pecho. Un dolor penetrante le hace quedar con la boca abierta y sus ojos parece que le van a saltar de la cara de un momento a otro. Seguidamente echa la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo del asiento, al tiempo que los brazos caen desmayados hacia abajo.
Está muerto, sorprendido por un infarto fulminante.
El dueño del vehículo intenta que vuelva en sí con gritos desesperados y zarandeos insistentes hasta convencerse de que es inútil, que está muerto.
Desesperado sale del vehículo y anda unos pasos carretera adelante, retrocede y hace lo mismo en dirección contraria con las manos en la cabeza, aturdido y desorientado. No sabe qué hacer, qué pensar. Un miedo terrible le deja en estado de shock, es incapaz de asimilar la situación, tan inesperada como surrealista, que se le ha presentado en tan corto espacio de tiempo. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? ¿Dónde ir?
Sin saber bien porqué entra por la puerta contraria al conductor y agarrando el cuerpo inerte de un brazo lo atrae hasta el asiento con gran esfuerzo. Primero el cuerpo, luego una pierna y después la otra hasta quedar bien posicionado. Se pone al volante y arranca hasta acceder de nuevo a la carretera.
Tiene que pensar y rápido; dejar al pobre hombre en la puerta de un hospital, abandonarlo tumbado en un banco de cualquier plaza, como si durmiera…
De pronto un escalofrío hace que salte sobre el asiento; ha comprendido, a pesar de su aturdimiento, que en cualquier curva puede toparse con el temido control policial y sus problemas se multiplicarían extraordinariamente al descubrirse la carga que lleva. Podrían, incluso, acusarle de haberle provocado el infarto de alguna manera y con cualquiera sabe qué finalidad. Para en seco la marcha y se acerca al arcén para pensar con más calma en la decisión más lógica a tomar.
Permanece allí, a oscuras, el motor parado y tratando de hallar la mejor opción para salir de una vez de la situación tan angustiosa en que se encuentra.
Después de algunos minutos de dudas y opciones descartadas se decide por sacar el cuerpo del desdichado de su vehículo, arrastrarlo por la suave ladera, que hay junto a la carretera, hasta un campo solitario en donde abandonarlo. “Está muerto y ya no puede hacer nada por él, ¡para qué complicarse la vida innecesariamente!, al fin y al cabo no lo conoce de nada”.
Convencido de que es la mejor opción no duda más y lo hace. 
Cuando ha alejado el cuerpo lo suficiente para no ser visto desde la carretera, se le ocurre que es buena idea mirar en su documentación con la intención de llamar anónimamente a su domicilio y decir dónde está el cuerpo. O tal vez a la policía y desde una cabina telefónica para no ser localizado. Le parece que sería un delito muy grave y una falta de ética dejar allí, a merced de cualquier animal que corriera por aquellos campos, el cuerpo del hombre. Tiene que avisar a alguien del hecho y así será retirado lo antes posible. 
Sin darle más vueltas al asunto rebusca en los bolsillos de la americana del cadáver y encuentra su cartera. La abre y comprueba que lleva el DNI. Gira un poco la cartera con intención de que alguna claridad le llegue desde la carretera y poder ver mejor los datos y descubre asustado como sobre el plástico que envuelve el carné de identidad corretean, como luciérnagas traviesas, destellos azulados. Al girarse hacia su espalda ve lo que menos quería ver; un coche patrulla de la policía parado junto a su vehículo y dos agentes observándolo.

sábado, 12 de noviembre de 2011

CECILIA (Más allá del rencor)




 

Cecilia abre los ojos sobresaltada. La presencia de su esposo, de pie al costado de la cama donde duerme, la irrita una vez más.
—Deja de observarme mientras duermo, sabes que no me hace ninguna gracia que me des estos sustos —.Le increpa mientras retira la sabana y se incorpora.
—Perdona cariño, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?, ¡me aburro tanto…! ¡Me encuentro tan solo en esta situación…!
—Tendrás que acostumbrarte, ya no hay remedio —.Responde Cecilia regocijándose.
—¿Porqué tuve que morir tan pronto? —Se lamenta Gregorio por enésima vez.
—Tampoco es que fueras un jovencito, con sesenta y seis años. Si no hubieras tenido tantos vicios tal vez estarías aquí aún, pero de qué te serviría si no aprendiste nunca la lección. Tu vida fue siempre un exceso en todo lo que hacías; alcohol, tabaco, mujeres…malos tratos hacia mí…
—Por favor, no me castigues con eso —Le interrumpe Gregorio—, no te imaginas lo arrepentido que estoy. No puedes hacerte una idea de lo que me martirizan los recuerdos, ¡Dios mío, cómo pude ser tan brutal, egoísta y degenerado! Si supieras lo que siento ahora, si pudieras entrar en mi mente y ver la belleza que anida en mis pensamientos…
—Déjalo, ya no tiene arreglo, todo eso tenías que haberlo sentido en vida. Ahora no me sirve de nada —.Cecilia interrumpe cínicamente sin dar tregua a su difunto marido.
Su vida con él fue un infierno y ahora que está en esa situación de privilegio tiene la oportunidad de vengar el ultraje al  que la sometió durante tantos años. Sobre todo, lo que más daño le hizo fueron los malos tratos físicos. No, no lo perdona y está dispuesta a hacérselo pagar  en esta vida y en la otra. Es por eso que no le cuenta su secreto y día tras día tortura al arrepentido Gregorio con su desprecio. Los intentos de él de compensarla con bondades y palabrería son en vano.
Él, una vez fallecido y pasado al “otro lado”, sufre una transformación radical; una paz indescriptible inunda su alma y siente tal amor hacia su esposa que no puede evitar acompañarla día y noche. Está constantemente a su lado tratando de resarcirla de tanta brutalidad como le proporcionó en vida a cambio de nuevos y hermosos sentimientos que ahora rebosan por todos los poros de su ser.
Ella ha sufrido tanto que no le basta con la transformación tardía de él, necesita expulsar todo el veneno que ha ido acumulando dentro y mantiene una farsa cruel en su existencia; no le dice que ella también falleció poco tiempo después que él. Finge una vida terrena, normal, como si nada hubiera cambiado y deja que el hombre se torture con el remordimiento y la frustración de no conseguir su perdón.
La astucia de la mujer puede alcanzar hasta el más allá si se lo propone.                          

jueves, 10 de noviembre de 2011

No desearás el puesto de tu prójimo.



En la cabeza de Amparo no hay más idea que la del suicidio. Sale del edificio que alberga las oficinas de una gran firma de cosmética con la determinación de quitarse la vida. Ofuscada por la amenaza de despido y ante la expectativa de ser una más en la lista del paro de este país, piensa que no vale la pena continuar. Su inestabilidad emocional aumenta sobremanera ante la noticia añadida, y recientísima, de que su esposo la abandona por otra mujer.
Cuando alcanza la calle camina un largo trecho, va como ausente, sumida en un amargo resquemor y ni siquiera es consciente de la dirección que toman sus pasos. Se ha alejado del centro de la urbe y camina por el arcén de una avenida muy transitada por vehículos.
En uno de ellos va Matilde al volante; la mirada al frente y en total concentración. Esa actitud en la conducción le sirve de mucho ya que no tiene más tiempo  que para clavar los frenos a fondo y evitar atropellar a la mujer que en ese momento, y por arte de magia, ha aparecido frente a ella en un paso de peatones. Está inmóvil y mirando fijamente como el vehículo se le viene encima.
Se escucha un alarmante chirrido de neumáticos, pero no ocurre nada. El automóvil queda frenado peligrosamente a diez centímetros escasos de la mujer. Es Amparo.
Matilde sale del auto como una energúmena. Recrimina la actitud suicida de la otra mujer. Se desahoga lo que le viene en gana para compensar el susto que le ha dado y luego, al ver las lágrimas que le surcan las mejillas, se acerca a su altura y la acompaña hasta la acera con palabras más suaves. Mientras Amparo está desconcertada y sin saber donde posicionarse, Matilde va hasta su vehículo y lo estaciona junto a ella para ir a atenderla. Luego la acompaña hasta un banco de la vía pública y amistosamente le conmina a que se explique, cosa que no desprecia Amparo sino que  bien al contrario comienza, sin dar tiempo a preguntas, a soltar de un tirón todas sus amarguras:
—¡Maldita suerte la mía!, no quiero seguir viviendo, no vale la pena cuando a una se le viene todo abajo. ¡Tanto esfuerzo, tanta lucha y privaciones para tener un empleo digno, una familia… para nada! Hoy lo tienes todo y mañana estás en la calle. Tengo un puesto de trabajo estupendo por el que me he desvivido  durante los últimos diez años. Estaba segura que ese ascenso era para mí, pero la muy zorra, que se decía mi amiga, me lo ha arrebatado sin escrúpulos. Y no sólo el puesto, también el marido. ¿Dónde está la solidaridad entre nosotras? ¡Zorra!, ¡no es más que una puta! Primero me entero de que mi marido está liado con ella y después que el nombramiento de directora de ventas se lo dan a la misma. ¿Vale la pena vivir con todo eso? Por ese motivo, cuando me han notificado que la habían nombrado para el cargo, y no a mí, ha sido la gota que ha colmado el vaso. He salido de la empresa con lo puesto y he corrido y corrido sin rumbo,  con la intención de acabar de una vez por todas. No tengo a mi pareja, no he conseguido el  objetivo profesional que me había propuesto… ¡A la mierda todo; él, ella y Cosméticos New Line!
Matilde deja apresuradamente a la mujer, toma su vehículo y después de un giro de ciento ochenta grados, que a punto está de provocar una colisión múltiple, recorre la avenida a toda prisa en dirección opuesta a su anterior marcha.
En pocos minutos está frente a la empresa Cosméticos New Line. Sin perder un segundo entra en el edificio y se dirige hasta la tercera planta, a Gerencia. La señorita de recepción intenta detenerla pero no le es posible dado el ímpetu y determinación con que se mueve, pues ya está entrando en el despacho del gerente cuando le da alcance. Al abrir la puerta sorprende a un  hombre agachado en cuclillas recogiendo unos papeles del suelo. Hay mucho desorden en la estancia, da la impresión de que hubiera pasado un tornado. Casi ha sido eso lo ocurrido hace pocos minutos.
El gerente interroga a Matilde arqueando las cejas y mirándola, desconcertado, por encima de sus lentes. Ella, sin dar tregua, le explica en pocas, pero acertadas palabras, que necesita un puesto de trabajo, que tiene suficiente experiencia para ello y que lleva consigo un formidable currículo que no podrá despreciar.
Verdaderamente Matilde tiene empuje, es una auténtica vendedora y sabe seducir. Tiene el don del convencimiento y la seguridad en ella misma idónea para la situación, tal es así que el gerente no duda en tomar el currículo en sus manos y echarle un vistazo allí mismo. Lo que lee le resulta interesante y no tiene reparo en decirle:
—Parece que haya caído usted del cielo, efectivamente necesitamos una persona de su valía, pero tenemos un problema.
—Usted dirá—responde Matilde esperanzada y sin retirar su mirada de los ojos del gerente.
—Hace escasos minutos hemos tenido aquí unas diferencias con una persona que ocupa el puesto que pudiera ser suyo. Por causas que ahora no vienen al caso se ha ausentado de forma poco ortodoxa y tal vez no vuelva. Tiene un plazo de veinticuatro horas para incorporarse a su puesto o está despedida. Si en esas horas no se persona en la empresa el puesto es suyo. Tome, aquí está mi teléfono—. En ese momento Matilde observa por primera vez una especie de arañazo que cruza  la mejilla izquierda del gerente.
—Muy agradecida por su atención—dice Matilde al tiempo que recoge la tarjeta de visita con una mano y le entrega una  suya con la otra—, esperaré impaciente el desenlace del asunto con su empleada. Ahora he de marcharme, no le molesto más. Gracias por todo y quedo a la espera de noticias favorables.
Sin más sale todo lo de prisa que puede al exterior, sube a su vehículo y retrocede lo andado a toda velocidad hasta internarse de nuevo en la avenida de antes.
“Puede que aún siga allí”—piensa en voz alta mientras introduce la directa.

sábado, 5 de noviembre de 2011

MI enemigo Baltasar (La víspera de Reyes)




Son las cinco de la tarde, al mismo tiempo que Isabel y su pequeño Raúl de siete años esperan ilusionados el paso de la cabalgata de Reyes mezclados entre la multitud, Eusebio, el esposo y padre, sale del almacén de la empresa de transporte donde trabaja. Concluida la jornada laboral, tiene una misión importante que llevar a cabo; encontrar a toda costa un juguete para su hijo. Ese juguete que siempre dejamos para última hora y que cuando reaccionamos porque se nos echa encima la fecha clave, nos dicen:”lo siento, pero no nos queda ninguno, si hubiera venido hace media hora aún nos quedaban dos, pero como están muy solicitados porque ha sido el juguete más vendido de estos Reyes…nos los han quitado de las manos. Se venden solos, oiga ¡que fiebre les ha entrado a los niños con el trasto ese, que barbaridad!”
A través de un compañero de trabajo, se informó de una tienda en el centro de la ciudad, donde: “seguro que lo encuentras”. Y en eso está, se dirige a la parada de autobús más cercana y espera.
Más lejos, madre e hijo disfrutan ya de la majestuosa Cabalgata. El espectáculo es maravilloso, como es habitual en estos casos. La inmensa avenida está engalanada convenientemente para la ocasión, las miles de bombillas de colores que adornaron la Navidad sirven ahora para dar ese toque de magia necesario para autentificar algo tan engañoso y cargado de ilusión infantil.
La zona a la que se dirige Eusebio no es precisamente de las más recomendables para individuos como él, pero no tiene más remedio que ir hasta allí para conseguir lo que busca. Aunque ubicado en el corazón de la ciudad, el barrio es muy poco recomendable ya que allí conviven una multitud de etnias de lo más variado en culturas y procedencias. Prácticamente está ocupado por individuos que emigraron de sus países de origen en busca de una vida mejor, terminando por hacinarse en unas pocas calles donde se hacen fuertes. Allí imperan sus propias leyes, no ateniéndose más que a su propio código. Desprecian totalmente a una sociedad que los margina, por lo que no comparten criterios de comportamiento cívico si no que han creado su ética particular y con ella se “apañan”.   Ciertamente no es muy aconsejable pasear por allí y si se hace, mejor no entretenerse demasiado por si acaso. Eusebio lo sabe, por lo que no piensa llamar la atención, irá a lo que le interesa…y escapará de allí lo antes posible una vez conseguido el objetivo.
En una llamada telefónica, a media tarde, comentó su plan a Isabel asegurándole que cuando vuelva a casa lo hará con el regalo ya adquirido, por lo que no debía preocuparse pues el niño tendrá la alegría que esperaba en la mañana de Reyes. Se trata de una nave espacial de esas de estilo japonés con tantas lucecitas y funciones. El cacharro tiene por nombre, nada más y nada menos que Sky-kar. Y como es natural en estos casos, nada consolaría al niño si por la mañana al levantarse y correr al lugar donde dejó las zapatillas, descubriera que lo que más desea de todo, lo que más remarcó en su carta a los Reyes, éstos se olvidaron de dejárselo. “¡Eso, jamás!, el niño tendrá su regalo cueste lo que cueste.”
El autobús llega por fin, se abre la puerta impulsada por un chorro de aire comprimido y Eusebio se introduce en él.
La mayoría de los pasajeros que le acompañan en el recorrido tienen el mismo punto de destino, se les nota nada más verlos. Eusebio sabe distinguir perfectamente de entre ellos los que son del barrio al que se dirige y los que no. Todos los asientos están ocupados y ha de permanecer en pie asido a una de las barras que penden del techo. Debido a su escasa estatura, para agarrarse bien, no tiene más remedio que estirarse hacia arriba, por lo que está prácticamente de puntillas. Se siente ridículo y maldice una vez más en su vida no tener una talla normal. A su lado un joven de raza negra de unos veinte años, que le pasa dos palmos por encima de su cabeza, parece mirarlo como burlándose. Eusebio desvía la mirada para otro lado por evitar problemas, concentrando la atención en el paisaje urbano que pasa delante de sus ojos como una exhalación
 “Solo faltan dos paradas”, piensa. En realidad el viaje no es muy largo pero él está deseando que finalice. Ha escuchado muchas historias referentes a la zona y ninguna agradable y no está nada tranquilo. Al parecer allí ocurren todos los actos delictivos de la ciudad: robos, violaciones, agresiones…etc. Está convencido de que todo eso se exagera bastante, pero de todas formas algo hay de cierto. Con observar a sus compañeros de viaje tiene suficiente para hacerse una idea aproximada de el tipo de convivencia que debe haber entre unos y otros. Mira con disimulo a los pasajeros y no ve más que pakistaníes, chinos, negros o árabes. Se siente extranjero en su propia ciudad y una sensación de desamparo le recorre el cuerpo, como un estremecimiento que le inquieta. Hasta llega a pensar que le observan con mirada despreciativa. Decide no dejarse impresionar y recurre al viejo truco de pensar en otra cosa, concentrar la atención en lo que lo ha llevado hasta allí. “Un Skin-Word”, piensa. ¡”No, no se llama así, era Sky-Lav!, tampoco, ¿cómo se llama el maldito juguete ese? ¡Será posible! ¿A que lo he olvidado y cuando vaya a la tienda no sabré que pedir?”.
—¿Quieres apartarte, que voy a salir? —la voz del joven gigante que hay a su lado le sobresalta por el tono grave y amenazador.
—Per…perdone —balbucea Eusebio—, no le había oído.
—¡Quita de en medio, payaso! — El negro no parece tener muy buenos modales, termina por apartarlo de un empujón sin darle opción a responder, para pasar hacia la parte de atrás donde está la puerta de salida.
El autobús ha llegado a la última parada, que es la de ambos. Eusebio opta por dejar que salgan varias personas antes que él con tal de crear una distancia de seguridad entre él mismo y el malcarado personaje que lo ha humillado. Prefiere no tener que encontrárselo más. A través de las ventanas del autobús observa como se aleja. Los últimos pasajeros que quedaban han salido ya, por lo que el conductor se impacienta: “¿Baja o se queda?”, le interroga con malos modos.
Sale a la calle indignado por el trato recibido. El sentimiento de impotencia que le producen estas situaciones en las que se siente cobarde y no reacciona ante una agresión verbal le rebajan la autoestima, le duele no tener el coraje suficiente para enfrentarse a todo aquél que, amparándose en la inferioridad física que ven en su persona, le avasalla sin contemplaciones. Está harto de pedir perdón cuando le pisan, de intentar siempre el dialogo antes que nada, sea con quien sea, incluso aunque el contrario no se merezca otra cosa que un par de puñetazos o el peor de los desprecios. Harto de ser un débil y faltarle el valor necesario para hacer prevalecer sus derechos en lugar de ir por la vida pidiendo perdón como si le debiera la existencia a todo el mundo. Desde su infancia no recuerda ni una sola vez en que saliera victorioso de alguna situación escabrosa, ya fuera discusión o enfrentamiento físico. Siempre le tocó a él salir mal parado, por eso mismo ha ido desarrollando en su interior , por acumulación , un fuerte rencor hacia las personas que van por la vida atropellando a los demás amparándose en la autosuficiencia que produce un cuerpo bien desarrollado y un carácter odiosamente agresivo. En ocasiones ese rencor alcanza límites homicidas y siente la necesidad de exteriorizarlo llevándolo a la práctica. Pero no pasa de ser eso; la necesidad o el deseo, ya que su propia cobardía reprime constantemente el instinto hasta convertirlo en un miserable corderito incapaz de enfrentarse a nada ni a nadie. Se odia a si mismo pero no puede hacer otra cosa que seguir siendo el que es.
En un bolsillo exterior de la americana lleva un trozo de papel donde está escrito el nombre del establecimiento y la dirección, lo saca y lee las señas: Tois-Shop, Calle del Horno nº 36.
De no ser porque le urge comprar el juguete se daría media vuelta desapareciendo de allí inmediatamente. El establecimiento no le merece ninguna confianza, tanto por la primera impresión que recibe desde la calle como por lo que se ve de su interior. Parece que jamás se haya restaurado su fachada; los desconchones en la pintura dejan al descubierto el revocado a lo largo de la pared dando la impresión de estar siendo derribado para comenzar su reforma. El rótulo, antiquísimo, no ha sido limpiado desde que fue puesto para la inauguración del local muchísimos años atrás. Una sola bombilla colgando del techo es la única iluminación con que cuenta la tienda.
Eusebio empuja la puerta con suavidad temiendo tirarla abajo y entra por fin.
El local está vacío, solo la presencia de un anciano detrás del mostrador le anima a seguir adelante.
—¿En qué ti puedo servir? — se anticipa el propietario.
—Buenas noches, me han dicho…
—Espiera, espiera, ¿Quién ti dice a ti? —interroga con urgencia su interlocutor con un marcado acento que hace suponer su procedencia pakistaní.
—Le decía que me han dicho que aquí encontraré un artículo que estoy buscando. ¡Qué más da quien me lo haya dicho!
—Quien ti dice, ti miente, aquí no hay cosa para tú.
—¿Cómo dice? ¿Qué es eso de que aquí no hay nada para mí? ¿Está bromeando o es que no le he entendido bien?
—Tú entendido perfiectamente, amigo. En iesta tienda no hay nada para gente extranjiera.
—¡Pero que está diciendo! El extranjero es usted, no yo.
—En mi bario, no. En ieste lugar, los extranjieros sois vosotros, los diel resto de vuestra rispetable siudad di mierda, los siniores encopietados de las sonas pudientes que no si asercan hasta aquí nada más qui cuando nesesidat algo que no encuentran en su mundo maravillioso de rasistas despreciables. Este es nuestro teritorio y aquí no sois nadie. ¿Lo entiendes tú, o yo ti digo mas claro?, ¡fuera casa mía!
Eusebio queda atónito por las palabras cargadas de rencor que el irreverente personaje le dirige. No comprende a qué viene tanta agresividad contra él ya que es la primera vez que ve a aquél hombre. Desconcertado por el recibimiento da media vuelta con intención de salir de allí a toda prisa, pero sabe que es la última oportunidad de hacerse con el dichoso juguete, por lo que decide intentarlo aunque sea a costa de tener que soportar la grosería del vendedor.
— Verá, yo solo quería comprarle ese juguete que hay ahí en esa estantería, no quiero ser desagradable en absoluto. Si es tan amable de atenderme no le molestaré más. Solo es eso, nada más. ¿Podría vendérmelo, por favor?
Al tiempo que dice estas palabras, su brazo derecho permanece formando un ángulo de 95 grados con su cuerpo, mientras el dedo índice de la mano señala autoritario la caja de la estantería.
—¿Es que tú no oyes mí, pedaso di cábron?, no ti llevas nara di mi tenda. ¡Fora yo dise! ¡Socoro, mi quiere robar!, ¡Socoro…!
El personaje comienza a vociferar mirando hacia la calle pretendiendo atraer la atención de alguien que acuda en su ayuda.
—¡Maldito viejo de mierda! —Colérico, Eusebio saca un billete de 50 y se lo arroja a la cara mientras se dispone a pasar detrás del mostrador para acceder a la estantería donde está lo que busca y servirse él mismo—, quédate la vuelta, ¡racista de los cojones!
Se hace con la caja que contiene el ansiado juguete y sale como una exhalación a la calle. El propietario le sigue sin conseguir darle alcance. Eusebio está ya en la acera opuesta y camina todo lo rápido que puede para alejarse de allí. Las voces del viejo le pisan los talones señalándolo ante los viandantes como una diana humana, lo denuncian como un intruso que se ha acercado al barrio para cometer una fechoría.
Dobla la esquina casi corriendo y su mala fortuna le hace chocar de frente con un joven de raza negra, golpeándolo con la cabeza. Este va acompañado del resto de su banda: un chino, dos marroquíes y otro joven también de raza negra. Todos ellos, por su aspecto, peligrosos para uno de su clase.
Eusebio, después del inesperado tropiezo, queda sentado en el suelo. Las rodillas del watusi- que es el mismo del autobús- están a la altura de su cara. Hace un ademán de levantarse pero una mano enorme que ocupa toda la superficie de su cráneo se lo impide, empujándolo hacia abajo.
—Asqueroso ladrón —dice el negro con gesto agrio en su boca. Luego recoge del suelo la nave espacial de juguete y se la acerca para observarla, estrellándola acto seguido contra la pared.
—¿Vienes a mi territorio para robarnos esta mierda?
—Yo no he robado nada, no soy un ladrón. Lo he pagado al dueño de la tienda, lo que…
—Cierra la boca — le ordena el líder del grupo—, este hombre ha dicho que le has robado y para mi es suficiente. Tú no tienes ninguna credibilidad aquí, ¿lo entiendes?
—¿Entender qué? Le digo que se lo he pagado, lo que ocurre es que no me lo quería vender y por eso le he dejado el dinero y he salido corriendo para evitar problemas.
—No te ha salido bien la jugada porque el problema lo has encontrado al girar la esquina.
—¿Qué quiere decir con eso? —Eusebio tiembla al hablar, intuye que está en un buen lío, pero no imagina hasta que extremo se complicará todo.
—Deja de hacer preguntas y levántate, para pincharte necesito que estés de pie.
—¿Pero qué dice? ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo?
—¡Te he dicho que te calles, hijo puta!
El resto del grupo comienza a jalear a su portavoz animándolo a que acabe la situación como es costumbre en ellos:
—¡Eso, eso, pínchalo, que pague lo que ha hecho! ¡Dale su merecido a este cabrón!
Eusebio no puede dar crédito a lo que le está pasando, la cosa va en serio; el negro ha sacado una navaja de considerables dimensiones y adivina por la expresión de su cara que se dispone a clavarle la afilada hoja en medio del tórax.
Se queda paralizado, la rapidez con que se desarrollan los acontecimientos bloquean su mente; ve la imagen de su agresor como si estuviera fuera de su propio cuerpo, la distancia entre ambos parece haberse multiplicado. El tiempo se para, la escena se congela y los recuerdos de Eusebio acuden nítidos a su consciente:
Son las ocho de la tarde, un hormigueo comienza a recorrer los pies de Eusebio debido a la postura forzada en la que está. Tanto él como sus compañeros, permanecen arrodillados formando una fila frente al Maestro. El Sensei está en el centro del tatami dirigiéndose a sus alumnos: “…cuando efectuéis un ataque al compañero debéis ser honestos, id en su busca con sinceridad, es la única forma de que lo que os enseño sea efectivo a la hora de la verdad. ¿Acaso creéis que en la calle vuestro agresor os dará alguna oportunidad?, él no entiende de disciplina ni filosofía del arte marcial, irá a por su objetivo sin preocuparle lo más mínimo vuestra integridad física, si no todo lo contrario; procurará haceros el mayor daño posible. Cuando practicáis en el Dojo cualquier ataque o defensa, si lo hacéis de forma pasiva dejándoos llevar hasta el suelo por no dificultar la acción de vuestro compañero, os estáis engañando a vosotros mismos. De esta manera, el Aikido no funciona”.
El Sensei pide a uno de los practicantes que colabore con él en una demostración, éste se levanta, saluda con una leve inclinación de cabeza y se acerca. Después de unas simples indicaciones del ataque que debe efectuar arremete contra el maestro, cuchillo en mano, en dirección al estómago. En un escaso segundo el alumno está en el suelo, desarmado e inmovilizado, con una presa en el brazo que portaba el arma. El maestro está junto a él, arrodillado, presionando con los dos antebrazos para que el agresor no pueda moverse. En cada intento de escapar del cepo que lo tiene atrapado recibe una presión que le produce un dolor tan agudo en el hombro que hace que desista en su ansia de seguir la lucha.
  Eusebio visualiza todo esto desde su postura congelada en la calle mientras sigue viendo a su agresor ir hacia él. El tiempo no existe en ese momento. Ahora, vuelve otra vez a rememorar la escena del Dojo, pero en esta ocasión su memoria se recrea en los detalles de la acción: El alumno lleva en su mano derecha un puñal de madera de los que se usan habitualmente para entrenar, con el fin de que nadie se lesione. Avanza hacia el Sensei apuntando a su estomago con la punta del arma, él no se mueve, permanece impasible-en apariencia- esperando el momento óptimo en que el agresor esté más cerca y pueda actuar con precisión. Cuando la punta de madera parece rozarle el cinturón, éste inicia un movimiento de giro hacia su izquierda a la vez que avanza cargando el peso del cuerpo en el extremo del pie, usándolo como eje. En el momento en que gira apoyado por la fuerza que imprime a la cadera, la mano izquierda ha bajado en busca de la muñeca que porta el arma, para sujetarla con fuerza. Por una fracción de segundo los dos cuerpos están unidos por los hombros en perfecta simetría; atacante con el pie derecho avanzado, instructor pie izquierdo, los brazos de ambos proyectados al frente a la altura de la cadera y unidos por la presión de los dedos aferrándose a la muñeca que sostiene el cuchillo. En ese instante neutro entre el comienzo de la acción y el desenlace de la misma, las fuerzas parecen estar igualadas, pero la furia con que el atacante arremete va a ser su propia desventaja. El que se defiende deja que la misma inercia de su enemigo lo aparte de sí siguiendo su camino hacia delante, no le obstaculiza en absoluto el paso, pero lo que si hace es llevar su mano derecha con el puño cerrado hasta impactar en la cara del otro. El puño pasa resbalando por el pómulo y sigue su camino hacia la mano ya cautiva, se aferra también a la muñeca y a continuación el que defiende vuelve a girar hacia su izquierda llevando el pie izquierdo diagonalmente hacia atrás. Una vez ahí adelanta el pie derecho al tiempo que torsiona la mano aprisionada con un fuerte apretón, ante lo cual; lo forzado de la posición del atacante y el agudo dolor que va desde su mano al hombro, le obliga a dejarse llevar bruscamente de manera que gira sobre si mismo por el hombro derecho impactando con todo el peso de su cuerpo en el tatami. Cuando cae, el instructor mantiene con fuerza la presión de la mano del cuchillo, pero suelta la otra para arrebatar el arma, la expulsa lejos y luego se agacha hasta arrodillarse junto al caído para proceder a su inmovilización. La técnica ha concluido.

Todo ha sucedido como un flash, Eusebio se sorprende a si mismo junto al cuerpo del joven negro en plena calle, frente a unos atónitos espectadores que no pueden creer lo que acaban de presenciar; un intruso que no mide más de un metro sesenta, y al que cualquiera de ellos no hubiera dudado en derribar de un solo golpe, se ha cargado como si nada a su líder. Es demasiado para poder asumirlo, tiene que haber una explicación, pero la evidencia es lo suficiente clara; el gigante yace en el suelo con una enorme brecha en la cabeza por donde mana sangre en abundancia. Están todos ellos paralizados, se limitan a mirar la escena sin saber que hacer. No están acostumbrados a tomar decisiones por su cuenta, siempre se han limitado a hacer lo que su jefe les ordenaba ya que él era siempre el que pensaba por todos.
Eusebio corre y corre, sabe que no tendrá otra oportunidad si da tiempo suficiente para que los demás reaccionen. En el momento en que el chofer del autobús acciona el dispositivo de cierre de la puerta, se introduce de un salto.
Rebusca en los bolsillos del pantalón y por fin encuentra unas monedas con las que paga el billete. Luego se va a la parte de atrás y logra encontrar un asiento vacío, se sienta y reclina la cabeza apoyándola en el respaldo, cerrando los ojos a continuación. En ese momento se da cuenta que ha perdido lo que vino a buscar; el juguete para su hijo. Una sensación de vacío en el estómago hace que dé una arcada, que a punto está de provocarle un vómito. Decide no pensar en nada hasta que consiga alejarse de allí lo suficiente como para ver lo sucedido desde una perspectiva conocida. Ahora es incapaz de valorarlo, su cuerpo acusa todavía el estrés a que ha estado sometido en la preparación para entrar en combate en defensa de su propia vida. Toda la rabia acumulada durante años de sumisión se ha desatado de golpe y eso el cuerpo lo paga. El desgaste ha sido tan fuerte que se siente agotado y ello dificulta la capacidad de valorar los hechos. En realidad no es del todo consciente de que acaba de matar a un hombre.
Su mayor preocupación en ese momento es el hecho de volver de vacío. El objetivo no se ha podido cumplir y ahora tendrá serios problemas con su esposa y habrá de soportar los reproches de ella, eso unido al desencanto de su hijo cuando mañana sufra la decepción de no encontrar, junto a los otros juguetes, su preferido. Maldice una y otra vez a su mala suerte. ¿Cómo algo tan inocente como es la compra de un juguete para Reyes se ha convertido en una tragedia de tal calibre? Entró en el barrio como un corderito pidiendo las cosas por favor y ha salido de él siendo un asesino.
El autobús se detiene en una parada y Eusebio reconoce la calle en que vive, se apresura en bajar de él. Nota en el rostro la humedad de la noche y un estremecimiento le recorre la espina dorsal, tiene que ir a casa y tratar por todos los medios de aparentar normalidad. Hará todo lo posible por que su conducta no delate que le ha ocurrido algo extraordinario. De eso sabe bastante ya que su vida no es otra cosa que una lucha interior entre lo que hace y aparenta y lo que en realidad le gustaría hacer. Viene a su memoria la escena final del combate y ve a su agresor tirado en mitad de la acera escapándosele la vida por la brecha de la cabeza y el único sentimiento que le produce es de una confortable sensación de triunfo. Se siente reconciliado consigo mismo, fuerte, desahogado como nunca se sintió en toda su vida. El taconeo de sus pasos es de alguien que anda por la vida con firmeza y seguro de lo que hace. Se introduce en el edificio como un guerrero que vuelve victorioso del campo de batalla.
Cuando entra en el comedor de su casa, Isabel le recibe con una sonrisa de complicidad pero enseguida intuye que  no trae buenas noticias al observar el gesto  de su rostro. Luego le explica la mala fortuna que ha tenido al estar agotadas las existencias de lo que buscaba en la tienda a la que su compañero de trabajo le ha enviado. Miente lo mejor que puede por no delatar todo lo ocurrido. Juntos se lamentan de su falta de previsión, podían haber adquirido semanas atrás el regalo de Raúl, sin prisas, ahora no tendrían que estar lamentándolo, ahora ya no hay tiempo para buscar lo que su pequeño tanto desea. No habrá más remedio que conformarlo con alguna excusa increíble del tipo: “los Reyes no pueden traerlo todo porque hay muchos niños, ó “este año los Reyes Magos vienen pobres”, etc.
Eusebio va hasta el cuarto de su pequeño y lo encuentra apaciblemente dormido. Sobre la mesita de noche ve algo que llama su atención al principio y que le provoca un sobresalto después. Una fotografía está apoyada en posición vertical sobre la lamparita. Alarga la mano y la acerca para observarla con detalle. “¡No!, ¡No es posible!”, exclama en su interior. Su hijo está en las rodillas del Rey Baltasar en un centro comercial conocido y  éste no es otro que el mismo al que no hace ni media hora acaba de matar. Eso es la gota que colma el vaso, se derrumba literalmente cayendo al suelo sin sentido. Cuando su esposa- alertada por el choque del cuerpo contra el suelo- acude al dormitorio, lo encuentra junto a la cama de Raúl con la fotografía en su mano, completamente estrujada.
Cuando despierte deberá ser muy hábil para dar una explicación convincente a ambos, esposa e hijo. Ya es mala suerte, con la cantidad de inmigrantes de raza negra que hay en la ciudad… ¡y va a dar con el único que además de líder de una banda peligrosa, en sus ratos libres practica el pluriempleo como  Rey Baltasar!






lunes, 8 de agosto de 2011

La jubilación de Matías


Este relato lo escribí el 27 de noviembre de 2007 pero no ha sido publicado nunca en este blog.



El dormitorio de Matías se asemeja al de un hospital: paredes blancas, cama con mecanismo regulable, crucifijo en la cabecera y los demás complementos; botella de oxígeno con mascarilla incorporada y sonda conectada a una bolsa de plástico para facilitar la evacuación de líquidos. Matías, recién jubilado y ex administrativo de banca, llegó a esta situación después de toda una vida de fumar cigarrillos a una media de dos cajetillas diarias.

Eso, y la constante exposición durante su horario laboral al aire acondicionado, terminaron por desarrollar una bronquitis asmática crónica y por si fuera poco comenzó a tener problemas con su próstata.

Matías se juró siempre a sí mismo que cuando llegara el día de su cese como empleado, jamás caería tan bajo como para pasarse las horas muertas jugando a ese odioso juego de bolas, la Petanca.

Cada vez que pasaba por la pequeña cancha que se encontraba frente a su domicilio, veía con disgusto a aquellos seres sin otra motivación que gastar su tiempo absurdamente tirando bolas y diciendo frases hechas , frases de argot que le resultaban tan carentes de ingenio y originalidad.

Poco a poco fue sintiendo una marcada fobia a todo aquel ambiente, por lo que para él representaba. Llegar hasta allí era como el principio del fin, el declive de la vida, era volver a ese estado improductivo de la niñez en que solo se piensa en el juego y se vejeta; sin aspiraciones, sin inquietudes de tipo intelectual…era la nada, el abandonarse a la apatía y esperar la muerte sin lucha. En pocas palabras: la aceptación de la no existencia.

Matías a lo largo de su vida fue planeando milimétricamente su vejez. Se fue auto disciplinando de manera que sus gustos estuvieran relacionados con actividades creativas, actividades que, luego más adelante, desarrollaría como sustitución a su trabajo con el fin de no sentirse inútil. Por ese motivo leía cuanto podía, practicaba la pintura al óleo, hacía manualidades de bricolaje, acudía con frecuencia a un gimnasio para practicar Tai-Chi ¡En fin, Matías era de una hiperactividad insultante!, tanto que todo ello le hizo descuidar bastante la vida familiar, sobre todo la comunicación con su esposa.

Ella era más tranquila y no participaba de ninguna de las aficiones de su marido. Era una mujer más simple y amante de sus hijos y su casa. Una mujer que no pensaba en el futuro ni hacía proyectos para la vejez, por lo que eran un matrimonio como la mayoría de ellos; incompatible. Él no podía compartir sus planes con ella, ella no se sinceraba con él sobre los asuntos que le ilusionaban o inquietaban.

Con el paso de los años, la barrera que los separaba era infranqueable, por lo que al final sucedió lo que ambos intuían. Una vez que sus dos hijos marcharon de casa y se emanciparon con sus respectivas parejas, el matrimonio no tardó en separase ni seis meses.

Ella quedó en el hogar familiar y él alquiló un piso en un barrio de categoría inferior a su antiguo domicilio, en donde ahora y afectado por su enfermedad vive solo. Sus hijos, de vez en cuando, van a verle y a interesarse por su estado pero no todas las veces y con la asiduidad que debieran.

Matías está postrado en cama hace tres meses. Solo se levanta, y siempre acompañado de su botella de oxígeno, para prepararse una comida diaria y vaciar la bolsa de plástico que pende de su aparato urinario. Tres días a la semana acude a su domicilio una asistenta social que hace las veces de enfermera y empleada de hogar. Gracias a ella está medianamente aceptable la higiene de la vivienda.

Matías, desde que cayó en cama, está obsesionado con los chasquidos que le llegan a través de la ventana. Chasquidos que se producen cuando una bola metálica choca contra otra en los lanzamientos de los jugadores. Hasta él, en las mañanas y tardes silenciosas en que los niños de la escuela cercana están internados en sus aulas, llegan nítidos los comentarios y carcajadas de los hombres que, incansables, permanecen el día entero jugando como adolescentes.

Los chasquidos se suceden sin tregua, castigando el sistema nervioso de Matías. En ocasiones, cuando consigue dormir un rato, se despierta sobresaltado por uno más agudo de lo normal. Cree, incluso, que las carcajadas y gritos están destinados a reírse de él, a molestarle deliberadamente. Ha llegado a pensar que es una confabulación para atormentarlo, sobre todo a raíz de su mala experiencia de meses atrás. Sí, Matías perdió el control, el dominio de su firme decisión; no acabar allí bajo ningún concepto.

Todo fue a raíz de su separación. Pasó una época en la que le era imposible concentrarse en la lectura, no era capaz de enfrentarse a un lienzo en blanco y… ¿bricolaje? ¿Para qué en una casa donde estaba solo? Por motivos de salud tuvo que dejar su afición más apreciada, el Tai-Chi. Entonces se dio cuenta de que no tenía nada.

Decidió compensar ese vacío con algo de ejercicio, aunque moderado, por lo que intentó caminar, pero no podía, le faltaba el aire. Esto provocó que hiciera acopio de la escasa fuerza de voluntad que le quedaba para dejar el tabaco. Llegando a este punto, le sobraban horas y el mono de la falta de nicotina le producía irritabilidad.

El tiempo era interminable, no sabía donde meterse haciendo hora para la comida. Incluso pasó por su cabeza volver con su esposa, pero desistió de esa idea cuando uno de sus hijos le comunicó que ella, en un viaje a Tenerife, de esos que organiza una entidad estatal para entretener a los jubilados, conoció a un señor, el cual ya había sido presentado en familia.

¿Cómo llegó hasta allí? Ni él mismo lo sabe, pero el caso es que una mañana se levantó con una firme decisión; comprarse un juego de bolas de Petanca e intentarlo. ¿Porqué no? Tal vez se precipitara en demonizar tan exageradamente aquel infantil juego y no fuera tan decadente ni pernicioso para la salud mental, al fin y al cabo era una manera como otra de pasar el tiempo entretenido, sin pensar. Tal vez eso fuera lo que necesitaba en esa época de su vida; no pensar, dejarse llevar y reconducirla de nuevo con otros esquemas, otra visión distinta.

A lo mejor estaba equivocado y ese era el camino, hacer lo que hace todo el mundo, no querer ser especial, no complicarse la vida. Su anterior proceder no le había dado muy buenos resultados ya que al final del camino se encontraba solo. Por eso, en contra de lo que antes pensaba, lo intentó.

Pero solo lo intentó, no contaba con su total falta de habilidad para ese cometido. Primero porque después de un esforzado intento no consiguió de ninguna manera hacerse con el control del tiro de las dichosas bolas y segundo porque no encajó en un grupo de personas en el que la mayoría de ellos eran o habían sido en su vida laboral simples obreros sin cualificar, personas de escasa formación intelectual y, claro está, Matías; refinado, culto y procedente de un sector tan elitista, era como un garbanzo negro en una saca de blancos.

Chocó desde un principio con todos y al unir su falta de pericia en el juego con la arrogancia en el trato con los demás, la mezcla fue determinante para que todos a una trataran de excluirlo del círculo.

La forma en que lo consiguieron fue la más fácil y primaria; comenzaron a burlarse de sus jugadas torpes y de su manera de expresarse, como lo hacen los niños en el colegio, con crueldad. Así un día y otro hasta que ocurrió algo desagradable que hizo que terminara allí mismo su experiencia petanquera.

Tal vez premeditadamente, tal vez por azar tuvo la mala fortuna de acertar de lleno con una de las bolas, pero no fue en el objetivo del juego, que nunca llegó a conseguirlo, sino en pleno tobillo de uno de los jugadores de la partida. Aquello fue el detonante que necesitaban. Poco le faltó a Matías para salir escalabrado. Le expulsaron con malos modos y con la advertencia de que no se acercara a menos de cincuenta metros de la cancha.

Todo el cúmulo de tensiones vividas desde su separación y su accidentado intento de pertenecer a un grupo, produjo en él un desequilibrio emocional y éste a su vez otro físico que lo llevó a donde ahora está, la cama.

Matías ha ido albergando en su interior, poco a poco, un sentimiento irreprimible de rencor, está ansioso por restablecer su salud para resarcirse de alguna manera de tanto agravio. En los meses que lleva postrado ha tenido mucho tiempo para idear una estrategia. Está resuelto a ponerla en marcha en cuanto su estado físico se lo permita. “Sabrán quien es Matías, Matías el digno, Matías el hábil, el triunfador e inteligente hombre de siempre”.

Esa misma sed de venganza es, tal vez, lo que le da fuerzas para vencer el trance en el que está y no tarda mucho en poder hacer vida normal. Se desengancha de su adicción al oxígeno, se restablece su respiración y aunque sigue llevando la bolsa de plástico fijada con adhesivo a una pierna y camuflada bajo la pernera del pantalón, sale a la calle decidido y se aleja a las afueras de su ciudad, al bosque.

Busca un lugar solitario y comienza el entrenamiento. Elige un árbol y se dedica a hacer puntería con las bolas metálicas. Así, un día tras otro, acude allí incansable hasta que pacientemente va consiguiendo destreza en el lanzamiento.

Descubre por sí mismo los secretos de la técnica requerida para el juego, qué postura es la idónea para proyectar la bola, qué posición de las piernas es la óptima, el arco de tiro necesario, cuándo ha de soltar y dejar ir al artefacto hacia su lugar de impacto…etc.

Poco a poco, después de dos meses de práctica diaria, cree haber adquirido la suficiente habilidad para salir airoso en su empeño. Matías está preparado para la acción como un Rambo más.

Dos semanas más tarde, en la mesa de despacho del inspector Gandía de la Brigada de Homicidios, reposan diseminados en forma de abanico tres dosieres. Tres ciudadanos, al parecer sin conexión alguna entre ellos, han sido hallados muertos en circunstancias extrañas y en distintos puntos de la ciudad. Los relaciona únicamente un detalle; los tres han sido abatidos por un arma pesada, provocándoles destrozos considerables en el cráneo por impacto de objeto no identificado, pero que se presume es de origen metálico.

Matías de nuevo recae y se encuentra por segunda vez postrado en su dormitorio semejante al de un hospital, la botella de oxígeno le proporciona el que sus afectados pulmones no son capaces de darle.

Por la ventana solo entra el silencio, si acaso algún murmullo lejano le deja adivinar que hay condolencia entre los jugadores de Petanca.




miércoles, 16 de marzo de 2011

Trenes del horror




Los habían elegido por edades y en esa formación ninguno bajaba de los cincuenta. De pie en el andén, y a una temperatura insoportable para estar estáticos, los más de cien hombres tiritaban de frío y miedo produciendo una espantosa sinfonía de crujir de huesos y dientes.
Samuel, uno de tantos judíos de los que iba a ser conducido a la muerte, esperaba al siguiente tren sin esperanza alguna de volver nunca a su casa con los suyos.
Desde el tren, que a punto estaba de iniciar su marcha hacia uno de los campos de exterminio, escuchó la aguda voz de una niña que pronunciaba la palabra abuelito repetidamente. Vio también una frágil mano que asomaba entre las tablas del portón de uno de los vagones.
Su nieta, así lo creyó él, le llamaba con desesperación. Su pequeña Aina de seis años; su preciosa princesa, hija de su hijo Moisés. La niña estaba en aquel vagón que viajaba hacia la muerte. Su mano imploraba el contacto de su abuelo para tomar fuerzas y marchar hacia su destino.
Samuel abandonó la formación sin pensar más que en su pobre nieta que le llamaba. Recibió tres disparos en la espalda pero aún tuvo tiempo de llegar hasta ella y aferrarse con fuerza al tiempo que trataba de atisbar entre las rendijas por ver a su pequeña por última vez.
Fue golpeado brutalmente en la cabeza varias veces con la culata del fusil de un soldado que con celo desmesurado actuó sin orden de ningún oficial.
El tren comenzó a andar y la pequeña fue soltando la mano que se aferraba a ella con desespero.
Entre las tablas se veían dos ojos espantados.
En el andén moría un anciano sin saber porqué.

jueves, 20 de enero de 2011

Rosaura, la asesina múltiple.





A Rosaura le gustaba matar. Había descubierto esa realidad tan solo dos meses atrás. A sus cuarenta y ocho años de edad llevó siempre una vida corriente, nada que destacar especialmente. Se casó con su novio de toda la vida, noviazgo que comenzó cuando ambos eran adolescentes y estudiaban en el mismo colegio. Los dos eran de una pequeña aldea de A Coruña y no tardaron mucho tiempo en hacer como casi todos sus paisanos, emigraron en busca de mayor fortuna a Barcelona donde muchos conocidos suyos lo hicieron antes que ellos.

Transcurrieron más de veinte años sin que el sueño de Rosaura se cumpliera, ella esperaba hacer suficiente dinero para volver a su aldea, junto a sus padres, para abrir un pequeño comercio con el que poder sobrevivir sin tener que abandonar más su tierra ni su familia.

Pero no fue así, por el contrario se encontró con que a sus cuarenta y ocho años tenía dos hijos; uno de quince y otro de diecisiete, más un marido que la abandonó por una polaca que conoció en una de tantas incursiones a los bares de alterne de carretera. Celso era camionero.

Rosaura, sin saber como, comenzó a frecuentar las salas de Bingo y a probar fortuna con las máquinas de juego. Entró en ese círculo vicioso del que es tan difícil salir. Gastaba tanto o más de lo que ganaba mensualmente y eso hizo que tuviera problemas para atender las necesidades de su casa y de sus hijos. La fuerza que la empujaba cada vez más al juego era superior a su voluntad y caía una y otra vez en la rutina de visitar Bingos y bares donde hubiera máquinas.

Pronto cayó en la cuenta de que el siguiente paso era prostituirse. Había observado a otras como ella y no le pasó por alto que algunos buitres merodeadores están al tanto de ese momento en que una mujer jugadora se queda sin recursos en el mejor momento de la jugada, cuando intuyen que la máquina está a punto de dar el premio, y era en ese preciso momento cuando aparecían ellos con un billete de cincuenta euros en la mano. Nunca fallaba; ellas alargaban el brazo instintivamente, viniera lo que viniese luego y aceptaban el trato, sin palabras, no era necesario; sabían lo que venía después.

Rosaura no estaba dispuesta a caer tan bajo. Aún le quedaba algo de dignidad y por ahí no pasaría nunca. Lo que fuera, antes que eso. Jugadora, viciosa…pero nunca puta. En su familia había algún antecedente de esa índole. Su madre, desde muy niña Rosaura, le hizo prometer ante el apóstol Santiago que jamás, pasara lo que pasara, se dedicaría a la prostitución. Con su hermana tenían bastante en la familia. La tía de Rosaura marchó años atrás a Suiza en busca de trabajo y volvió a la aldea hecha una buena zorra. Allí tuvo ocasión de conocerla carnalmente, uno por uno, todos los habitantes, incluido su cuñado, el padre de Rosaura.

Ella llevaba eso muy dentro y se juró que antes moriría o mataría que ser puta.

Las cosas llegaron a un extremo de penuria en su casa que la situación se hizo insostenible; no tenía con qué dar de comer a sus dos hijos pues se lo gastaba todo en el juego y éstos comenzaron a perderle el respeto. Se deterioró de tal manera la relación que los jóvenes decidieron irse de casa. Se refugiaron en una casa de “okupas”. Rosaura se quedó sola, abatida y en la miseria.

No pasaron muchos días hasta que el casero le recordara que si no pagaba el alquiler de la vivienda, emprendería acciones legales para el desahucio

Se sintió acorralada, como una fiera en una batida de caza. Fue al cuarto de sus hijos y destrozó todo lo que había a la vista, dejando un amasijo de objetos y vestidos por todo el suelo. Descolgó furiosamente todo lo que había en las paredes hasta sangrarle las manos.

Extenuada por el esfuerzo y la rabia contenida que expulsó descontrolada, se derrumbó en una de las dos camas y durmió durante horas.

Al atardecer despertó, fue hasta el cuarto de aseo y trató de ponerse lo más presentable posible. Sus cabellos cortos estaban enmarañados y sudorosos. El aspecto de su cara delataba una lucha interna que crispaba sus facciones acentuando las ojeras oscuras. Se lavó el rostro y peinó los cabellos lo mejor que pudo, luego recalentó café sobrante de la mañana, tomó un largo sorbo y salió a la calle.

A menos de un centenar de pasos estaba la estación de Metro. Bajó las escaleras y en pocos segundos entraba en uno de los vagones del tren. La dirección no le importaba, solo quería alejarse lo suficiente como para no encontrar ningún rostro conocido, necesitaba huir de su angustiosa realidad. Siete estaciones después bajó del tren e hizo un cambio de línea. Después de un largo recorrido por el subsuelo de la ciudad salió al exterior y caminó por las calles sin rumbo fijo.

Pasaba frente a un portal cuando se detuvo al comprobar la dificultad con la que una anciana, de más de ochenta años, sujetaba unas bolsas de la compra al tiempo que trataba de introducir la llave en la puerta de acceso al inmueble de su vivienda.
—Permítame señora—dijo solícita a la vez que insinuaba que le entregara las bolsas para que maniobrara con más comodidad en la cerradura.
—¡Ay hija!, muchas gracias, ya no está una para estas cosas. Se vuelve una torpe con los años, ¿sabe?
—No se preocupe mujer, a todos nos llegará. Ya le ayudo yo, permítame —dijo Rosaura al tiempo que depositaba las bolsas en el suelo y le arrebataba la llave a la anciana con suavidad—. ¿Ve?, ya está, ya puede pasar.
—Que amable es usted, no sabe como se lo agradezco. Muchas gracias.
La señora recogió la compra y se dispuso a subir las escaleras hasta su vivienda sin darle más importancia al asunto, cuando Rosaura insistió:
—¡No me diga que tiene que subir usted las escaleras, cargada con la compra!”, traiga, traiga, ya se la subo yo.
—¡No, no, de ninguna manera!, estoy ya acostumbrada a hacerlo, aquí no hemos tenido nunca ascensor y total solo son dos pisos.
—¡Dos pisos! ¡Virgen santa!, dígame entrometida, pero permítame que le suba las bolsas, por favor, o me marcharía con ese pesar —.Insistió Rosaura sin dar tregua a la recelosa anciana.
—Pero mujer, no se lo tome así, si yo ya estoy acostumbrada a hacerlo a diario y de verdad que no es…
—De ninguna manera, señora, yo estoy educada desde niña a ayudar a las personas mayores y me parece una falta de consideración que tenga usted que valerse sola, ¿es que no hay ningún vecino joven que le eche una mano?
—¡Huy, la juventud!, si yo le contara…
—Déme, déme, no se preocupe que ya me hago cargo yo del peso —Rosaura tomó la carga con una sola mano y con la otra sujetó el antebrazo de la anciana para servirle de apoyo y literalmente la empujó hacia arriba.
—¡Ay, juventud; divino tesoro! —Dijo la señora añorando la energía que ya perdió con los años—. ¡Qué envidia de piernas!, si yo tuviera su agilidad y fuerza…
—Alguna vez las tuvo usted también, mujer —.Respondió Rosaura por decir algo pero con la cabeza en otra parte.
—Es usted una mujer buena y fuerte, ya lo creo —.Trató de adular la anciana a la vez que recelaba de tanto brío por parte de la desconocida.
—Las personas estamos para ayudarnos, ya me gustaría a mí que hicieran lo mismo cuando me llegue el momento, ¿es aquí donde vive?
—Sí hija, en este rellano y en esa puerta. Muchas gracias, déme la compra que ya me hago cargo yo. Muchísimas gracias por todo —.La anciana le agradeció la ayuda dando a entender que era una despedida.
Rosaura insistió en entrar y llevar las bolsas hasta el mismo interior de la vivienda con la excusa de pedir un vaso de agua. La propietaria no encontró forma de impedírselo ya que demostraría desagradecimiento y desaire. Una vez las dos en el interior, Rosaura se apresuró en cerrar la puerta casi de un golpetazo.
—No cierre… —.La pobre mujer no pudo acabar la frase, su cabeza se estrelló contra la pared del recibidor por efecto del empuje sobre sus dos hombros, que con rabia frenética, Rosaura le descargó. La mujer cayó pesadamente al suelo sin conocimiento, quedando como un fardo semi apoyada en la pared, de rodillas. Parecía muerta pero respiraba. Rosaura, como en trance, avanzó por el pasillo hasta desembocar en la sala comedor. Dos habitaciones daban allí mismo. Se introdujo en una de ellas y acertó; era la de su víctima. Rebuscó, en estado de alta excitación, por armarios y consolas hasta encontrar algo de valor. Una pequeña caja en forma de cofrecito llamó su atención. Contenía algunas joyas y un pequeño fajo de billetes sueltos de distinto importe. Lo introdujo todo en su bolso y salió con urgencia llevándose consigo el juego de llaves que no soltó ni un momento. Al pasar junto a la anciana creyó oír un gemido de queja. Llegó precipitadamente hasta la calle y se alejó dos manzanas hasta arribar a un pequeño parque, donde se sentó en uno de los bancos.

En los primeros momentos creyó que todo fue un sueño, no era muy consciente de la realidad de lo que acababa de hacer. Poco a poco fue tomando conciencia de la gravedad de su acto y pasó por su cabeza la posibilidad de que fuera denunciada por su víctima, incluso creyó que era posible que alguien la viera y pudiera reconocerla. Dentro de ella iba creciendo un extraño sentimiento mezcla de pánico y resentimiento hacia ella misma por actuar de forma tan chapucera. Pasaron los minutos y la idea de volver al escenario de los hechos a rematar lo empezado se aferró con fuerza en su ánimo.

Instantes después estaba abriendo la puerta de entrada a la vivienda cuando descubrió que al fondo del pasillo se encontraba la mujer marcando algunos números de teléfono en el aparato que había en una mesita. Corrió hacia ella y le arrebató enérgicamente el aparato para acto seguido enrollarle el cable alrededor del frágil cuello.

La mujer ni tan siquiera gritó, no tuvo fuerza para hacerlo. Una vez las dos en el suelo, Rosaura apretó y apretó con brutal fuerza. Permaneció de rodillas, junto a su victima, largos minutos; como en trance y sin soltar la presa. Cuando se levantó, la anciana yacía muerta. Esa vez sí. Entonces se dio cuenta de que dejó la puerta abierta y se espantó. La cerró tratando de no golpear con fuerza y con la esperanza de que nadie hubiera visto la escena. Luego recorrió todas las estancias del piso para asegurarse de que no hubiera nadie, alguien pudo venir de visita mientras ella estaba en el parque. Nada. Salió, cerró y bajó las escaleras con parsimonia y semblante sereno, tratando de aparentar normalidad por si se cruzaba con algún vecino.

Se alejó lo suficiente y cuando avistó una reja de alcantarilla, junto a unos contenedores de basura, dejó caer el llavero disimuladamente. La prueba de su delito desapareció bajo tierra para siempre.

Rosaura volvió a su hogar como si nada hubiera ocurrido, saludó a los vecinos que iba encontrando en su camino y nada en su gesto la delataba, era la misma mujer dulce, amable y cortés de siempre.

Comprendió después de reflexionar durante la noche, a solas en su cuarto y desvelada, que estuvo perdiendo el tiempo miserablemente durante tanto tiempo de abandono y soledad, se dio cuenta de que acababa de descubrir una manera fácil y segura de acabar con sus penurias económicas. La ciudad estaba llena de ancianas solitarias e indefensas de las que poder nutrirse cada vez que lo necesitase. Nadie sospecha de una señora de edad media que acompaña a una anciana octogenaria. “¡y es tan fácil granjearse la confianza de todas ellas”! “Están tan solas, que confían en cualquiera que les dedique unos minutos y las escuche”.
No dudó un segundo en poner en práctica su plan.

A partir de ese día y siempre cambiando de barrio, fue haciendo amigas de conveniencia sin descanso. Las embaucaba con argumentos como: “yo siempre he tenido debilidad con las personas mayores, darles compañía, ayudarles buenamente en lo que pueda, todo eso me hace sentirme más persona...”, etc.

En poco tiempo tuvo una lista de más de veinte futuras víctimas, con número de teléfono incluido. Su “modus operandi” era muy simple: cuando tenía la suficiente confianza con ellas las llamaba para visitarlas, automáticamente era invitada a tomar un café para charlar un rato. Acudía al domicilio y una vez allí y sin darles la menor oportunidad las golpeaba con algún objeto decorativo que encontraba a mano, luego las asfixiaba con una almohada, una cuerda e incluso con una tira de cortina. Después hacía limpieza de todo lo que encontraba de valor; dinero, joyas y salía tan tranquila, como si nada, para nunca más volver.

Rosaura estaba convencida de que el fin justifica los medios, por lo que sentía una alegría inmensa al descubrir que ya no era adicta al juego. Estaba curada ya que una nueva sensación, desconocida antes, superaba a lo que sentía con la excitación que le proporcionaban las máquinas o el bingo; la sensación de paz que hallaba con cada muerte que provocaba era superior a todo lo demás. Ya no sentía asco de ella misma. A Rosaura le gustaba matar.
Meses más tarde era detenida después de su quinta muerte. Opuso una feroz resistencia y tuvo que ser reducida por la fuerza y llevada casi a rastras hasta el juzgado. Cuando el juez le leyó los cargos ella permaneció impasible, con el rostro sereno y altivo. Sus únicas palabras de descargo a la acusación de los horribles crímenes fueron: …” pero nunca me prostituí”.