martes 9 de febrero de 2010

África




¡África, generoso continente el tuyo donde poder realizar cuantas fantasías busque el infatigable viajero! Fin del camino para el aventurero más exigente que , como yo, está ansioso por trepar a tus altos montes, recorrer tus oquedades una a una, perderse en el laberinto de tu follaje, introducirse en ese profundo y misterioso valle interminable hasta que las fuerzas le hagan desfallecer y quede dormido en tu regazo perdiendo la noción del tiempo. ¡África, acógeme en tu seno y muéstrate como una madre!Yo seré ese niño de pecho, insaciable, que liba con avidez el néctar de tus fluidos atávicos. Déjame correr en tu sabana.

─Eso te va a costar más de cincuenta euros, porque ahí hay vicio y eso se paga aparte.

─No rompas la magia, mujer… ¡Dichoso dinero...!

miércoles 27 de enero de 2010

El reloj de péndulo de Miguel Hernández

Mi rincón



Esta es una de esas mañanas en las que, tal vez a causa del frío, tengo muy poco trabajo. Son las 11´45 y solo han venido a que los atienda dos clientes. Cuando me acercaba hasta mi establecimiento, poco antes de las nueve, han comenzado a caer pequeños copos de nieve. La magia del fenómeno meteorológico no ha durado más de unos cinco minutos. Luego ha quedado una baja temperatura en el ambiente, acompañada de una ligera brisa que cortaba la cara; motivo suficiente para animar muy poco a los parroquianos a requerir mis servicios.

Aburrido como estoy he tomado un folio en blanco con la intención de escribir algo, sin idea preconcebida, con la determinación de forzarme, salga lo que salga. Esto suelo hacerlo de vez en cuando para no perder el hábito de escribir. He comprobado que si te pones mano a la obra al final siempre da resultado ya que alguna idea suele ocurrírsete siempre.

De pronto reparo en el reloj de péndulo que tengo en la trastienda; pequeño cuarto en el que están “mis cosas”. Ahí tengo el ordenador, mi escritorio y multitud de libros en varias estanterías. Ese es mi lugar de "trabajo" literario. Ahí es donde he escrito durante años todo cuanto hay en mis tres libros de relatos. Desde ese lugar viajo por el mundo virtual de Internet, envío y recibo correos, visito los blogs que sigo y curioseo en Facebok.

El reloj está en lo más alto de las estanterías; mudo y quieto. El péndulo mantiene aún el brillo de un espejo pero la posición vertical delata su inmovilidad. Está ahí desde hace dos décadas, como un cadáver; inanimado.

Viene a mi recuerdo la figura de mi padre y el momento en que le acompañé, con catorce años y siendo yo aprendiz en su barbería, a comprar ese artefacto.

Mi padre, de curioso nombre poético ya que se llamaba Miguel Hernández, en ocasiones tenía un comportamiento de niño grande y solía ilusionarse con cosas que muchas veces no coincidían con nuestras necesidades, las del resto de su familia que éramos mi madre y sus cinco hijos, por lo que no cedía hasta adquirirlas.

El reloj de péndulo fue una de ellas. Aún contra la voluntad de mi madre, un día, al salir de su barbería y camino de casa, paramos en una relojería propiedad de un cliente suyo y salió de allí con su adquisición como un niño con su regalo de Reyes. Le brillaban los ojos.

Una vez en casa, y después de algunos reproches por parte de mi madre, se hizo con las herramientas necesarias y por fin vio el sueño cumplido; su reloj de péndulo dominaba el comedor fijado a una de las paredes principales. Lo puso en marcha y comenzó el calvario para todos nosotros, calvario que duraría algo más de veinte años.

Nunca llegamos a acostumbrarnos a aquellas horribles campanadas que el péndulo nos obsequiaba a cada hora en punto; tanto de día como de noche. Llegamos a aborrecerlo pero eso no fue obstáculo para que mi padre desistiera en seguir su ritual de darle cuerda cada vez que lo necesitaba, como si considerara que al pararse las manecillas del reloj se le parara el corazón.

Un día a mi padre se le paró el suyo. A partir de ahí el aparato nunca más funcionó con regularidad ya que le dábamos cuerda cualquiera de los hijos de manera esporádica, cuando no teníamos nada mejor que hacer. Apenados al recordar la pasión que nuestro padre tenía por oirlo dar las horas, de mala gana le dedicábamos unos segundos con tal de darle vida otra vez después de varios días parado.

Una vez ya casado, mi madre me dijo que me lo llevara, que era deseo de mi padre que cuando él no estuviera pasara a mis manos.

Así lo hice, por no contrariar la voluntad de mi padre, pero como no estaba dispuesto a tenerlo en mi domicilio y atormentar a mi esposa e hijos con las insistentes y retumbantes campanadas, lo llevé a mi peluquería, lo coloqué en el lugar antes mencionado y no le he dado cuerda nunca.

Siempre he considerado que si a mi padre se le paró el corazón, el reloj no tiene ningún derecho a que le funcione el suyo.

jueves 14 de enero de 2010

Parodia de Muchachada Nui sobre Fernando Sánchez Dragó

martes 12 de enero de 2010

La espina clavada




Sánchez Dragó, a lo largo de su dilatada carrera como intelectual, ha llegado al cenit del conocimiento del alma humana. Es un hombre que lo sabe todo, absolutamente todo. No hay más que escucharlo cuando hace una aparición en televisión, leer la profundidad de pensamiento que destila en sus libros o entender lo que dice entre líneas en cualquier entrevista que le hacen ya sea de radio como en prensa escrita.

Sánchez Dragó lo sabe. Él conoce su potencial pero no le es suficiente la consciencia de ese nivel al que ha llegado, tiene aún, y a pesar de todo ello, una asignatura pendiente en su existencia que está clavada como una espina en lo más hondo de su ego. Debe enfrentarse, sin más dilación, al Gran Lama del Tíbet para obtener ese broche de oro que tanto necesita y que rubrique, de una vez por todas, su excelencia en el campo de la sabiduría.

Sánchez Dragó ha viajado a través de toda Europa y parte de Asia, cabizbajo, meditabundo y, aparentemente humilde y ensimismado, hasta alcanzar el Himalaya. Una vez allí pide, postrado de rodillas y con la frente apoyada en tierra, ser recibido por el Gurú del conocimiento. Se le concede sin condiciones por lo que rápidamente hace acto de presencia ante Él.

El maestro Lama, el guía espiritual más respetado del lugar, permanece en su postura acostumbrada, sentado en el suelo, las manos recogidas y los ojos semientornados. La sombra de Sánchez Dragó cae sobre Él como una losa cuando se abre la puerta del monasterio para darle entrada.

El visitante avanza decidido hacia el monje vestido con túnica azafrán, se para ante Él a escasos centímetros y manteniendo la postura erguida dice como saludo:
“Puede usted preguntarme sin reparos todo cuanto quiera saber”.


jueves 7 de enero de 2010

Tetas de ayer y de hoy





















Había una vez, en el siglo pasado, un atajo de intelectuales mariquitas que durante décadas quisieron hacernos tragar ruedas de molino induciéndonos, con sus ideas progresistas y mal intencionadas, a que nos sintiéramos inclinados a degustar con la vista cuerpos femeninos lamentables. A saber: La modelo Twiggy (creo que se llamaba, y que no era más atractiva que un bacalao), Victoria Vera, Mónica Randall, La Cantudo, La Gabaldón...etc, todas ellas con tetas de niña preadolescente. Por suerte no lo consiguieron y nosotros seguimos soñando con tías buenas de la talla de Sofía Loren, Marylin Monrroe, Silvana Mangano...y otras más del mismo calibre. Supimos mantenernos firmes( sobre todo de la parte inferior de nuestro cuerpo) y nunca sucumbimos ante tal oferta (malintencionado proyecto de que nos uniéramos a esa turba de afeminados que solo gustaban de los cuerpos ambiguos porque en realidad lo que les hacía tilín eran los jovencitos quinceañeros imberbes) de tal manera que los de aquella generación seguimos imperturbables en nuestra lucha por que prevaleciera en el deseo del subconsciente ( y también en el consciente) colectivo la figura impagable y nunca bien agradecida de esa teta digna, suculenta, cálida, mórbida, exuberante y prominente. Esa teta gorda, lechera, blandiblú, regordeta, amenazadora; de pezones inhiestos, basculante, reventadora de corsés, escotes, sostenes...de generoso y prometedor canalillo. Tetas desbordadoras de las manos más ambiciosas. Tetas redondas de grandes aureolas, invitadoras al chupeteo más ansioso. Tetas con denominación de origen y sin fecha de caducidad pues nos gustaban hasta las de nuestras tías mayores, las de nuestras madres y abuelas...incluso sentíamos (mucha y sospechosa) curiosidad por las de nuestras hermanas. ¡Eso eran tetas!

Afortunadamente (aunque haya pasado toda una, o dos, generaciones) se ha vuelto a la cordura y en estos tiempos que corren se ha hecho justicia, por lo que tenemos de nuevo la oportunidad de degustar con la vista - y con el tacto,para qué nos vamos a engañar-de esas maravillas de la naturaleza femenina.
La teta nos da la vida en nuestros primeros años , la teta nos da un motivo para vivir en los últimos de nuestra existencia. ¡Viva la teta!...pero la gorda, la generosa y abundante.
"Burro grande, ande o no ande"

miércoles 23 de diciembre de 2009

El enigmático muñeco de nieve




Cuentos negros para Navidades blancas

¡Qué maravilla!, nunca se había visto un muñeco de nieve como aquel en toda la zona. El que lo había hecho tenía verdadero arte, no le faltaba más que echar a andar.
¡Qué realismo! Aquella Navidad acudió todo el vecindario de la urbanización hasta la playa a disfrutar de su maravilloso “muñeco de nieve”.
Todos hacíamos cábalas: “¿Quién habrá sido el artífice anónimo?”
Llegamos a la conclusión unánime de que aquello era obra del artista callejero que nos había deleitado durante todo aquel verano con sus magníficas esculturas de arena.
¿Pero dónde estaba el genio? Nadie sabía de él desde varias semanas atrás.
Pasaron los días navideños y el 28 de Diciembre, día de los Santos Inocentes, un sol radiante fundió la nieve antes de alcanzar el medio día.
Entonces apareció el artista ante los ojos horrorizados de todos los curiosos.

martes 15 de diciembre de 2009

El último de la estirpe.





Estamos en Transilvania, cuya capital es Cluj, región ubicada en la parte central de Rumania, junto a los montes Cárpatos. El paisaje es muy característico debido a su relieve montañoso, espesos bosques y misteriosos castillos. Uno de ellos es el archiconocido por el nombre de Bram, con sus once torres, cerca del lago de Rosu., en Sighisoaraen, en lo alto de una meseta en donde se inicia una ruta de fortalezas y leyendas. Allí fue donde vivió el cruel Vlad Tepes. Este príncipe sanguinario fue hijo de Vlad Cracul.

Está atardeciendo. Entre niebla y semi oscuridad se aprecia la recortada silueta del castillo de Bram. Dentro de sus viejas piedras sobreviven enclaustrados desde tiempo inmemorial sus dos únicos ocupantes. Uno es el propietario y descendiente de una antiquísima estirpe, el otro es lo que queda de la plantilla de siervos a su servicio.

El señor está profundamente dormido en su sarcófago cuando se le acerca el criado alterado y sudoroso para, zarandeándolo vigorosamente, despertarlo de su descanso.
─¿Qué ocurre, demonios?--dice el señor al despertar de forma tan convulsa.
─Ya ha comenzado, amo—el siervo no puede contener su intranquilidad.
—¡Hijo de un montón de ratas sifilíticas!—comienza por decir el señor como es su costumbre.
—Gracias, heredero magnánimo, por la alta estima en que me tiene.
—¡Que mil culebras te entren por todos los orificios de tu tarado cuerpo y se te alojen en los intestinos!
—No caerá esa breva mi señor—responde el siervo con los ojillos ensoñadores ante tal deseo de su amo.
—¡Que una hiena podrida te coma los ojos y los eche por el culo para servírtelos de cena!
—¡Ay señor, me pone la hiel en la boca para después quitármela sin piedad!
—Te voy a arrancar el hígado y voy a defecar sobre él antes de metértelo por esa garganta cloaquera!
—¡Promesas, promesas…!—añade el lacayo halagado y fingiendo desolación. Luego se dirige a su iracundo amo para decirle—: ¿Ya está mejor señor y maestro mío?
—Mucho mejor, perro. Cuando se me despierta en hora tan intempestiva necesito ese desahogo, ya lo sabes. Y ahora espero por tu bien que lo que tengas que decir sea algo que justifique tu herejía o por el contrario te parto en cien pedazos, los adobo en estiércol y se los echo a los cerdos.
—Ya lo creo, mi amo, el asunto es de mortal importancia.
—¡Habla y no me coagules la sangre de la cabeza, mofeta estéril!
—Ya ha comenzado—dice el sirviente lacónicamente, sabiéndose poseedor de la atención del Príncipe.
—¿Ya ha comenzado , qué, cabestro anoréxico?
—La tala de árboles, eminencia.
—¿Esos cafres lugareños han comenzado a talar otra vez?—exclama descompuesto el señor de Bram.
—Desgraciadamente sí, mortífero amo.
—El aviso era necesario, lo reconozco, pero como sabes; desde la tala hasta la culminación del proceso hay un largo trecho y tú, ruin ácaro amorfo, me has despertado a media tarde…y eso se paga.
—Lo entiendo, mi señor, por eso vengo ya preparado de antemano. Vea, aquí tiene todo lo necesario: tenazas, látigo de bolas con púas, bota malaya, tijeras con dientes herrumbrosos…
—Calla, calla, no me importunes más con tus caprichos sádicos, perro sarnoso. Tengo la suficiente imaginación y recursos para actuar por mi cuenta sin tu asesoramiento, pero he pensado que lo que más te va a doler es mi indeferencia, por lo que te indulto del castigo. Sí, eso voy a hacer—suelta el amo como jarro de agua fría para el criado.
—¡No, por lo que más odie, mi guía y protector maestro, no me haga eso! No podré vivir con esa vergüenza. Debe castigarme como Satán manda, ¡por favor!
—Escarabajo envuelto en babas de serpiente…calla y asume lo que se te encomienda. Y ahora déjame en paz hasta que caiga la noche.

Dos semanas después:

—¡Mi señor, mi amo!
—¡Mmmmhm! No grites de esa manera o te reviento, sapo ulceroso. Anoche me pasé un poco con la sangre en mal estado de un campesino con escorbuto y tengo la cabeza para reventar.
—Perdón señor, que os despierte a las cinco de la tarde pero la urgencia de la noticia lo requería—se disculpa el ayudante de cámara.
—¿Qué ocurre ahora rata tuberculosa?
—Los aldeanos ya han empezado a afilar las maderas.
—¿Quieres decir, carroñero mezquino, que ya están preparando las estacas?—el soberbio conde está alarmado de verdad.
—Efectivamente amo, es un no parar. Les han entrado unas prisas que a este paso la tercera fase es inmediata.
—Bueno, bueno, no llamemos al buen tiempo. Vamos a serenarnos. Cuando están en la fase del afilado significa que aún tenemos un tiempo prudencial de tregua para tomar decisiones finales.
—Temo por vos Maestro, por vuestra integridad física—responde el mayordomo con muestras de apenamiento en el rostro.
—¡Métete tus temores en tu apestoso esfínter y luego los escupes por la boca!, ¡quién eres tú para temer por mi seguridad, burro con metástasis! Creo que un día de estos te voy a deshacer en ácido de cintura para abajo y te voy a colocar dos sapos en las cuencas de los ojos para usarte de gárgola en la torre número siete.
—Las palabras se las lleva el viento señor. Promesas que no se cumplen, ¿para qué formularlas?
—Déjate de deseos irrealizables y seamos prácticos; ¿cuánto tiempo estimas que disponemos hasta que llegue lo inevitable?
—Dos semanas, tal vez una mi señor.
—Bien, mientras eso ocurre métete en un cubo de mierda y no oses molestarme hasta entonces, perro.
—Así lo haré encantado, amo, ¡por fin algo de reconocimiento!—dice con chirivitas en los ojos el esclavo.
—¿Qué has dicho al final, grajo?
—Por fin algo de movimiento, mi señor.
—¡Mmmmh



Cinco días después:

—¡Señor, señor! Ya ha llegado el momento. No hay más cera que la que arde. Se acabó lo que se daba. Aquí no hay más tu tía…
—¡Calla, amasijo de vísceras cancerígenas! Deja de chillar como una jauría de arpías. ¿Qué pasa ahora, disminuido del averno?
—Tercera fase, gran referente espectral—dice el lacayo en tono triunfal mal disimulado.
—¿Ya?, ¿estás seguro de lo que dices, zombi gusanero?
—Como esta oscuridad que nos ofusca, efendi del mal. La serpiente incandescente ya avanza,
montaña arriba, por la senda .Son doscientos hombres, antorcha en una mano y estaca en la otra.
—Entonces ya no hay más demora, feto varicoso. Hay que proceder al plan final. Ven y observa la grandiosidad de la mente de quien manda sobre tu precaria existencia.
—¿De qué se trata, oh gran gurú?, me tenéis en ascuas por conocer vuestros malévolos planes para la ocasión.

El príncipe tenebroso despliega un gran mapa sobre una de las paredes del salón destinado a biblioteca y el siervo queda boquiabierto sin comprender qué lúgubres propósitos se trae entre manos.
—Mira esto con tus ojos enfermos de ignorancia y aplaude mi proyecto como merece, infame—dice triunfal el señor.
—¿Qué es eso gran instructor?
—A esto se le llama mapa, inepto gusano. He aquí mi plan perfecto: Desde hace ya décadas han ido desfilando de palacio todos y cada uno de mis reales parientes, como bien conoces. ¿A dónde?, preguntarás, saco de cartílagos, a un lugar maravilloso. Cierto es que su clima excesivamente soleado es atroz para los de nuestra estirpe pero no hay lugar conocido en esta abominable Tierra como ese en donde se chupe más y mejor con total impunidad. Todos mis ilustrísimos familiares fueron allí y triunfaron sobremanera. Primero fue mi queridísimo tío, el gran Gilescu, él extendió sus dominios por esta zona de la costa—el señor marca en el mapa ante la atenta mirada de su esbirro, con una de sus larguísimas uñas, la ciudad malagueña de Marbella—, después, mi primo Campescu, se apoltronó en esta otra zona—ahí señala a Valencia—. Uno de los más destacados lo hizo aquí—la uña señala en esa ocasión Barcelona. Y así, uno detrás de otro ocuparon la mayor parte de este litoral, ¿ves?—el príncipe del dolor hace un recorrido en el mapa abarcando toda la costa mediterránea—. Pues bien, ha llegado mi turno, ya estoy preparado para el gran salto. Voy a vivir en un palacio, ocuparé la vacante de mi sobrino nieto Milletscu, el más despiadado chupador que se conoce hasta ahora. ¡Ah… un palacio lleno de música fúnebre para mi solo! ¡Un lugar donde sorber la sangre de sus lugareños con total impunidad! Sencillamente maravilloso.
—¿Y yo, emperador de lo oscuro?—dice alarmado el repugnante adulador.
—¿Tú, sabandija? ¿Acaso no tienes bastante con sacrificarte por mí sustituyéndome cuando llegue esa turba apestosa? ¡Es que lo quieres todo…miserable!