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jueves, 24 de abril de 2014

El día de la gloria




 Había llegado por fin San Jordi. Nada ni nadie le iba a quitar su día de gloria. Después de años persiguiendo un sueño era ya inminente verlo realizado. Su libro, al fin su libro publicado. El stand, un puesto de la editorial en pleno Paseo de Gracia en Barcelona y entre tantos otros su precioso libro expuesto a la curiosidad de un público entregado en día tan espectacular y entrañable. Tal vez miles de personas a lo largo de todo un día posaran sus miradas en él.
Y él, él junto a varios ejemplares de su propia obra, pluma en mano a la espera de quien le solicitara una dedicatoria, su firma.

Se sentía exultante, triunfador, los sinsabores del pasado, los intentos frustrados de otros tiempos por conseguir publicar, quedaban borrados de un plumazo. Nada enturbiaría la ilusión de ese día que, para sus adentros, significaba el primer paso firme de un largo camino. En su cabeza se formaban paisajes ya soñados de antemano, se veía a sí mismo disfrutando del reconocimiento de sus lectores, disputado por los medios para ser entrevistado. Tal vez invitado a tertulias literarias, haciendo un itinerario jalonado de emisoras de radio y televisión.

Su imaginación se disparaba con frecuencia y se relamía de placer pensando en que todo eso tan especial se haría realidad a partir de aquel San Jordi.

Un mes antes había publicado su novela y hecho la presentación oficial en una biblioteca de su ciudad. Aquel día jugaba el Barça y no acudió más de una veintena de personas al evento, pero aquello no le desanimó, sus esperanzas estaban en el día del libro. Allí sí, allí se colmarían todas sus aspiraciones. Se veía a sí mismo hombro con hombro, codo a codo con afamados autores que, aunque él hasta ese momento fuera un desconocido, no desmerecería junto a ellos; sabría estar a la altura. Había ensayado mentalmente su discurso; dar una reseña concreta y concisa del argumento de su novela, descripción de los personajes y cuanto hiciera falta sobre lo que le inspiró en su momento para decidirse a escribirla.

Había repasado sus tics y gestos corporales ante el espejo para tratar de no caer en tópicos a la hora de expresarse…lo tenía todo previsto de antemano. Estaba seguro de sí mismo y sabía que no se defraudaría.

Se levantó temprano, a eso de las siete de la mañana. Su editor le había advertido que hiciera lo posible por estar en el stand a las 9, cuanto antes estuviera allí el autor mejor. ¡Cómo le sonó en los oídos aquello de “el autor”, estaba claro que se refería a él!

Después de asearse y vestirse tomó solo un café, no quería perder más tiempo, seguro que una vez allí, en algún intervalo entre firma y firma, alguien encargado del avituallamiento le obsequiaría, a cuenta de la editorial, con algún apetitoso tentempié.

Poco después y a bordo de su vehículo salía hacia Barcelona, su dulce destino.
A aquella hora se encontró con el inconveniente de la salida diaria de automóviles que se dirigen a la capital portando a quienes tienen sus puestos de trabajo allí, que son incontables.
Trató de que ese hecho no le alterara. Su buena disposición no se iba a empañar por algo tan banal como es una caravana de autopista. Con aquello no contaba, de haberlo previsto se hubiera decidido por trasladarse en tren pero la mala suerte hizo que un accidente, cuando estaba a medio camino, produjera un parón total de los tres carriles de la autopista que duró una eternísima hora.

Algo nervioso si llegó a estar cuando, al poner en marcha la radio del auto, la Ser dio las nueve de la mañana. En aquella molesta situación hasta la suave voz de Carles Francino le sonó como un mazazo, hiriente y desagradable. Trató de serenarse pensando en que a aquella hora no habría aún demasiado público acercándose a la parada  de la editorial, estarían desayunando y él, al fin y al cabo, tendría el resto del día para compensar con su presencia la pequeña tardanza.

Es cierto que le molestaba el imaginar al editor pensando en que le estaba fallando y en que, tal vez, su confianza en él estaría mermando, que le vería como un irresponsable o de poco fiar.
No, seguro que se haría cargo de los problemas de la circulación a esas horas y en día laborable a la entrada de una capital tan grande y en día tan especial en que se acercaban decenas de miles de curiosos de todos los puntos cercanos a Barcelona.

Respiró profundamente y se tranquilizó reconfortado con esa idea.
De pronto percibió como aflojaba la presión de su pecho, hecho del que hasta ese momento no fue consciente, cuando vio que el vehículo que estaba delante del suyo se ponía en marcha. A partir de ahí no tardó más de un cuarto de hora en entrar en la gran urbe. En el resto del recorrido no consiguió ver ni rastro de accidente. Ocurrió como tantas otras veces que cuando la larga caravana se pone en marcha no se llega a saber nunca el motivo del parón ya que no se percibe rastro alguno de lo que lo ha originado.

Daba igual, estaba por fin en los aledaños de la Sagrada Familia, muy cerca ya de su objetivo. Entonces fue cuando le vino a la memoria el nefasto despiste; se había dejado sobre la mesita de noche de su dormitorio los dos Pilot del número 5 de punta fina, ¡su herramienta más preciada!, con lo que escribía siempre y su preferida para firmas de libros. ¡Maldita sea!, ahí sí, ahí montó en cólera porque no tendría más remedio que parar un momento donde fuera, acercarse a una papelería y comprar un par de ellos. ¡Cómo se iba a presentar a su estreno como autor pidiendo bolígrafos prestados!

Así lo hizo, dio varias vueltas a algunas manzanas hasta que encontró milagrosamente un espacio libre donde aparcar. Entró en el local a toda prisa, con la mala fortuna de que estaba atestado de público. Intentó colarse pero no tuvo éxito. Le tentó la idea de decir a los presentes de la larga cola que era un autor en apuros, que le urgía ir a firmar libros…se sintió ridículo, se hubieran reído en su cara, no le habrían creído.

Se resignó a que llegara su turno y la espera se le hizo más larga que la de la autopista ya que los minutos corrían inexorablemente. En su interior maldecía, sentía rabia y frustración. Miró la hora en su teléfono móvil, eran las diez y cuarto, ¡Dios…estaba empezando a desesperarse! De pronto escuchó, ¿”qué quería”? Por fin salió de allí con sus dos apreciadas herramientas de trabajo; sus dos Pilot del número 5 de punta fina.

Antes de salir por la puerta de entrada comprobó que había empezado una fina lluvia. Un fastidio por tratarse de una fiesta de calle pero se animó pensando que con toda seguridad se trataba de algo pasajero sin más importancia y dentro de unos minutos volvería el radiante sol que le acompañó desde que saliera de su domicilio. No estaba dispuesto a aceptar que nada enturbiara su día. Tenía que ser todo perfecto para que así quedara en su memoria en los años venideros. Necesitaba una postal idílica de ese día, había trabajado mucho durante años para merecer aquella diapositiva mental que decorara su memoria para siempre.

Absorto en aquellas elucubraciones mentales no sabía aún que el vehículo no se encontraba donde lo dejó media hora antes. Pronto comprendió, por el sello amarillo pegado al asfalto, que se lo había llevado al depósito la grúa municipal; con las prisas no atendió al indicador de plaza de aparcamiento para minusválidos. Estaba perdido. Casi eran las once de la mañana, dos horas de retraso a su cita.

Furioso como estaba descargó su rabia tratando de dar una fuerte patada al adhesivo amarillo pegado al suelo, con tan mala fortuna que resbaló debido a la lluvia cayendo hacia atrás. En el intento de frenar la caída su mano derecha fue la primera en llegar al suelo y un sospechoso crujido le hizo comprender que en la muñeca había ocurrido algo preocupante.
Rápidamente acudieron en su auxilio varios viandantes, le ayudaron a incorporarse y entre todos hubo consenso; tenía la muñeca rota y debía ir sin pérdida de tiempo a urgencias del hospital más cercano a que le examinaran.

El mundo se le vino abajo, no había solución aparente; la había cagado, entre ir a urgencias, le hicieran una cura, volver y localizar el stand de la editorial…podían pasar perfectamente más de tres horas. Eso significaría un retraso de cinco horas aproximadamente. Todo ello sin contar con que debía ir también al depósito a recuperar el vehículo, y pagar el servicio de la grúa municipal.
Resignado paró un taxi para que le llevara  al hospital más cercano.

No podía comprender tanto infortunio, además descubrió en ese momento que sus apreciados Pilot del número 5 de punta fina los había extraviado en la maldita caída sobre el asfalto.
La impotencia, y el dolor de la muñeca que ya empezaba a hincharse de forma espectacular, hicieron que le resbalara una lágrima mejilla abajo. Cerró los ojos y se dejó llevar como el que es conducido al matadero, sin oponer resistencia, resignado con su infortunio.

No fueron tres horas si no cinco, cuando consiguió llegar hasta la parada de libros de su editorial eran las seis de la tarde. El editor, con cara de pocos amigos le escudriñaba con mirada inquisidora, observaba su brazo escayolado desde los nudillos de la mano hasta el codo haciendo una mueca de desaprobación mientras le escuchó decir medio balbuceando: “¿Me puede prestar un bolígrafo?, haré lo que pueda.



lunes, 12 de agosto de 2013

Personajes de carne y hueso



Hace unos cuatro años un conocido me contó una anécdota muy cómica referente a un personaje que él no conoció pero que sus, en aquel momento compañeros de trabajo, le habían explicado con todo lujo de detalles. A mí me pareció tan gracioso el asunto que me inspiró uno de mis relatos cortos de aquel tiempo.

Yo en aquel momento estaba inmerso en una producción febril de relatos, aún no había escrito una novela como mandan los cánones.

El caso es que ayer por la tarde estábamos sentados en la terraza de un bar; mi mujer Montse, mi amigo José Luis y su esposa Mari Carmen, cuando José Luis me dijo: “Ahí tienes a un personaje de tu relato”, señalándome con la mirada a la mesa de al lado, donde dos hombres de más de cincuenta años tomaban unas cervezas acompañadas de alguna tapa. De momento no comprendía lo que me quería decir por lo que traté de interrogarlo para que me diera más pistas. Se me ocurrió que se refería a un relato que escribí por aquella época en el que describía a un personaje que, en una situación parecida a la mía en aquel momento, se entretenía en escuchar la conversación de dos amigos en la mesa de al lado y tomar apuntes para una posterior historia escrita sobre lo que escuchaba. Mi amigo me dijo que no, que mirara bien y me fijara con qué mano sujetaba el vecino de al lado la jarra de cerveza.

No lo podía creer, ¿Era él?, me vino a la cabeza rápidamente el personaje al que se refería: ¡era Contreras vivito y coleando! ¡Mi personaje de carne y hueso ante mis ojos! Aquello me proporcionó una emoción extraña, un desconcierto  rarísimo, ¿qué hacía un personaje literario “mío” a dos metros de mí y físicamente visible? Me pareció como si se hubiera escapado de mi dominio…fugado del lugar en el que, yo su “creador”, le había confinado por obra y gracia de mi pluma e imaginación.

No pude evitar a partir de ese momento observarlo a hurtadillas, tratar de escuchar sus palabras, saber cómo pensaba, se movía o gesticulaba…la sensación era de desconcierto por mi parte, como si hubiera perdido la autoridad sobre él; hablaba palabras propias que yo no había escrito y se comportaba con total y absoluto libre albedrío…esa pérdida de control sobre él me costó entenderla porque no estoy acostumbrado a ver como mis personajes se mueven libremente por ahí, en la vida real, y salen de copas y dicen cosas que no le cuadran, como lo que escuché de sus propios labios para mi mayor desconcierto ya que no encajaba para nada con la personalidad con que yo lo describí en su momento: “ Yo, a lo que más valor le doy en la vida es a los principios, ante todo los principios”, dijo tan pancho a su compañero de mesa.

Me quedé de piedra ante esa declaración y el motivo de mi estupefacción se entenderá fácilmente si se tiene la suficiente paciencia para leer el relato en el que es protagonista y que tiene por título: “A Contreras se le fue la mano”

Aquí el enlace para ir al relato:



jueves, 11 de octubre de 2012

La vuelta al cine de don Fernando.





Santiago Segura, nuestro director de cine más cachondo, ha conseguido, tras no pocos intentos, entrevistarse con el gran Don Fernando Fernán Gómez por motivos de trabajo.
  Santiago, desde hace meses, está dándole vueltas en su cabeza a la disparatada idea de ofrecer al actor el papel de protagonista de su próxima película: “Don Quijote de la Marcha”. Se trata de una versión inédita del famoso caballero adaptada a nuestros días, en la cual las aventuras que éste experimenta se desarrollan en un ambiente nocturno entre personajes variopintos de la “marcha” viciosa madrileña: discotecas, aficionados al botellón, bandas de jóvenes violentos, droga, prostitución, etc., etc. Todo ello, claro está, en el mejor estilo personal de Santiago Segura.
  Don Fernando, por fin, le recibe una mañana en el despacho de su propia casa. A través de su secretaria sabe que el director viene a ofrecerle que trabaje en su película, pero no tiene constancia del argumento de la misma ni conoce personalmente a éste. 

— ¿Se puede, Don Fernando?
—Adelante, adelante, acomódese usted— son las primeras palabras antes de levantar la mirada de unos documentos que simula leer para aparentar estar ocupado e impresionar al visitante.
—¡Vaya choza, jefe!
— ¿Cómo dice usted?
—Que está bien atrincherado. Ya quisiera yo una casa como ésta— Segura quiere, precipitadamente, romper el hielo y se hace el graciosillo
—¿Es usted el chofer de Don Santiago?— pregunta, sorprendido ante el aspecto poco elegante del recién llegado.
—¿Chofer? Es usted un cachondo, ¿eh?— responde el otro.
—No señor, no lo soy, ni siquiera lo intento. ¿Quién es usted, si puede saberse?
— ¡Santiago! ¡Santiago Segura! ¡El director!
—No me fastidie, no me venga con monsergas de buena mañana, que tengo mucho trabajo y estoy esperando a un señor con una oferta de trabajo que habré de estudiar.
—¡Que no Don Fernando, que soy yo! ¿No me ha visto nunca por televisión? Soy yo; el de Torrente 1 y Torrente 2…
—Usted no es más que un hippie, señor mío. No hay más que verlo: camiseta con idioteces en inglés, melenas, barbas… ¿Pero qué clase de director es usted?, ¡vamos, vamos, quítese de ahí y no me haga perder el tiempo con sandeces!
—Está bien, sé que no soy muy conocido por los actores serios como usted, pero tenga en cuenta que está ante uno de los directores con más éxito de taquilla de este país.
—¡Este país se llama España, no lo olvide!, no voy a consentir que en mi propia casa se ultraje el nombre de la Patria.
—Ese, ese es el Don Fernando que necesito para mi película; digno, enérgico, altivo; con garra…
—¿Qué película?, ¿de qué va el proyecto?, tenga presente que yo no acepto porquerías de esas de clase B, ni marranadas pornográficas. Yo, ante todo, soy un actor culto, metódico. En una palabra: ¡un profesional!
—Eso son dos palabras—dice Santiago por lo bajini con retintín.
—¿Decía usted?— los ojos del viejo actor relampaguean al clavar la mirada en su interlocutor.
—Que sí, que precisamente pensé en usted para hacer el protagonista por sus cualidades; rectitud, energía y experiencia de sobras demostrada en su larga carrera.
—Mire usted, no voy a negar que me incomoda hartamente su aspecto desaliñado, pero visto como está el caótico mundo en el que nos encontramos hoy en día no tengo más remedio que hacer de tripas corazón y una vez expuesta mi total desaprobación por ese hecho, le invito a que se acomode y diga de una vez lo que ha venido a proponerme. Siéntese— le ordena tajante.
—Bueno, ya vamos entendiéndonos, voy a ir directamente al grano: he pensado en hacer una versión moderna de nuestro héroe por excelencia, Don Quijote.
—¡Alto!, no siga, no sabe usted de lo que está hablando. Se lo digo yo, joven. Es más; yo ya hice el Quijote en su momento.
—Si tiene la amabilidad de dejarme continuar…
—¿Ha leído usted la obra?—pregunta inesperadamente el actor.
— ¡Vamos hombre, no me joda! ¿Cómo voy a leer yo el peñazo ese?
—Mal empezamos, yo no trabajo con sacrílegos indocumentados, que lo sepa. Don Quijote es la esencia de la equidad, del sentido común, la justicia y la caballerosidad. Don Quijote es el referente de la nobleza del carácter de nuestra raza, es…
—Bien, bien, no tengo nada en contra de todo eso, pero mi Quijote…
—¿Su Quijote? ¿Qué atroz presunción es esa? ¿Cómo se atreve a adueñarse de nombre tan insigne? ¿De dónde sale tamaña altanería? ¡Su Quijote! ¿Sabe lo que está diciendo? Aquí no hay más Quijote que el mío, mi interpretación es la única hecha con dignidad de la que el mundo tiene constancia, al tratar con el respeto que el personaje literario merece. Todo lo demás no ha sido más que vano intento abortado de emulación. Americanos, franceses, chinos, ¡todos ellos lo intentaron!, convirtiendo al digno héroe en un patético títere que en nada se parecía al original. ¡Yo, sólo yo soy el auténtico Caballero de la triste figura, pese a quien pese! Tenga eso presente siempre y piense antes de hablar lo que va a decir si no quiere incurrir en falta grabe. Ustedes, los jóvenes de ahora, no respetan nada.
—¡Cómo está el patio…!—suspira paciente Santiago—La trama, como le iba a decir antes, se desarrolla en el mundo actual, en nuestros días, y el personaje, acompañado de su fiel Sancho interpretado por Florentino Fernández, va deshaciendo entuertos y administrando justicia a troche y moche por la movida nocturna. Se ve obligado a entrar en bares y discotecas, desarticula bandas de narcotraficantes, salva a jovencitas ligeras de cascos de sus violadores, en fin…lo mismo que hacía el Hidalgo en otros tiempos, pero adaptado a los nuestros, por lo que el título de la película será: “Don Quijote de la Marcha”. El argumento es el mismo, pero ubicado en otra época, ¿entiende de lo que va el rollo?; la marcha nocturna de los jóvenes y todo eso.
—¿Me toma por un ignorante?
—No.
—Pues lo parece. ¿Me está diciendo que un hombre a caballo y otro en un asno van a luchar contra toda esa caterva de hippies que infectan las calles hoy en día?
—Bueno…haremos algunos cambios, verá; Rocinante y el burro ya no son necesarios, vamos a subir a los personajes a lomos de una Harley y una Vespino. Luego está también lo del vocabulario. Como comprenderá, nuestro héroe no puede ir enfrentándose por ahí con gente de esa calaña soltando aquello de: “¡non fullades, malandrín, follón!
—¿Es que se puede decir de otro modo?— replica Don Fernando desconcertado.
—¡Hombre, pues claro!, en los tiempos que corren hay expresiones de más actualidad y que conectan mejor con el gran público.
—¿Cómo por ejemplo?— inquiere exasperado el actor.
—Ya veo que no está en la onda, jefe. Por ejemplo: ¡no huyáis hijos de puta, que os voy a cortar los güevos!
—¡Fuera, fuera de aquí ahora mismo!— su habitual ira estalla como es de esperar, su fiel compañero el bastón se alza amenazador por primera vez—¡Ya sabía yo que nada podía esperar de semejante esperpento!
¿Dónde están los directores de antaño, respetuosos con los actores, comprometidos en su labor de divulgación de la riqueza de nuestro patrimonio cultural? ¿Qué se ha hecho de las exquisitas maneras al tratar de dar vida en la pantalla a los clásicos que monstruos como Cervantes nos legaron a la posteridad? ¿Drogas, prostitución, depravación, ligadas al sublime Hidalgo en una degenerada visión de un enfermo director? ¡Nunca! ¿Lo oye? ¡Nunca aceptaría, vive Dios, prestarme a semejante herejía!, antes me enfrentara sin yelmo, espada ni Rocinante al malvado Fierabrás o al mismísimo encantador Morgano, que sucumbir a su intento de destruir la memoria de tan digno caballero.  
—Espere, no se me cabree, hablemos de su caché…
—¡Atrás villano!—Don Fernando blande el bastón como si de una espada se tratara—No me tientes con el vil metal, hay cosas en este mundo que sobrepasan con creces la levedad e intranscendencia de lo material. La dignidad no tiene un precio, es un don que se nos da gratuitamente y siendo el más preciado no se puede prescindir de él por dinero. No me interesa otra oferta que la de hacer justicia y eso es lo que voy a hacer en este caso.
  Al decir esto, Don Fernando arremete con su arma buscando el espacio sin cabello de Santiago en lo más alto de su cráneo. Aunque gordo en exceso, el director está ágil dada su juventud, comparado con su oponente, claro, por lo que esquiva el golpe con facilidad. Don Fernando, llevado por el impulso del bastonazo errado en su objetivo, cae hacia delante perdiendo el equilibrio y dando de bruces en el suelo enmoquetado.
—¡Maravilloso!, ¡fantástico!, ¡qué arte!, ¡qué genio es el tío!, una actuación de un par de cojones ¡Si señor! ¿Lo tenéis?—Dice al grupo de técnicos que, desde la estancia contigua al despacho, están filmando todo lo que acontece. —¿Habéis hecho esta toma del ataque?, bien, buen material, esto es una bomba para los medios. Lo tenemos trincado por los “güevos”, colegas.
—¿Qué invento es este?—interroga el anciano al descubrir el aparatoso equipo infiltrado en su casa— ¡Apaguen eso, salgan inmediatamente de aquí o…!
—Tranqui, abuelo— responde el director desde el sillón del despacho donde se ha arrellanado cómodamente—, vamos a tranquilizarnos y a hablar de negocios. La cosa está clara: tenemos suficiente material como para que media España se parta el culo de la risa—aquí adquiere la forma de hablar de su personaje más pintoresco, Torrente—. Ya te pasó otra vez, ¿recuerdas? Si hombre, cuando mandaste a la mierda a aquel pobre admirador tuyo, ¿lo pillas abuelete? Como me toques más los cataplines con tus payasadas, se lo mando todo a Tele 5 y se están cachondeando de tí tres años, ¿vale? Así que tú verás; o hacemos la peliculilla, o te comes el marrón. Tú decides. ¡Hay que joderse con el abuelo, no se le levanta, pero tiene güevos!, si no me espabilo y lo esquivo me parte los cuernos el muy cabrito. ¡Animo, arriba que no tenemos todo el día!
  Don Fernando, en contra de lo que pudiera esperarse de un anciano achacoso como él, se levanta casi de un salto movido por la energía que su conocida ira genera, y es tal la fuerza con la que embiste a Segura al saltar sobre la mesa de despacho, que su oponente solo tiene tiempo de extender los brazos para amortiguar el encontronazo con el cuerpo que se le viene encima. Después del choque, que hace que el director se golpee contra la pared fuertemente en la cabeza, el actor se dirige hasta un armero de donde extrae una pesada espada, réplica de la usada por el famoso caballero, y se enfrenta con valentía al resto del equipo de filmación que, cumpliendo con su trabajo, no dejan un instante de registrar con sus cámaras el altercado, para decirles:
—¡Vosotros, engendros creados para mi desasosiego por el inigualable en maldad mago Morgano!, vosotros habréis de expiar vuestra falta al irrumpir en mi hacienda, ávidos de mi sangre, más no se diera jamás en andanza de caballero alguno masacre de tal calibre como aquesta que aquí sucediere. Monstruos de un solo ojo—en referencia a las cámaras que le observan—, que no os permiten verme en mi totalidad debido a tamaña tara con la que fuisteis creados, ya que no veis si no la mitad que otro humano, y es esa la ventaja de la que soy poseedor para infligiros mayor daño y aniquilar de uno en uno a todos vosotros. ¡Ah, pérfido Morgano que en tus repugnantes aposentos retienes a mi sin par en belleza Dulcinea del Toboso secuestrada, pronto ha de llegar  hasta ti la furia de este caballero andante y arrancarte he el fétido corazón que tu pecho alberga. Júrome a mi mismo que no he de tomar descanso hasta conseguir que te postres ante ella y rindas pleitesía, demandes perdón e implores clemencia antes de expirar atravesado por esta mi fiel espada.
Don Fernando, transmutado en el verdadero Don Quijote, llena con su voz ronca y potente toda la casa. Santiago, por otra parte, perdona el enorme chichón de su cabeza ante la satisfacción del deber cumplido. Está obteniendo una de las mejores secuencias de su película gratuitamente y con una interpretación, por parte del actor, inmejorable.
Afortunadamente la demencia transitoria de Don Fernando hace que sus golpes no sean certeros, por lo que no hay que lamentar bajas. Los técnicos esquivan fácilmente las arremetidas del arma y registran todo al detalle desde diferentes ángulos, así como un micrófono aéreo se bambolea por encima de la cabeza del actor siguiendo sus evoluciones por la estancia y dejando constancia de su discurso. 

“¡Corten!”, ordena Segura.”Por hoy es suficiente, vámonos de aquí antes de que este energúmeno nos abra la cabeza a alguno de nosotros”. Luego se gira hacia el caballero andante y poniendo los dedos de su mano derecha en forma de cuernos le dice rememorando una escena de Torrente: “Vais, vais…” El aguerrido actor para en seco, deja caer sus brazos, la espada queda clavada en el parquet que hay por debajo de la moqueta y adopta un gesto desvalido; los ojos entornados y la boca entreabierta. Está agotado por el esfuerzo, exagerado para su edad, al que durante minutos ha estado entregado con rabia.
—Bueno, vejete—le dice el irreverente director—, ya tenemos la primera toma, mañana seguimos con el trabajito si te encuentras en forma ¡Que no veas como atizas cuando te cabreas!
—¡Váyase a la mierda! 
—¡Si es que lo sabía! ¿Lo habéis tomado?— los técnicos asienten con un gesto— ¡Es que no escarmienta el jodido! ¡Venga coleguilla, no te mosquees hombre! ¿Nos hacemos unas pajillas y quedamos como amiguetes?— de nuevo haciendo referencia al sujeto Torrente.
  Tienen que salir por piernas, porque esta vez el ataque es de órdago por la indignación que produce el comentario final de Santiago.
—¡Non fullades, malandrín, follón!— dice Don Fernando, espada en mano, mientras los corre por el pasillo que da a la puerta de salida.
   




jueves, 8 de marzo de 2012

Trastadas en la trastienda.




Juan es auxiliar de farmacia desde hace veinte años. Entró a trabajar como aprendiz a los quince. Hace turno partido de mañana y tarde, de lunes a viernes. Hasta ahí bien, pero hay un lastre en su profesión que no puede soportar, las dichosas guardias nocturnas. Nunca consiguió superar eso. Le incomodan de tal manera que lleva todos esos años tratando de hallar la mejor manera de pasar las tediosas horas de soledad nocturna con todo tipo de distracciones.

Hubo un tiempo en que se dedicaba a molestar a gente conocida, incluso a su jefe, con llamadas de teléfono y de forma anónima. Pero la tecnología acabó con su juego desde que el que está al otro lado del hilo telefónico puede saber el número del que le llama.

En otra época se dedicó, con toda su malicia, a pinchar  preservativos para fastidiar al que, sin respetar que él estaba allí sólo para verdaderas urgencias, se presentaba a las tres de la mañana en busca de condones para pasar un buen rato con el primer pendón que encontraba por ahí. Incluso se dedicaba a cambiar de frasco algunos comprimidos para jugarle una mala pasada al pesado de turno que llegaba quejándose de ardores estomacales después de una opípara cena de negocios, dándole laxante que lo mantenía tres días sentado en la taza del inodoro.

No sabía que inventar para que sus guardias resultaran más llevaderas.
Más adelante, probó trayéndose un televisor portátil de su casa. Con eso, la distracción era más segura, pero dejó de hacerlo también porque se volvió adicto a la masturbación. En esas horas intempestivas era fácil encontrar un canal porno y en cuanto daba con él se mataba a pajas pegado a la pantalla, con riesgo de quedar electrocutado.

Nada conseguía dar resultado, todo acababa por hastiarlo. Así, una y otra vez volvía al punto de partida y el aburrimiento era su compañía. También probó con la literatura. Se aprovisionó de el material necesario; folios en blanco y bolígrafo, pero descubrió que solo se le ocurrían gansadas carentes de originalidad. No tenía el don de saber narrar y las pocas incursiones que hizo en ese campo pronto fueron fulminantemente menospreciadas por la despiadada crítica de su esposa: “¡Juan, tú no estás bien! ¿Cómo se te ocurren estas barbaridades que no tienen pies ni cabeza? Me das miedo.”

Todo eso fue creando en Juan una acritud en el carácter en sus horas laborables, hasta el punto que su trato con el público era de una grosería insultante.
A media noche sonaba el timbre de la puerta de urgencias, abría el ventanuco de seguridad y se encontraba con un padre azorado en busca de un chupete para su bebé:
—¿Y para eso viene usted a las dos de la mañana?
—Es que el niño no para de llorar, ¿sabe usted?, ¡no vea la nochecita que nos está dando!
—¡Pues métale al niño el dedo gordo del pie en la boca, hombre! ¡Aquí estamos para urgencias, no para tonterías!
En otra ocasión se acercó una mujer y con timidez le suplicaba tuviera la amabilidad de suministrarle un paquete de compresas:
—¿Y no puede esperar tres horas hasta que comience el turno de mañana?
—¿Qué le boy a hacer si me ha venido sin avisar?
—¡Pues se pone usted una toalla, joder!
  
Y para colmo estaba el de la silla de ruedas. Un inválido que vivía a pocos metros de la farmacia, no tenía otra ocupación mejor que ir a altas horas de la noche a buscar suero fisiológico, caramelos para la tos o palitos para los oídos. No había nada que le molestara más a Juan que una vez que sonaba el timbre y después de abrir la ventanilla, no encontrar una cara delante. Cuando ocurría eso, era él. Como el hombre iba sentado no estaba a la altura de la ventana, por lo que Juan ya sabía de quien se trataba. Eso le obligaba a abrir la puerta y salir al oscuro callejón para atenderle. En esa situación, Juan temía ser atacado por cualquier maleante que estuviera al acecho.

Una noche sonó el timbre y acudió malhumorado a abrir. No encontró a nadie delante de la ventanilla, por lo que dijo sin dudar:
—¡Estoy hasta los cojones de que me molestes a estas horas! ¿No te da igual venir a joderme por la mañana?
De repente, un policía uniformado hizo aparición frente a él.
—Buenas noches, ¿esas son maneras de atender a un cliente? Haga el favor de entregarle esto —dijo al tiempo que le extendía ante sus ojos una receta médica.
Juan abrió la puerta, salió y comprobó que se trataba de un señor que era enano, aquejado de un fortísimo dolor de muelas, que no alcanzaba al timbre.
  
Pasaron muchas guardias más y aproximadamente las situaciones eran por el estilo, pero hubo una noche que la rutina cambió de manera inesperada.
Juan acudió a la enésima llamada del dichoso timbre y cuando abrió la portezuela de la ventana quedó boquiabierto. Una hembra de tamaño natural, de las que quitan el hipo, le sonreía pícaramente mostrando una sonrisa blanca como la nieve.
Era la noche de Navidad.

La mujer llevaba una falda roja ribeteada en blanco, adornaba su cabeza con un gracioso gorrito rojo rematado con una borla blanca de algodón. Hacía juego todo ello con una casaca también roja y abierta expresamente hasta el último botón, con la sana idea de calentar el ambiente gélido de noche tan señalada. Juan quedó petrificado ante la maravilla que tenía delante; un par de tetas de grandes proporciones, tersas y esféricas, le apuntaban directamente a los ojos. La sorpresa le dejó sin habla. Mamá Noel le guiñó un ojo al decirle:
—¡Feliz Navidad, machote! ¿Me dejas pasar un ratito?, me estoy quedando helada y afónica.
En efecto, su voz se notaba afectada por el frío del exterior.
—¿Qué…qué quieres? —Balbuceó Juan sin parar de machacársela-que es en lo que estaba ocupado en la trastienda- mientras con la mano libre accionaba el pasador de la puerta.
  La Mamá Noel ya estaba dentro cuando le respondía:
—Pasar un buen rato contigo y alegrarte la Navidad. ¿Cómo estás tan solo en una noche como esta?
—Eso digo yo… —acertó a responder sin apartar la vista de los pezones de azúcar moreno que le provocaban tentadores— ¿Y tú, dónde vas por ahí sola con ese par de melones a la vista?
—Porque soy tu regalo navideño, ¿no escribiste la carta a Papá Noel?
—Pasa, anda, pasa para adentro, que mira como estoy —dijo señalando con los ojos al contenido de su mano.

Juan comenzó a andar por el pasillo que llevaba hasta un pequeño cuarto en donde solía pasar las veladas recostado en un sofá-cama. Ella lo siguió y, tomando la iniciativa, le levantó la bata blanca para manipularle descaradamente con sus manos el trasero, haciendo elogios y aspavientos sobre esa zona erógena.
Cuando estaban dentro del cuartito, Juan se volvió excitado hacia ella y se aferró sin más preámbulo a las tetas; succionando sus aureolas y jugueteando con la lengua con los pezones. Ella le agarró el miembro y comenzó a masajeárselo. Juan, metida su cabeza entre los tibios pechos, lamía, mordisqueaba con deleite y se convulsionaba con espasmos de placer a cada sacudida que recibía su pene. Se bajó los pantalones y ella le quitó los calzoncillos, frenética, ansiosa por comenzar el juego.

Mamá Noel observó que sobre una mesita había un frasco de vaselina, “¡que pillín!”, le dijo con complicidad. Lo abrió y extrajo una abundante porción del contenido, pidiéndole a continuación que se apoyara con las dos manos sobre el sofá-cama, dejando el culo a la vista. Él obedeció, pensando en una travesura morbosa por parte de ella, dejándole hacer. Ella comenzó a embadurnarle el ano y alrededores con delicadeza.

—¿Qué tienes pensado, guarra? —preguntó Juan esperando algún juego placentero.
Ella no contestó. Juan desde su posición de espaldas intuyó que se desvestía. Pero no fue así; Mamá Noel se subió la falda roja hasta las caderas, sujetó su enorme pene con una mano, con la otra se aferró a las nalgas del farmacéutico…y cuando éste fue a reaccionar ya lo había penetrado hasta el mango.
Él quiso negarse a la sodomización, pero unas manos firmes como tenazas le sujetaban imposibilitando su resistencia.
—¡Guarra, me has violado! —gritó como un loco tratando de partir en dos con las contracciones de su culo la verga que lo tenía preso. Fue en vano; el ariete entraba y salía una y otra vez aflojando su esfínter hasta quedar saciado de carne. 
Noel travestido soltó las nalgas del sodomizado para asirle el pene y darle de nuevo la dureza de antes y al acompasar las sacudidas manuales con las arremetidas anales, no tardaron los dos en llegar al clímax, sobreviniendo dos abundantes nevadas blancas como colofón al placentero encuentro.
Juan se incorporó, encarándose con ella (él), para decirle:
—¿Pero cómo una tía tan buena puede ser un tío?
—Es el milagro de la Navidad —respondió ella mientras se sacudía las últimas gotas de semen, que cayeron sobre el mosaico del suelo.
De pronto se escuchó un portazo. Juan, alarmado, corrió hacia la puerta de urgencias, abrió la ventanilla y vio como un hombre doblaba la esquina a todo correr.
La del traje rojo se acercó, le dio un pellizco en el culo desnudo y se despidió con una voz más ronca aún que cuando llegó: “Feliz Navidad, machote”. 
Cuando se marchaba, Juan le dijo desde la ventanilla: “De esto ni una palabra a nadie, ¿vale?”. Ella le guiñó un ojo y siguió su camino en dirección a la esquina.
Juan se dirigió a por su ropa y al pasar delante de la caja registradora, del mostrador de la tienda, comprobó que estaba abierta. No era muy difícil imaginar lo caro que le había costado su regalo de Navidad.
 “¡Me han jodido bien jodido!” —pensó resignado.
Las guardias nocturnas de Juan ya no fueron nunca igual, especialmente las que coincidían en la noche de Navidad.
Mamá Noel nunca más volvió a visitarlo.


  
   

jueves, 1 de marzo de 2012

Hablando con perros.




Para Pascual, propietario de Cuky, era algo normal en sus paseos matutinos hablar con su perrito. Uno cualquiera de esos días caminaba por el itinerario acostumbrado mientras iba diciendo: “Cuky, te tengo dicho que no me gusta que comas nada del suelo. Deja eso y tíralo de la boca. ¿No me oyes?, trae, dámelo. Así, venga, sé bueno y obedece. ¿No ves que luego te da diarrea y te pones malo? No sé como te lo tengo que decir; no haces caso de nada de lo que te digo, ¿me escuchas?, ¡pues parece que esté hablando con las piedras! No quiero reñirte, pero es que no haces ni puñetero caso de mis consejos; te entra por una oreja y te sale por la otra. Venga, haz caca que nos vamos a casa, que mamá estará preocupada por la tardanza”.
Detrás de Pascual, una señora de avanzada edad no pudo evitar oír la regañina, como tampoco pudo reprimir la necesidad de entrometerse:
—Perdone señor, ¿está usted hablando con su perro? —preguntó curiosa.
—Exactamente eso es lo que estoy haciendo, ¿porqué? —respondió Pascual molesto por la pregunta.
—Usted sabrá, pero no creo que el perro, por muy inteligente que sea, entienda lo que le está diciendo.
—Señora, mi perro entiende todo lo que yo le digo.
—¿Habla siempre con él? —insistió la curiosa.
—Sí—dijo categórico Pascual.
—¡Que yo sepa, los perros no hablan! —se escandalizó aún más la señora.
—¿Quién le ha dicho que él hable?
—Usted dice que habla con él.
—Eso es lo que he dicho, pero no que él me hable a mí —aclaró Pascual con mala uva.
—De todas formas el perro no le puede entender, señor —contestó la entrometida siguiendo en sus trece.
—¿Habla usted con su marido en ocasiones? —preguntó Pascual inesperadamente.
—¡Claro que sí!
—¿Y él le contesta?
—Normalmente no porque cuando le hablo siempre está leyendo el diario —dijo la señora ingenuamente.
—Estamos en lo mismo, ¿se da cuenta? Usted habla y él no responde, pero igualmente habla con él —resumió Pascual sarcásticamente con ganas de quitarse de en medio a la molesta impertinente.

La señora siguió su camino sin responder nada más, chasqueada y molesta consigo misma por meterse en camisas de once varas.
Pascual se dirigió a Cuky para decirle: “¿Has visto?, la gente no tiene otra cosa que hacer que interrumpir conversaciones privadas. ¡Lo que ocasiona la falta de comunicación!









martes, 23 de agosto de 2011

Un libro muy oportuno





Agustín Ligero de Vareta había conseguido por fin su sueño más acariciado; ya tenía su primer libro editado. Cierto que no era un best-seller, era una obra modesta de 120 páginas, y autoeditada para más señas, pero no dejaba de ser un libro físico; de papel, bonitas cubiertas y con su nombre bien visible en la portada. “Un hombre en aprietos”, se titulaba y si bien no era como para tirar cohetes se podía soportar su lectura. Algo flojo el argumento y menos logrados los diálogos pero algunos acertados golpes de efecto , de cierta originalidad, le concedían el indulto necesario a la obra para que sus más allegados no le retiraran la palabra ante tamaña osadía;
“¡ Agustín, chofer de autobús, escribiendo un libro!”

Sea como fuere, y mediante el sistema de autoedición, vio cumplido su deseo y ya podía darse el gustazo de ir a cualquier lugar con su libro bajo el brazo, ojearlo de vez en cuando sentado en una terraza de un bar mientras degustaba un refresco, leer algunas páginas-o hacer como que leía-en la sala de espera del ambulatorio de su barrio mientras esperaba ser atendido por su médico de cabecera.

Un éxito, un verdadero éxito a nivel personal, nadie de sus conocidos o familiares había escrito un libro nunca, ¡solo él! Por ese motivo precisamente era por el que más antipatías cosechó; esa malsana envidia de los más allegados que no suelen perdonar fácilmente iniciativas de ese tipo en alguien de su entorno.

Agustín y su entusiasmo, los dos a una, llegaron hasta el mes de Agosto, fecha en la que empezaban sus vacaciones. Aquel año, y sintiéndose ya artista, decidió que el lugar que le correspondía era París, atraído por la Bohemia y todo eso que había escuchado tanto a lo largo de sus cuarenta y cinco años. No lo dudó ni un momento y hasta allí se desplazó-solo, ya que era soltero por vocación-en un vuelo desde Barcelona, vivía en Cornellá.

En el trayecto no se separó un solo segundo de su preciado tesoro, lo ojeaba, lo leía y releía, siempre con la esperanza de que algún pasajero o personal de vuelo , como una azafata por ejemplo, le hiciera la ansiada pregunta: “¿Este libro lo ha escrito usted?”. No hubo suerte, nadie le preguntó ni siquiera la hora, nadie le prestó atención en ningún momento y menos aún a su libro.

Una vez ya en París correteó cuanto le fue posible, visitando los lugares típicos y tópicos de los que tenía referencias por el cine y la literatura, hasta que , una vez ubicado ya en la ciudad y conocedor de avenidas, monumentos y líneas de metro, se decidió a llegar hasta la cima del Olimpo del Arte y de los artistas, Mont- Martre.

Quedó maravillado del ambiente que se respiraba, se notaba en el aire que allí hubo la presencia de los más grandes intelectuales y artistas del siglo, creo que, diez y nueve. Cierto que ya solo quedaban pintores y caricaturistas argentinos pero él creyó encontrarse en su propia salsa; ese era su mundo, pertenecía a aquel lugar en espíritu.

Paseando por las callejuelas y visitando los rincones más carismáticos llegó la hora en que su estómago demandaba repostar las energías gastadas. Entró en un restaurante muy cercano al Sacre Coeur, ese que está enfrente y en una esquina, uno que tiene un pequeño porche elevado con baranda y algunas mesas en el exterior de cuyo nombre no puedo dar detalle porque la verdad es que no lo recuerdo. Pidió conejo a la cazadora, que supongo que en francés será impronunciable, y un vino francés de esos que tratan de competir con los nuestros. De postre un mousse de limón.

Al terminar se sintió satisfecho, pletórico. Se encontraba en un lugar en el que muchísimos años atrás acudían grandes hombres que dejaran huella en la literatura, en las artes. Algo así como él mismo.

Pidió un café y mecido por las notas de un piano que se encontraba junto a su mesa, y en el que un personaje, con toda la pinta de haber sido un bon vivant, tocaba de forma compulsiva mientras ojeaba una revista del corazón como partitura, la conocidísima, ¡On Paguíiiiiiii….!

El ambiente era perfecto; el café humeante, la rotunda imagen del Sacre Coeur tras una ventana, el piano, la decoración con alegorías a los más famosos personajes que desfilaron por el local en la época de esplendor…¡Y su libro! “Mira, hermoso mío; siglos de cultura te contemplan” . ¡Qué más podía pedir!

En esas estaba cuando un repentino retortijón, de esos que mi amigo Monta, el taxista, llama “un pellizco”, le hizo saltar de su asiento como impulsado por un resorte y dirigirse a toda prisa hacia la toilette.

Casi no llega a tiempo. Entró en el estrecho cubículo, se sentó en la taza del water y descargó una andanada de órdago.¡”Qué alivio!”

¿Sería a causa del conejo? ¿El "mus" de limón tendría la culpa? ¿El café tal vez? Daba igual, ya estaba aliviado y lo único que importaba era limpiarse y volver a la mesa disimulando, como si nada hubiera ocurrido.

¡”Mierda”!Sí, mierda; no había por ninguna parte rollo de papel higiénico. ¿”Y ahora qué”?
Situación desesperada, de esas que se te cae el Mundo encima: “¿Llamo a un camarero?, ¿me limpio el culo con un calcetín y luego lo tiro al water? ,¡qué barbaridad!, ¡no!, me niego a todo eso. Además, ¡voy en sandalias y no llevo calcetines!- de repente una idea pasa por su cabeza como una estrella fugaz- ¡Dios santo, eso no!”

No había otra alternativa; tenía su libro en las manos. Nunca se alejaba de él. Un libro con 120 hermosas páginas de papel, nada más y nada menos. ¿Porqué Señor? ¿Porqué me haces esto?-casi grita si no fuera porque se mete un puño en la boca para contener el desgarro que siente ante la terrible idea de sacrificar su más preciado tesoro.

Necesitó la friolera de cinco páginas de su obra para culminar con éxito el aseo anal. Lo hizo arrancando una a una las cinco primeras, lo hizo así porque en un análisis rápido de la situación, para calibrar el daño, optó por el comienzo ya que , según su consideración de erudito, era la parte más floja, en la que menos se lució en la prosa.

Una vez terminado salió de allí con lágrimas en los ojos y pesar en el alma;¡Se había limpiado el culo con su propia obra! ¿Significaría aquel acto involuntario, pero necesario, una metáfora sobre su trabajo literario? No tuvo tiempo a reaccionar cuando, lavándose las manos y habiendo dejado su preciosa obra apoyada en una repisa, llegó alguien apretándose con una mano el vientre, cogió el libro y se encerró en el cagadero a toda prisa.

Cuando Agustín Ligero de Vareta reaccionó y fue a recriminar al aparecido la sustracción de lo que era suyo, escuchó una explosión sorda, de inequívoco origen. Ya no había solución.

Salió de allí hundido en la miseria para refugiarse con su dolor en la habitación del hotel en que se alojaba de la Place de la République.

No salió de allí hasta tres días después en que partía el avión que lo devolvería a Barcelona. En su cabeza repiqueteaba una y mil veces el título de aquella película, o tal vez novela; o las dos cosas juntas, la verdad es que no lo sabía con certeza: “¿Arde París?”

jueves, 21 de octubre de 2010

A Ricardo Andrada



Fragmento de un cuadro de Ricardo Andrada en el que aparezco

No tengo ni idea de poesía, siempre lo he reconocido abiertamente y sin complejos, pero en ocasiones me siento lírico y como soy de natural muy atrevido, le he hecho creer a Ricardo, amigo, cliente y vecino (a la vez que artista al que admiro) que eso de la rima se me da como churros; que soy un rapsoda avispado de ingenio innato y autodidacta de tal calibre que puedo improvisar sin dificultad alguna creando versos, sonetos o como se llamen sobre cualquier tema del momento. Ricardo tiene una sana amistad con Conchita, una vecina de aquí al lado que suele coincidir por las mañanas , a la hora del desayuno y en el Bar Jami, con nosotros. Ricardo suele bromear con ella queriendo sorprenderla siempre con alguna rima simpática, mañanera y dicharachera pero no consigue su objetivo por serle negado ese don del que yo presumo. Eso establece una competencia entre dos que se creen artistas; él del pincel (que lo es) , yo de la pluma (que me lo creo) por lo que, aprovechando esos espacios vacíos en mi jornada laboral en que no tengo pelo que cortar, me puse ayer tarde manos a la obra y compuse esto para indicarle algunas pautas a seguir a la hora de alcanzar ese efecto sorprendente, con chispa e ingenio, que él desearía tener en tales ocasiones.
Ahí va eso pidiendo perdón de antemano a algunos/as de mis seguidores (y yo de ellos/as ) que sí saben de este noble arte de la rima.

Ricardo Andrada aprende trovada

Conseguir una buena rima
De verbo certero,
Requiere una mente fina;
Como la de un barbero.

Lo que digas primero
Que case bien en el acto
Con lo que viene tercero,
Y lo segundo con lo cuarto.

Con esta fórmula sencilla
Aprendida en la escuela
Te saldrá de maravilla,
Verás que tu rima cuela.

Encandilarás a jovencitas
Quedarás como un erudito,
Y si con salero recitas
Alegrarás hasta el pajarito.

Estas cosas son claves:
Reflejos neuronales
Y arte en el declame,
Nunca como Perales:

“Ayer se fue,
Dejó sus cosas
Y se puso a navegar.
Una camisa,
Un pantalón vaquero…
Nanainá…nanainá…”

Con estos versos tan dispares,
Por mucho velero que tengamos
Viajaremos por pocos mares,
Pues sin duda la cagamos.

Deben ser como una Murga:
Que provoque la risa sana
Que suene como una burla
Pero se oiga como una Nana.

Así, tu rima no se verá marchita
Y si practicas lo suficiente
A carcajadas se reirá Conchita;
Te pondrá un sobresaliente.

viernes, 8 de octubre de 2010

La carta




Siguiendo la rutina diaria, Ángel Gálvez, hombre de cuarenta y cinco años, propietario de comercio y separado desde hace menos de dos meses, antes de subir hasta su vivienda recoge la correspondencia de su buzón.
Es medio día y tiene poco tiempo para prepararse algo de comer. Vive solo.
Una vez en casa deja lo que lleva en las manos sobre la mesa de la cocina y como siempre, y de un rápido vistazo, desecha todo sobre o folleto publicitario tirándolo directamente, y sin abrir, al cubo de la basura.
Una carta llama su atención. Es un sobre blanco donde aparece su nombre y dirección escritos a mano.
No, una vez mirado con más atención y colocadas las lentes para vista cansada, se da cuenta que la correspondencia va destinada a su vecino del segundo segunda, Anselmo García.
Inmediatamente la deposita de nuevo sobre la mesa con el primer propósito en su cabeza de echarla al buzón de su vecino una vez baje para dirigirse a su comercio en turno de tarde.
Toma un recipiente con comida ya descongelada y lo introduce en el microondas.
Vuelve a mirar la carta, se acerca hasta la mesa y la coge con dos dedos de una de sus esquinas para, una vez situada al aire entre sus ojos y un foco del techo de la cocina, tratar de adivinar al trasluz lo que contiene.
Sí, siente una cierta curiosidad morbosa, no puede negarlo.
La deja de nuevo en el lugar que estaba y atiende al pitido del microondas que señala que el contenido del recipiente está listo. Extrae su comida humeante y la lleva hasta la mesa. Toma una cerveza de la nevera y una vez provisto de cubiertos, pan y servilleta comienza a comer un amasijo de macarrones recalentados.
La carta sigue delante de sus ojos, la agarra y apoya sobre la etiqueta del botellín de cerveza. Mira una y otra vez el nombre y apellido del destinatario. Le da la vuelta al sobre y ve que no hay remitente, aunque ya lo sabe de los otros repasos dados. Se entretiene, mientras traga la insípida pasta, en examinar la caligrafía y en hacer cábalas sobre la personalidad del autor de la misma.
“Por el estilo yo diría que se trata de una mujer. Sí, creo que es letra de mujer; redondita, armoniosa, letras muy parejas, sin agresividad en los trazos…¡un momento…!, ¿qué mujer le va a escribir a Anselmo? Desde que vivo aquí hace un par de meses lo he imaginado siempre un solterón rarito…estoy convencido de que es más maricón que un palomo cojo; ¡un pedazo de gay como la copa de un pino! Convencido no, estoy totalmente seguro de que el moñas ese del segundo segunda es mariquita de toda la vida. Nunca lo he visto con mujeres, si acaso con algún que otro “amiguito”, pero con mujeres nunca.
¡Ya lo tengo!; es letra de hombre, pero afeminado. ¡Qué fuerte, seguro que es la declaración de una “loca” del culo amante suya! ¿Y si abro el sobre y leo lo que le dice? Es un delito eso de leer la correspondencia de otra persona pero…¿quién se va a enterar?”
Deja a un lado el tenedor y los macarrones y toma la carta otra vez en sus manos provisto del cuchillo que está a su derecha. Le asalta de nuevo la duda, se siente un intruso de la intimidad de su vecino y eso le agrada tanto que sin vacilar más da una cuchillada al sobre por un extremo y lo abre.
Despliega un folio doblado en cuatro partes. El papel desprende un dulce aroma a flores que le da la confirmación a sus sospechas; sin duda se trata de un gay, esos refinamientos son típicos de ellos. Está a punto de descubrir al amante secreto de su vecino Anselmo, el gay del segundo segunda. Siente una emoción malsana pero satisfactoria. Esa extraña mezcla de sentimientos encontrados le produce un estado de ánimo placentero.
Ansioso por paladear el sabor de su transgresión comienza a leer:
“Mi querido Anselmo, no te imaginas como te extraño en estos dos meses en los que apenas nos hemos visto dos veces por los motivos que tú sabes. El tiempo sin tu compañía se me hace eterno. Te necesito tanto…necesito tus caricias, sentir el roce de tu piel con la mía, tu cuerpo aferrado al mío; desnudos y ardiendo en deseo, amándonos sin reparos, solo dejándonos llevar por el puro placer del sexo. Algo que no había conocido antes de que te presentaras en mi vida de improviso. Solo tú has sabido hacer que me sienta una verdadera mujer. Eres tan viril, tan sensual…¡tan macho! Me parece una eternidad esperar hasta el viernes próximo para tenerte de nuevo entre mis brazos, entre mis piernas.
Te amo con lujuria, te deseo desesperadamente.
Sonia.

PD. Con la cantidad de viviendas en alquiler que hay en toda la ciudad, también es mala suerte que el idiota de Ángel haya ido a caer justo en el piso de encima de donde vives tú. Si lo llego a saber le dejo a él la vivienda cuando nos separamos. Procura por todos los medios no hacer amistad con él, es un personaje muy complicado y podría estropear nuestra relación.
Y lo que es peor; si me retirara la pensión, ¿de qué viviríamos tú y yo hasta que dejemos de ser dos desempleados?

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Gladiadores de atrezzo



Todos los caminos conducen al guerrero hasta el Coliseo.

Estas vacaciones he tenido el privilegio de viajar hasta Roma. Y digo el privilegio porque de no haber sido por la decisión de mis hijos Raúl y Cristina, que fueron los que costearon desplazamiento y estancia, no hubiera visto este año nada más lejano de mí que las montañas que se divisan desde Sabadell, La Mola y el Tibidabo. Todo ello gracias a esta crisis que padecemos estoicamente desde hace ya algo más de dos años.
Roma es impresionante, no la voy a descubrir yo ahora. Ya sé que la mayoría de gente con la que hablo ha estado en alguna ocasión y que es una de esas ciudades que todo el mundo conoce sin haber ido nunca. Le ocurre lo que a Cuba, que todos te explican al detalle lo que es y como se vive sin conocerla más que de oídas.
De todas formas no puedo pasar por alto el hecho de que me ha impresionado sobremanera su monumentalidad. A cada paso encuentras restos de aquella civilización tan desarrollada que fue capaz de hacer tales prodigios: Foros, Termas, Catacumbas, Basílicas, Fontanas… monumentos extraordinarios por su estilo arquitectónico rayano en la perfección de las formas…Portentoso comprobar de primera mano la majestuosidad que esa ciudad tuvo en sus tiempos de gloria.
No, no me olvido del Coliseo. Uno de esos días de mi visita a Roma lo dediqué a visitar ese icono por excelencia que es el mastodóntico Coliseo. Por cierto, un lugar también donde los tópicos que todos conocemos, a través de la industria del cine, se vienen abajo como una ruina más. Si te apegas disimuladamente a un grupo de turistas de habla española, siempre sale más barato de esta manera, y escuchas atentamente al guía, descubres cosas tan curiosas como que los romanos de aquella época tenían una talla media de 1,50 metros ellos y 1,40 ellas, cosa que no coincide mucho con las formidables dimensiones de sus estatuas, representativas de los personajes de aquel tiempo, ya que sobrepasan siempre el metro ochenta. También te decepciona el saber que los cristianos en contadísimas ocasiones fueron pasto de los leones. Eso era algo anecdótico pero a la iglesia le ha encantado siempre hacernos ver o creer que el Coliseo era una construcción hecha casi únicamente con esa finalidad, martirizar a sus pobres fieles.
Luego está lo del dedo pulgar para salvar o condenar a muerte a un gladiador vencido. Otra exageración. En rarísimas ocasiones en las que el Emperador, o César de turno, acudía a esas orgías de sangre que tanto gustaba a las clases sociales romanas; alta, media y vulgo; todas sin excepción, incluidos los esclavos, él sí tenía la potestad de conceder la gracia al caído en la lucha de no morir o de lo contrario, favorecerse del buen augurio y sobrevivir. Nunca en otras ocasiones ocurría esa circunstancia, allí se iba a morir y punto. El pueblo siempre quería sangre.
Otro de los detalles curiosos es que los gladiadores solían luchar y jugarse la vida dos o tres veces al año, el resto del tiempo vivían a cuerpo de rey, aunque no eran libres, claro.
Como estos ejemplos podría citar muchos más pero no quiero ser cansino para el lector y solo añadiré que las Catacumbas—visité las de Domitella, más allá del Circo Máximo—fueron hechas por orden de un emperador que veía como los cementerios empezaban a ocupar demasiado espacio en las afueras de Roma. Otra vez los cristianos apropiándose de algo en lo que no tuvieron parte como en tantas ocasiones de la historia.
En fin, una visita aleccionadora, interesante por lo que se descubre y por lo que impacta lo que se ve, pero más que nada lo que me ha movido más a hacer este post en mi blog es un hecho inesperado que tuve ocasión de protagonizar en mi visita al Coliseo.
Una vez salí del estadio me posicioné frente a él a distancia óptima para echarle una última ojeada en toda su dimensión y quedarme con esa imagen para el recuerdo. Saqué mi cámara digital y me coloqué de manera que quedara inmortalizada la gran obra en mi álbum de recuerdos. Estaba encuadrando la panorámica cuando oigo una voz que venía del frente: “¡Non fotum!
—¿Cossa dicci? —pregunté yo sorprendido y en mi perfecto italiano aprendido de las canciones de Adriano Celentano, Al Bano y Renato Carosone.
Non fotum si no dinerum, est modus operandi —me quedé en una mezcla entre mármol de Carrara y Travertino. Un romano perfectamente ataviado con todos los atalajes y pertrechos me decía que… ¡para hacer una foto tenía que pagar!
—Prego, questo e una foto de ricordi, ¿capicci? —le aclaré al centurión que me miraba desafiante. No recuerdo ahora si la espada la llevaba en la mano o ésta seguía en ese momento en la vaina de su cinto, pero su actitud era decidida y altamente agresiva. — ¿Ma qué cossa? —continué diciéndole con cierto desparpajo y ayudándome con la gesticulación de mis dos manos en forma de piña.
Ego adviertum, no salarium no fotum —insistió a la vez que daba dos pasos y levantaba una mano, en plan Ave César, tapándose la cara para impedir ser fotografiado.
—Mío caro amicci —le respondí conciliador —Io no voglio fotografiare a te, solo prenguo cuesta foto del Coliseo…¿Capicci di nuovo a me?
Non posibilítate fotum. Ι fotum V €urum; óculum pro óculo, quid pro quo. V €urum ipso facto o vade retro. Tú mismum —La cosa se puso fea, el tío creía que quería fotografiarlo y quería a toda costa “pastorum”.
—La mamma tua que ti fecundó, mamoni —le dije indignado por la cara dura que tenía el elemento. Pero el aguerrido centurión no se arredraba tan fácilmente diciéndome a continuación, a modo de reto y observando mi gesto decidido de mirada provocadora:
Sivis pacem, para bellum-Se estaba pasando conmigo el soldadete de cartón piedra porque eso era tanto como decir : “Por encima de mi cadáver”, en una clara muestra de entrar en acción de forma inmediata.
Eso ya me cabreó, me sacó de mis casillas. Un centurión romano invitándome a entrar en combate en lugar tan idóneo para ello. A mí precisamente, con los años de práctica en gimnasios de artes marciales que llevo sobre mis espaldas. El guerrero que duerme siempre en mi interior dio un brinco alarmado, despertó como una fiera dormida a la que se le espanta deliberadamente. Vino a mi mente esa tira de fotogramas que tanto me marcaron en mi juventud; la pelea final entre dos iconos del cine de artes marciales, Bruce Lee y Chuck Norris en “El furor del Dragón” y la cual se desarrolla precisamente en el Coliseo de Roma. Era mi momento de gloria, era la ocasión de emular a mi idolatrado Bruce y aprobar esa asignatura pendiente que tenía conmigo mismo desde los años setenta en que viera su primera película y quedara estigmatizado de por vida dedicándome durante más de treinta años a seguir disciplinadamente entrenando para llegar a conseguir una técnica aceptable para la lucha.
Supe que mi momento había llegado, por lo que serenamente le dije:
—Atencione a la mía parole, pagliassi; Io sono piu altius, citius et fortius que te y te dicci questo: vini, vidi, vincci. ¡Tempus fugit…o no rispondo da me!
—¡Bafamculum, giri dei colloni! —me respondió mirándome fijo a los ojos y con los puños apretados. Luego se abalanzó hacia mi hasta llegar a donde estaba y me arrebató la cámara sin contemplaciones.
—¡Fillo de una luppa, la mía pazenza e finita, Io tengo plus! Y diciendo esto le sorprendí agarrando su mano y con una de mis inmovilizaciones preferidas de Aikido, cuyo nombre técnico y en japonés es Ikkyo, le retorcí la muñeca hasta dejarlo de rodillas en el suelo. Luego le arranqué la cámara y la colgué de mi cuello para que no estorbara a los movimientos de mis manos. Él quiso contrarrestar el ataque pero la presión, ahora más fuerte, hizo que desistiera de todo intento.
Así nos quedamos; cada vez que el “gladiador” intentaba levantarse, una nueva y más dolorosa presión con las tenazas de mis manos le empujaba hacia el suelo haciendo que aullara de dolor.
A los gritos del infeliz acudió una pareja de carabinieri, alarmados por el inusual caso, un turista agrediendo a un romano del Coliseo.
—Bon yorno, prego, ¿cosa fa con questo modali siñore? —me preguntó uno de ellos sorprendido.
—Bon yorno agenti—le dije con total tranquilidad y sin desistir en la inmovilización de mi presa—questo uomo a pretendito usurpare la mía camera, Io no boglio problemi, ma le prego la presta detencione dei manganti.
—Trancuilo siñore, questo elementi fa molto yorni que andiamo in suo paraderi. ¡Presto, papeli! —el carabinieri se dirigió al alborotador demandándole la documentación, estaba claro que se trataba de un inmigrante ilegal reconvertido en centurión.
Allí mismo fue esposado para ser conducido más tarde hasta la comisaría.
—¡Quina vergoña di romano! —exclamé cuando se lo llevaban hacia el coche policial.
—No siñore, il susodicci no e romano, avemo informacione oficiale de la sua prosedenza, e un rumano sensa papeli. Arrivederchi y graccie mile per la sua ayutta.
—Ciao agenti—respondí cordialmente.
Introdujeron al rumano en el vehículo policial y se marcharon sin más. Cuando pasaban a mi altura percibí la mirada de rabia que me dedicaba el vencido , a lo que respondí alzando el puño y bajando de golpe el dedo pulgar en señal de derrota para él y victoria para mí.
—¡Menudas fotos he sacado con la refriega que ha tenido usted con el romano! —me dijo un compatriota que había presenciado toda la escena y con la alegría de el paparazzi que ha logrado una buena exclusiva.
—¡Rumano, amigo...!, “rumano”. No confundamos.





miércoles, 26 de mayo de 2010

Blanco y en botella...





La alfombra es azul. No hay duda posible.

Hago esta aclaración de entrada para que el lector no se lleve a engaño o tenga la desafortunada tentación de pensar en que el color de ese objeto es azulado, azul tirando a verdoso…¡No!, es azul y punto. ¡Nada de ambigüedades! Lo mejor es poner las cosas en su sitio desde el principio. A partir de ahora cuando yo, el narrador, diga algo o describa objetos y personas, el lector debe interpretarlo al pie de la letra. Si no está dispuesto a seguir mis pautas mejor será que termine aquí su lectura y se dedique a otro quehacer que le satisfaga más.

Cuando llega el inspector de policía a la lujosa mansión, de ricos que amasaron su fortuna explotando a otros menos favorecidos, lo primero que llama su atención son las marcas de color rojo que recorren longitudinalmente ,y en dirección a la biblioteca, todo el estampado persa del tejido que cubre casi la totalidad del suelo cerámico de la sala de estar.
—¿Porqué comienzan y terminan las marcas rojas en ambos márgenes de la alfombra señora Iturbe?¬ —pregunta extrañado Camilo Huertas, el inspector.
—Eso tendrá que averiguarlo usted, ¿cómo quiere que yo lo sepa? —responde con impertinencia la dueña de la casa abriendo exageradamente la boca y los ojos, arqueando las cejas y contorsionando todo su voluminoso abdomen con cada palabra que pronuncia.
—Aquí ha habido un crimen, señora.
—¿Qué crimen? ¡Aquí no hay ningún muerto!
—Eso lo dirá usted, pero sepa que la última palabra la tengo yo. Yo decidiré si lo hay o no lo hay, ¿entendidos?

A mí personalmente siempre me ha disgustado ese tipo de persona que en lugar de favorecer las cosas utiliza el sarcasmo con su interlocutor “El sarcasmo es el refugio de los mediocres”, dijo alguien hace tiempo. Si ese alguien no lo hubiera dicho ya, tenga por seguro que lo habría dicho yo. ¡Y encima gorda! Sí, la señora Iturbe es gorda. Lo es en este relato porque así lo he decidido y no hay vuelta de hoja; gorda.
Dos cosas:
1—como narrador estoy juzgando ¡y qué!
2—no es políticamente correcto hablar en tono peyorativo sobre el físico poco agraciado de alguien.
Esto es lo que suelen opinar la mayoría de enterados pseudointelectualoides del panorama literario actual pero a mí es algo que me la lleva floja porque el escritor debe ser libre y tomar las riendas de lo que hace, piensa y discurre, crea e inventa y a este autor en particular le apetece en este preciso momento hacerlo y lo hace. ¿Estamos en una dictadura y no me he enterado? Que yo sepa hay libertad de expresión y por supuesto que voy a ejercer ese derecho.
“¿Tienes algo contra las gordas?”, me preguntaría ahora el cansino de turno si lo tuviera a mi lado. Yo le respondería: “yo puedo tener contra quien quiera lo que me dé la gana”. Como no tengo a nadie cerca ahora mismo, se lo digo a usted, al lector.
Ya sabe…si no le gusta lo que está leyendo…

Bien, el inspector atraviesa la estancia observando todo con detenimiento hasta llegar a la biblioteca.
—Señora, aquí está ocurriendo algo que no sé como calificar.
—¿De qué se trata? —pregunta ella con interés fingido.
El inspector se ha vuelto en dirección a la sala y señalando con el dedo índice de su mano derecha (no la izquierda), apunta al suelo de cerámica blanca donde, misteriosamente, han aparecido nuevas huellas rojas.
—Esas pisadas no estaban ahí hace un momento—. Dice, con entrecejo incluido.
—¡Por favor! —responde la señora Iturbe—¿No se da cuenta, inspector, que las ha dejado usted cuando, sin miramiento alguno, ha pisado la sustancia viscosa de la alfombra?
—No se pase de lista conmigo, yo sé donde pongo los pies. Esas huellas no son mías, mire—. El inspector alza un pie y la suela de su zapato está limpia.
—Levante usted el otro pie y comprobará que es como yo digo—. Dice ella poniendo al hombre ante un reto intelectual.
—No lo voy a hacer, basta con mi palabra; esas huellas no son mías y punto. Conozco mi oficio y usted no me va a enseñar como se lleva una investigación.

De nuevo tengo que intervenir porque hay cosas que me enervan. ¿Porqué siempre hay gente que trata de ridiculizar al profesional cuando está enfrascado en su cometido? A la gente le encanta destacar, en tertulias y corrillos de bares y patios de vecinos, que “aquél médico no supo encontrarle lo que tenía” , que “aquel profesor de Historia no daba una cuando jugaron una partida de Trivial, ¡ tantos estudios y tanta carrera y luego no acierta ni una, ja, ja, ja,!”. A la gente le divierte mucho que alguien que tiene notoriedad por alguna virtud, luego sea un fracaso en otros ámbitos de la vida. Disfruta explicando que los bomberos tardaron más de media hora en llegar al lugar del siniestro, que la policía siempre llega cuando se han marchado los delincuentes…etc. La gente, en muchas ocasiones, parece imbécil y esta señora de mi relato es una de ellas.
Se puede ser delgado o delgada y a la vez imbécil, o inteligente, pero se da la circunstancia que la señora Iturbe es gorda e imbécil. Yo soy delgado pero no imbécil, esas cosas no se pueden cambiar, no todos somos iguales, afortunadamente.
Pero a lo que vamos:

—¿Dónde se encontraba usted en el momento en que ocurrió el hecho? —interroga inesperadamente el policía.
—¿Qué hecho?, que yo sepa aquí lo único que tenemos es una alfombra manchada de algo de color rojo.
—¡El crimen, señora. El crimen!
—Yo no veo ningún muerto, inspector.
—Alguien se habrá encargado de hacerlo desaparecer, pero aquí ha habido un muerto, ¡cómo quiere que se lo diga! ¿Tiene usted algún horno en el sótano?
—¿Cómo lo sabe? —pregunta ella sorprendida.
—Todos los caserones tienen uno y en todos los crímenes se hace desaparecer el cuerpo incinerándolo en él. Así de fácil. Ya le dije antes que conozco mi trabajo—. Aclara ufano el inspector. Después de esas palabras, y por el subidón de su propia autoestima debido a verborrea y aclaración tan certera, según su criterio, saca un cigarrillo de la pitillera de alpaca que guarda celosamente en uno de los bolsillos de su americana, lo enciende con un vulgar mechero Bic de plástico de color verde y traga, acto seguido, una profunda y larga bocanada de apestoso humo de tabaco negro Ducados mientras es seguido por la mirada escandalizada de la señora Iturbe que no da crédito a tamaño atrevimiento: ¡fumar en su propia casa…y sin pedir permiso!
—¡Apague usted eso inmediatamente! —ordena colérica.
—¡Ya estamos con las tonterías!, en todos los trabajos se fuma, señora. Tiene usted un crimen y un cadáver en su propia casa y no se preocupa de otra cosa que de mi cigarrillo. ¡Qué incoherencia! ¿Por casualidad fumaba el difunto?
—¿Qué está insinuando inspector?
—Yo no me insinúo nunca, me limito a preguntar; ese es mi trabajo. Le he preguntado si…
—Ya lo he oído—contesta la gorda apretando los dientes—, pero no le voy a contestar a esa impertinencia.
—No se pase conmigo y no me vaya de lista porque a la gente como usted la tengo clichada y no se me escapa que sabe mucho más de lo que da a entender.
Recapitulemos: tenemos una alfombra (recordará el lector que es de color azul) manchada de sangre, unas huellas que la recorren de extremo a extremo. No tenemos cuerpo, pero…—el inspector se queda estático, quieto, inmóvil, paralizado y boquiabierto.

Sí, he puesto cuatro sinónimos de parado, ¡y qué?, ya he dicho antes que escribo como me apetece. Me hacen gracia todos esos “listos” que dictan normas de escritura: “Hay que huir de las reiteraciones, no se puede poner: “la noche era negra, oscura como boca de lobo”. Sí, se puede hacer eso y también se puede plagar de adjetivos calificativos un relato si al escritor (Dios en ese momento) lo cree necesario. Voy a hacer uso ahora mismo de ese privilegio.
Sigamos:

La regordeta y obesa señora, especie de mole enormemente engordada por la engrosada y excesiva cantidad de comida ingerida a diario, se pone hecha una fiera enrabiada al escuchar las palabras, que desde su posición de estatua inmóvil, dice a continuación el inspector observando el suelo de la biblioteca:
—Queda usted detenida por asesinato señora Iturbe.
—¿Pero qué demonios…? —balbucea ella sin comprender.
—Estas nuevas huellas en el suelo de la biblioteca la delatan e incriminan. Vamos, derrúmbese, baje de ese pedestal de soberbia en el que se ha instalado y se encuentra tan cómoda y confiese de una puñetera vez.

Al fondo de la sala-biblioteca hay una puerta que da a algún lugar. No tengo porqué describir ahora todo el edificio, es obvio que hay otras dependencias pero para el caso que nos ocupa es irrelevante conocerlas al detalle. Lo que sí es interesante saber o conocer es que las nuevas huellas, descubiertas tan sagazmente por el inspector, vienen de detrás de esa puerta y siguen hasta el mismísimo centro de la estancia en la que ahora se encuentran.

—¡Ya lo tengo! —casi grita el investigador y buen sabueso policía, o sea el inspector— Justo donde se acaban esas manchas o huellas de zapato ensangrentado es donde antes se encontraba la alfombra azul de la sala. Alguien mató a alguien. Aquí mismo, sobre la alfombra, ese alguien sacó el cuerpo chorreando sangre por esa puerta, lo incineró en el horno del sótano, luego volvió sobre sus pasos, manchó el suelo hasta llegar a la alfombra (azul) y cuando descubrió que dejaba huellas se descalzó, una vez enrollada la alfombra la desplazó hasta la otra estancia con los pies descalzos o desnudos para no dejar rastro. Eso lo explica todo. ¿Dónde está su esposo? ¿Pesa poco? ¿Está la caldera de la calefacción en marcha? —el inspector está exultante por el talento demostrado en sus apreciaciones y deducciones tan acertadas.
—Uno: soy soltera.
Dos: quien no existe no tiene peso alguno.
Tres: la calefacción está apagada porque estamos en Agosto.
Y cuatro: ¿Está usted loco, por casualidad? —responde la señora mirando al suelo con gesto de resignación.
—¿Dónde se encuentra en estos momentos su mayordomo?
—No tengo mayordomo, ¿para qué necesito un mayordomo si vivo sola en esta casa?
—Me lo está poniendo muy difícil señora; si no hay mayordomo solo me queda usted como sospechosa, A no ser que tenga jardinero.
—No.
—Ama de llaves.
—No.
—¿Personal de limpieza?
—Rian de rian—.responde socarrona la señora Iturbe disfrutando de la situación en la que el inspector no da una a derechas.
—¿Está usted loca?
—¿A qué viene eso ahora? —responde ella desconcertada.
—Si no tiene nada de todo eso, ¿porqué vive usted en una mansión como esta? ¿porqué mata a gente en su propia casa? ¡No entiendo nada, créame! —de pronto el inspector se detiene, algo inesperado llama poderosamente su atención—¿Porqué tiene sangre ahí?
—¿Dónde? —pregunta a su vez ella con recelo en el rostro.
—En los zapatos y en las medias, los tiene usted impregnados, ¿no lo ve? Antes no los tenía así.
—¡Márchese ahora mismo de mi casa! —grita espantada la señora Iturbe.
—Entonces, ¿porqué me ha llamado esta mañana?
—¡Yo no lo he llamado para nada!
—¿ ? —Caso resuelto, buenos días—.Concluye el inspector al tiempo que se dirige a la puerta de salida, no sin antes dejar como reproche—: así no se puede trabajar, ¡un poco más de seriedad por favor!

No esperaba este final, ¿verdad? Seguro que piensa que es flojo y que todo el relato en sí es una patochada, una situación surrealista mal llevada. ¡Eso!, eso precisamente es lo que me fastidia de los que creen que tienen un inmejorable criterio sobre las normas de escritura; esto está bien, esto no. Yo lo haría así y no de esta otra forma, ¡qué inteligente se cree, ¿no?¿Usted lo haría mejor? ¡Pues venga, manos a la obra y a ver como nos sorprende a los pobres aficionadillos!
Pues que sepa que yo no escribo al dictado de nadie ni de nada, normas ortodoxas de literatura incluidas, yo escribo así y si no le gusta ya sabe, ya se lo advertí al comienzo.
¡Ba, no me voy a molestar más en disculparme! Lo dejo aquí y punto pelota.