viernes, 10 de octubre de 2008

LA primera vez de Cándido Dosvelas









Cándido está exultante este viernes. No hace ni dos semanas que vive emancipado. Al fin, a sus treinta y ocho años, ha conseguido desligarse de los lazos maternos, alquilar un apartamento y hacer su vida. No le ha sido fácil, su madre, una mujer posesiva en exceso le ha atado corto desde niño y tuvo que hacer un esfuerzo superior a sus verdaderas energías para romper el cordón umbilical que, como unos grilletes, le tenía sujeto a su capricho.
Ahora por primera vez en su vida respira a pleno pulmón, es libre y puede hacer lo que le venga en gana sin dar explicaciones, sin necesidad de mentir e idear excusas.
Ha llegado el viernes, su primer viernes sólo. Tiene todo un fin de semana por delante para moverse a su antojo. Extrañamente no siente ningún remordimiento al pensar que su madre estará en casa, sola, sin su compañía. Está descubriendo sentimientos que no esperaba tener. Su madre y todos sus achaques le son indiferentes, sólo piensa en hacer todo aquello que le apetezca sin cuestionarse si tendrá su aprobación.
Ha oído hablar de una discoteca a muchos de sus compañeros de trabajo. Compañeros que en su mayoría son divorciados, jóvenes de edad aproximada a la suya pero con mucho más mundo corrido que él y a los que siempre envidió por su facilidad para contar historias increíbles sobre aventuras de fin de semana con mujeres, drogas y alcohol.
Él no sabe nada de todo eso, se ha limitado siempre a escuchar incrédulo lo que entiende como fanfarronadas y exageraciones que no caben en su cabeza, barbaridades sobre sexo y orgías que no pueden ser sino fruto de la imaginación y la mentira en una competitividad por demostrar quien es el más macho. Se decidió por fin a probar y hoy va a dar al paso.
Lo hará solo ya que no tiene amigos. Cuando sale, esta misma noche, va directo a Trazos, una sala a la que según sus compañeros acuden decenas de mujeres con la única y sana intención de encontrar a alguien que apague los calores uterinos que su soledad provoca ya que todas ellas son mujeres divorciadas con hambre de macho.
No tarda mucho en que una cuarentona, solitaria como él, comience a ronronear a su lado. Cándido está tomándose una copa en la barra del bar cuando ella se le dirige sin más, presentándose. Se llama Ada, o ese es su nombre de guerra. Él torpemente trata de seguirle la conversación pero a ella le da igual su falta de ingenio. Lo ha tomado como objetivo y es la que lleva las riendas del asunto. Su experiencia le dice que es un pardillo fácil de embaucar. Cándido, entre trago de alcohol y trago de saliva, balbucea alguna expresión de escasa gracia pero en lo que sí es insistente es en sus repetidas miradas cargadas de lujurioso deseo a los provocadores y semidesnudos pechos de la gata en celo.
Ada sabe que la cosa está hecha, es coser y cantar. Esta noche fornicará como una yegua en el apartamento de él hasta las tantas y podrá así saciar su apetito uterino. Él no las tiene todas consigo, su experiencia en estos asuntos no pasa de efímeros escarceos, toqueteos y esas cosas propias de adolescentes que tan sólo consiguen provocar un calentón del quince, pero como nunca llegó más lejos de eso con una mujer, está algo acojonado. Si la cosa llega más lejos, “¿qué hará?, ¿será capaz de ir hasta el final?”
Su libido se tambalea por momentos al recordar viejos fantasmas que su madre, Dolores, instaló concienzudamente en su cabeza durante los años de su juventud: “Algunas mujeres, hijo, son terribles, un verdadero peligro para muchachos inocentes como tú. No te lo vas a creer pero…algunas… ¡Es que es tan repugnante que no te lo vas a creer hijo mío! Hay mujeres que tienen dientes en la vagina… ¡Sí, sí, como te lo estoy diciendo!, son como fieras que destrozan a los hombres en su ansia por poseerlos. No pongas esa cara de incredulidad, sé lo que digo. Tienes que creerme. Esas mujeres te engañan con sus artes, te invitan a tomar algo…un café por ejemplo y te ponen una pastilla dentro de la taza sin que te des cuenta, luego hacen lo que quieren contigo porque se apoderan de tu voluntad”.

Las palabras de su madre han retumbado incansables dentro de su cerebro durante la adolescencia, le han acompañado en su juventud y permanecen nítidas en la madurez de sus treinta y ocho años. El trabajo de Dolores fue perfecto; ha conseguido castrar a Cándido en todo lo que lleva de vida hasta hoy. Pero hoy es el gran día. El desentrenado Cándido está resuelto a desembarazarse de todos los tabúes, a sacudirse los fantasmas que lo atenazan y, ¡cómo no!, a deshacerse de las telarañas que en su aparato reproductor se han producido a causa de tantos años de inactividad sexual.
Cándido es un volcán, y se siente próximo a que erupcione violentamente el magma ardiente que acumula en sus profundidades. Necesita una válvula de escape para no reventar y esta noche es la oportunidad para que se lleve a cabo la gran explosión. “Ahora o nunca”.
Sobre las tres de la madrugada Ada, la loba en celo, consigue arrastrarlo por el camino que lleva directamente a la cópula. Después del consabido: “¿en tu casa o en la mía?”, se deciden por el recién estrenado apartamento de él y entre inacabables toqueteos y manipulaciones, que a punto están de provocar un accidente vial con el auto de tercera mano que el galán conduce, consiguen llegar sanos y salvos hasta la guarida de él.
Comiéndose como depredadores suben en el ascensor hasta el tercer piso. Cándido saca la llave después de rebuscar en su bolsillo, sorteando el incómodo estorbo de su pene inflamado y por fin, sin ruido delator, sigilosamente para no alertar al vecindario, abre la puerta de su apartamento.
La pareja accede al interior enzarzándose violentamente en un forcejeo desesperado para conseguir desvestir uno al otro. Atraviesan las estancias hasta llegar al dormitorio sin dejar un segundo su febril actividad. Cuando llegan a la puerta del lecho donde se presume la fornicación quedan paralizados por un rugido que proviene de su interior. Ada mira a su amante, asustada, creyendo que al otro lado de la puerta hay algún animal peligroso; un Doberman, por ejemplo, de afilados colmillos y malas intenciones. Cándido la mira a ella con cara de estupor, espantado, sabiendo que no tiene ninguna fiera en casa.
Los salvajes rugidos van en aumento, parece que lo que está al otro lado quiere intimidarles, impedirles que accedan a su guarida. Cándido toma la decisión de armarse de valor, y de algo más contundente, por lo que toma lo primero que encuentra a mano; un paraguas que cuelga de una percha en la pared del pasillo. Ya sea por merecer a los ojos de la hembra, ya porque no está dispuesto a desaprovechar la única ocasión clara que se le ha presentado en su vida o todo ello junto en un cóctel explosivo, da una tremenda patada a la puerta y entra como un huracán. La penumbra del dormitorio le deja ver una figura humana que se mueve torpemente sobre la cama. Cándido se abalanza sobre la presa sin pensarlo dos veces y le asesta tal garrotazo en plena frente que cae pesadamente hacia atrás quedando semi erguida contra la pared de la cabecera.

Rápidamente alcanza el interruptor de la luz y no tiene más remedio que echarse las manos a la cabeza al descubrir a su propia madre. Un reguero de sangre corretea a paso ligero en dirección al ombligo sorteando los pechos desnudos y bajando por el canalillo.
— ¡Madre!—grita espantado Cándido— ¿Qué he hecho?
— ¿Madre?—pregunta escandalizada su frustrada amante— ¿Pero qué hace aquí tu madre? ¡Y desnuda!¿A qué jugáis, pervertidos?
—No es lo que parece. Esto…no…
— ¡Ahí te quedas, degenerado!, ¡tu mismísima madre esperándote desnuda en la cama!
Quiero salir de aquí—dice Ada al tiempo que sale atropelladamente, abandonando la patética escena.
Cándido corre a por toallas con las que frenar el reguero de sangre de su madre. Cuando vuelve del cuarto de baño la encuentra incorporada, su aspecto es amenazador.
— ¿Estás bien madre?—pregunta tranquilizado al comprobar que no la ha dejado en coma.
— ¿Bien?, ¡me vas a matar, sinvergüenza! ¿Es así como me pagas los desvelos que tengo por ti?
— ¿Pero qué hacías en mi apartamento, en mi cama? ¿Quién te dio una llave de mi vivienda?—pregunta Cándido con desconcierto e indignación.
—Una madre de verdad sabe siempre lo que debe y lo que no debe hacer; que te quede claro. Hice una copia el día que me las dejaste para venir a limpiar, ¡para eso sí, claro!, para que te sirva soy buena, pero para vivir juntos, como Dios manda, no, ¿verdad? Pues que sepas que con toda la buena fe del mundo me he dicho:”pobrecillo, como es fin de semana y está solo, habrá salido con sus amigotes, volverá tarde y hace un frío de justicia…voy a ir a su casa y le calentaré la cama para que cuando llegue no la encuentre helada”. ¡Y mira el pago que he recibido por ser buena!
Cándido no dice nada, se da media vuelta y dirige sus pasos hasta la calle. Deambula como sonámbulo por paseos y avenidas hasta localizar el letrero de neón que busca: “Katy´s club”
Una vez en su interior da una ojeada rápida a la sala y cuando ha localizado a la mujer de más edad y con el culo más gordo que puede encontrar, se acerca a ella y dice con decisión, seguro de sí mismo: “Tira para arriba que vengo de urgencia”.

1 comentario:

Monelle/Carmen (Coeditora Soterrània) dijo...

Fantástico también, pero se notan las diferencias y los guiños de la forma de escribir de cada uno de vosotros. Me gusto también mucho. Felicidades.
Carmen