domingo, 19 de octubre de 2008

Aullidos





El hombre, visiblemente irritado, cierra con violencia la puerta al salir al balcón de su vivienda. Mira hacia la calle mientras masculla entre dientes: “un día voy a cometer una locura”, “me tiene harto”.
Luego toma un cigarrillo y lo enciende con intención de calmarse. Es casi de noche y no hay transeúntes. Ningún sonido callejero.
Fuma compulsivamente, sin saborear, por rutina.
Llama su atención el lastimero aullido de un perro y agudiza el oído para averiguar la dirección de su procedencia. El perro, incansable, continúa aullando como si emitiera una llamada de socorro.
Sus tonos agudos hieren el oído del hombre aumentando su estado de excitación.Ya lo ve; cerca, en otro bloque de viviendas, en un segundo piso de altura, está el animal. El hombre concentra la mirada y descubre el motivo de sus lamentos; está atado con una correa a la baranda del balcón y la han tensado tanto que está casi de puntillas sobre sus patas traseras y sin poder moverse.
El observador se pone furioso y no lo piensa dos veces, entra en su vivienda y segundos después está en la calle en dirección al perro.
Cuando llega al domicilio llama al interfono del 2º piso:
—¿Sí?, ¿quién es? —responde una voz masculina que recuerda a un dogo.
—¿Es usted el propietario del perro del balcón? —le pregunta con decisión el entrometido.
—Sí, ¿qué pasa?—¿Qué pasa?, ¡que no tienes vergüenza, hombre!, ¿cómo tienes al animal en esas condiciones? —le recrimina casi ladrando.
—Pero…oiga; ¿usted quien es? —pregunta desconcertado el propietario del perro.
—Da igual quien sea yo, lo que tienes que hacer es soltar al pobre chucho y que pueda respirar; no torturarlo de esa manera.
—Pero… ¿Y a usted que le importa? —responde el del piso comenzando a indignarse.
—¿Qué me importa?, asómate al balcón y te diré lo que me importa, ¡verdugo!Furioso, el otro corre hasta el balcón y apoyándose en la baranda, dice con medio cuerpo en el vacío y enseñando los dientes:
—¿Qué me vas a decir?, ¡chulo, que no eres más que un chulo!, ¡con mi perro hago lo que me da la gana!
—¡Tú lo que eres un pedazo de cabrón! ¿No te da nada tener al animal medio ahorcado? —dice el de abajo sin intimidarse.
—¡Y a ti qué mierda te importa, imbécil! ¡Como baje a la calle te parto la cara! —responde el de arriba clavando la mirada en su oponente y babeando.
—¡Baja, hombre, baja que te voy a poner la cara como un mapa, pedazo de cornudo! —contesta retador el otro apretando los caninos.
Los estridentes aullidos a tres bandas amortiguan el sonido del motor de un coche policial que se acerca y para a unos metros del que está en la calle.
El del balcón calla y mira sorprendido al policía, que sale del vehículo y llama al que vocifera y gesticula.
—¡Oiga, es a usted!
El otro se vuelve y responde:
—¿A mí?, ¿qué ocurre?
—Acérquese hasta aquí —le ordena el agente de la ley con voz severa y acompañada de un sordo rugido.
—¡Qué cabrón, ha llamado a la policía! —murmura para sí, agachando las orejas, mientras se dirige al vehículo para ver que sucede.
Al llegar, el policía abre la puerta de atrás del coche patrulla al tiempo que le pregunta:
—¿Es usted el esposo de esta señora?
El hombre se queda petrificado cuando ve a su mujer sentada en la parte de atrás. Ella tiene el rostro desfigurado; un hematoma violáceo le impide abrir un ojo. Además, el labio inferior está hinchado excesivamente y partido.
—Acompáñenos a Comisaría —le ordena con rabia el policía.


FIN

© Andrés Hernéndez (anhermart)

1 comentario:

Monelle/Carmen (Coeditora Soterrània) dijo...

No esperaba ese final. Aunque imagino que así hay muchos, por fuera apariencias y luego en casa hacen lo que les sale de los testítulos. Por desgracia es un mal difícil de atajar. Me gustó.
Saludos.
Carmen