lunes, 29 de septiembre de 2008

No hasta mi boda






“¡Otra vez la dichosa bombilla de mierda!”. Nuriel maldecía con rabia cada vez que trataba de bajar al sótano y no tenía otro remedio que desandar sus pasos e ir hasta la cocina en busca de una vela. Tal vez fuera la abundante humedad del oscuro sótano, pero el caso era que la bombilla de cuarenta watios, que medio lo iluminaba, tenía que reponerse con demasiada frecuencia.
Estaba harta de aquella situación. Cansada de retirar inmundicias, de vivir con aquel secreto aparentando normalidad, fingiendo ante su prometido la terrible realidad a la que había llegado, desde que un día descubrió los sucios manejos de su madre con los muchachos que ella había llevado a casa en aquellos años de juventud.
Se felicitó a sí misma al pensar que todo se acabaría en pocas semanas. En cuanto se casara con Pablo liberaría a su madre del cautiverio y emprendería una verdadera vida sin sobresaltos, sin tener a su cargo nada más que a su “marido”. Cuando se cumpliera su objetivo de llegar hasta el altar todo cambiaría por fin.
Sacó una vela de uno de los cajones de los armarios de cocina, le prendió fuego a la mecha y fue hasta la escalera del sótano con otra bombilla de repuesto.
— ¿Eres tú Nuriel?—una débil voz se escuchó desde un rincón.
— ¿Quién si no, madre?—respondió Nuriel con evidente fastidio en el tono de su voz.
— ¿Ya?
— ¿Ya, qué? ¿Ya te traigo la comida, ya vengo a recoger tu mierda?
— ¿Ha llegado el día de tu boda?—preguntó esperanzada su madre.
—No, aún no. Ya faltan sólo dos semanas. No te viene de ahí después de cinco años, ¿no crees?—respondió Nuriel maliciosamente remarcando los “cinco años”— Ten paciencia y no me lo preguntes cada día, ya te avisaré en su momento.
Bajó los escalones y guiada por la escasa luz de la vela llegó al centro del habitáculo en donde, sobre su cabeza, colgaba el portalámparas. El resplandor de la llama apenas dejaba distinguir un bulto humano que, recostado, yacía en uno de los rincones sobre un camastro.
La madre de Nuriel se incorporó, primero sujetándose en el borde de la cama, para luego erguirse hasta posicionarse de pie. La cadena que la sujetaba del cuello se tensó al dar el primer paso al frente quedando la argolla de la pared en posición horizontal.
Nuriel manipuló en el portalámparas hasta hacer el cambio de la bombilla fundida por otra en buen estado. Luego se acercó a su madre ordenándole que se retirara hacia atrás para pasar al fondo del rincón en donde estaba el cubo en el que la cautiva hacía sus necesidades. Estaba vacío. Cerca, sobre una pequeña mesita, estaba el plato de comida servido la noche anterior, permanecía intacto.
— ¿No cenaste anoche, verdad?—preguntó asegurando Nuriel.
— No tenía hambre. Mejor para ti, así no tendrás que vaciar el cubo—respondió su madre con desgana.
—No te hagas la mártir, sabes que me revienta que te pongas en plan lastimero. Todo lo que te ocurre no es más que culpa tuya. Me has hecho desgraciada desde que era una niña. Nunca te preocupaste de mí, sólo vivías para tus caprichos, para tu belleza. Yo no era más que un estorbo. Has conseguido que me convierta en un monstruo. Todo es culpa tuya y nada más que tuya. Ni siquiera puedo culpar a mi padre ya que nunca lo he conocido, gracias a ti.
Su madre intentó protestar o justificarse por la ausencia del padre huido pero Nuriel no le dio oportunidad de hacerlo.
Dio por terminada la conversación y salió apresuradamente del sótano hasta ir al salón de la primera planta, donde se dejó caer en el sillón frente al televisor apagado.
Por enésima vez volvieron a su memoria antiguos recuerdos:
Una tarde volvió a casa antes de lo que su madre la esperaba. Habían anulado una clase de informática debido a la ausencia del profesor, por motivos personales, en la academia donde estudiaba administración.
Llegó contenta porque podría verse antes con Dani, un joven con el que desde hacía seis meses mantenía relaciones de pareja. Pensó en llegar a casa, ponerse guapa y sorprenderlo a la puerta del establecimiento en el que trabajaba, a la salida de su jornada.
Cuando entró en la vivienda le sorprendió oír las risas de su madre que procedían de un cuarto del piso de arriba. Se acercó curiosa por descubrir el motivo de tanta alegría y al abrir la puerta quedó horrorizada: su madre y Dani jugueteaban desnudos sobre la cama en pleno acto sexual.
Salió corriendo a la calle. Lloró durante horas deambulando por el laberinto de calles de la ciudad, sin rumbo, desconcertada y sintiéndose humillada, impotente y ultrajada por su propia madre. Luego, a media noche, regresó a su casa. Dani no estaba allí. Su madre, con la cabeza sujeta por sus manos y los codos apoyados en las rodillas, la esperaba en el salón. No dijo nada, ni siquiera gritó cuando Nuriel, con la furia de un demonio, le golpeaba una y otra vez hasta dejarla inconsciente y brutalmente magullada.
Después de descargar toda su furia contra los muebles y puertas de la casa fue hasta el cuerpo de su madre, inerte en el suelo, y lo arrastró sin contemplaciones hasta el sótano. Una vez allí, buscó una cadena entre los trastos viejos que se acumulaban por todas partes y después de darle una vuelta alrededor del cuello, la aseguró con un candado para a continuación hacer lo mismo con el otro extremo en una argolla que colgaba de la pared.
No tuvo compasión de las súplicas de su madre. Actuó convencida de que le asistía la razón, no era consciente de que en realidad la había perdido.
Dani no apareció nunca más.
¡Había ocurrido otra vez!
No era justo. No. Antes de Dani fue Jorge. En esa ocasión fue en el cuarto de baño, pero el resultado el mismo.
Estaba claro; su madre era una zorra insaciable y la única manera de evitar que le jodiera la vida era anulándola hasta que consiguiera de nuevo tener una relación normal con un hombre, sin la intromisión de la puta de su madre, y pudiera casarse y ser feliz. Lo que más la destrozó por dentro fue el hecho de llegar a la conclusión de que ninguno de sus amantes fue sincero con ella en sus sentimientos, todos le habían mentido miserablemente para conseguir su fin, que no era ella precisamente. Tuvo que asumir la cruel verdad de que todos ellos no se acercaron a ella si no con la intención de llegar hasta su madre, que era el objetivo que perseguían.
Supo que nunca fueron hasta ella atraídos por sus encantos y eso la desequilibró emocionalmente, más si cabe con el añadido de que la culpable de su desgracia fuera su propia madre y su poder de seducción con los hombres debido a su gran belleza como mujer.
Nuriel se sabía poco atractiva para los hombres, era grandota, con sobrepeso y su físico carecía del gancho suficiente para atraerlos voluntariamente. Era ella siempre quien tenía que dar el primer paso, convencer al joven de turno para iniciar una relación. Eso hizo que cada año que pasara sus expectativas de contraer matrimonio, que era su obsesión, fueran decreciendo por lo que bajó el listón de exigencia año tras año. Su actual pareja era Pablo, un muchacho de veintiocho años, dos menos que ella, con una pequeña pero clara minusvalía en sus piernas, desde la infancia, que le obligaba a usar muletas. De todas maneras la pareja era feliz, se querían y estaban ya a escasos días de contraer matrimonio e irse a vivir a la casa de los padres de él en una segunda planta del edificio, construida expresamente para ese fin.
Sólo tenía que esperar dos semanas y todo acabaría. Nuriel estaba totalmente convencida de que llegado el momento de liberar a su madre, ella no la denunciaría pues de sobras se sabía culpable de todo el daño que le hizo a lo largo de su vida. Para que el plan tuviera éxito y no se enturbiara la convivencia con su futuro esposo tramó una táctica bien estudiada; siempre le dijo a Pablo que su madre la había abandonado hacía años, que tuvo que apañárselas para sobrevivir sola desde que era casi una adolescente. Una vez su madre estuviera libre y repuesta de su largo y brutal cautiverio, pasados unos meses, un día aparecería de nuevo pidiendo perdón a su hija e instalándose otra vez en su casa, pero con la severa advertencia de Nuriel de que sus relaciones no serían nunca fluidas ni familiares, de que la distancia entre ella y su esposo sería para siempre lo más amplia posible como para resultar imposible confraternizar.
La madre de Nuriel aceptó el trato sin condiciones, no estaba en situación de hacer otra cosa.
Por fin llegó el día señalado y todo transcurrió conforme a los planes de la pareja. Ya estaban casados; Nuriel había conseguido al fin su sueño de casarse con un hombre que la quisiera por sí misma.
Al día siguiente de su boda salieron de viaje de novios a algún lugar del Caribe, se trataba de una estancia de siete días en un complejo hotelero de vistas paradisíacas y con toda clase de lujos.
No consiguió encontrar antes de su marcha ninguna excusa creíble para acercarse hasta su casa y cumplir con el trato de liberar a su madre por lo que no tuvo más remedio que dejarlo para la vuelta. “A estas alturas no viene de siete días. Sabrá apañárselas ella sola durante una semana, ya está acostumbrada”, pensó sin darle excesiva importancia al hecho.
Fue una semana maravillosa para la pareja de recién casados, pero como todo tiene su tiempo tomaron apenados el avión de vuelta y en pocas horas estaban de nuevo en su recién estrenado hogar.
Nuriel, al día siguiente encontró una excusa, creíble en esa ocasión, para ir hasta la casa de su madre y acabar de una vez por todas con el asunto.
Aún guardaba su llave de soltera. Entró y sin más preámbulo se dirigió al sótano. Accionó el interruptor de la luz y milagrosamente se encendió la bombilla. No había bajado más de tres escalones cuando comprendió la tragedia que se le venía encima; su madre estaba inmóvil, los brazos colgando a sus costados. Sus rodillas no llegaban a tocar el suelo por dos centímetros y la lengua, fuera de su boca, le colgaba hasta el mentón. Para no errar en su propósito, su madre, había retirado el camastro de la pared todo lo que la largura de la cadena le permitió, para luego dejarse caer hacia el suelo con todas sus fuerzas. No erró en sus cálculos.

Aquello era inesperado, lo cambiaba todo por completo el hecho de que su madre estuviera muerta. Sin duda alguna estaba condenada a pasar el resto de sus días en la cárcel. Precisamente ahora que era libre, por fin, le esperaba un futuro terrible, en cautividad.
Tenía que pensar en algo a toda prisa.

Frente a ella, en la pared opuesta, colgaba un serrucho de grandes proporciones de los que se usan para seccionar troncos de leña. La imagen de la chimenea, que adornaba el salón de la primera planta, se definió con toda claridad dentro de su cabeza.

2 comentarios:

Monelle/Carmen (Coeditora Soterrània) dijo...

Espeluznante relato. Cierto es lo que cuenta Manel, la ficción siempre suele ser más cruda que la realidad, todos los días encontramos noticias aterradoras que nos hacen pensar si hemos evolucionado o todo lo contrario. Me gustó la fluidez y el ritmo de la narración. Felicidades.
Besos.
Carmen

Sonia Antonella dijo...

He seguido muy entusiasmada tu obra y debo decir que me ha gustado mucho la forma de como relatas. Logras que el lector se adentre a tus tramas.
Es el tuyo un relato tenebroso. El final de este relato como que estuvo algo flojin, sin embargo dejaste algo para la imaginación. Sinceramente creo que debes continuarlo...Esa chica por venganza hacia su madre se convirtió en una maniática…uhmmmmmmm


Piacere!

Sonia