domingo, 26 de octubre de 2008

Dígaselo con rosas








Un hombre de edad madura entra en una floristería.
La dependienta, una joven muy agraciada y simpática, le atiende rápidamente.
—Buenos días ¿Qué desea?
—Morirme— responde el cliente con aire de amargado.
—¿Cómo dice?
—No, nada; cosas mías… ¡pero en fin, no quiero aburrirla con mis problemas!
La joven siente ternura por el desdichado y trata de ser amable:
—¿Un desengaño?
—Ha dado en el clavo —responde sorprendido él.
—No es el primero, créame. La experiencia me dice, nada más ver entrar a un señor de su edad, lo que viene a buscar.
—¿Ah si? ¿Y que es lo que suele aconsejar en estos casos?
—Bueno, verá; usted quiere merecer a los ojos de su pareja porque están atravesando una crisis ¿no es así?
—¡Cierto! ¡Parece más una adivina que una vendedora de flores! Creo que estoy en buenas manos ¿Cómo cree que le impresionaré más? Dígame.
—Si es una persona razonablemente sensible, creo que esto le hará efecto —le dice dirigiéndose a un ramo de rosas exquisitamente elegidas—, sólo le costarán ciento cincuenta euros.
—No me importa el precio, le haré caso y eso es lo que me llevaré. Adórnelas lo mejor posible y las prepara para enviar a domicilio.
—Yo creía que eran para llevarlas personalmente. Hacen más efecto si son entregadas en mano, se lo aseguro.
—¿Lo sabe por experiencia propia también?
—No, mire; en eso tengo suerte. Mi novio no se ha visto obligado a regalarme flores por ese motivo, en el medio año que lo conozco. Nuestra relación es maravillosa. Es un ser encantador, tierno, sensible…tengo una suerte enorme con él. Nunca me ha dado motivos para enfadarme, ni para dudar de su fidelidad.
—Así estaba yo, ¡todo era felicidad!, me sentía correspondido, halagado… ¡una maravilla de relación!, hasta que, de la noche a la mañana, sin saber porqué, comienzo a notar que lo nuestro se enfría. Pero no por mí, ¡no!
—¿Otra persona? —pregunta la chica apenada.
—Creo que sí. De un tiempo a esta parte -meses tal vez- ya no es igual; está distante, de mal humor, se enfada por cualquier tontería…no sé, veo que quiere cortar, se lo noto en la mirada, en su falta de sinceridad…
—No hay comunicación —añade la floristera.
—¡Exacto!, antes nos lo contábamos todo, éramos uno. Pero ahora me esquiva, rechaza mis besos. Es como si le repeliera mi contacto.
—¿No hay sexo? —se atreve a preguntar ella, dado el cariz intimo que va tomando la conversación.
—Muy poco, casi inexistente.
—Eso hay que solucionarlo ya, aún están a tiempo. Con estas flores, delicadeza y una buena conversación, seguro que se arregla. ¡Animo!, ya verá como solo se trata de una crisis pasajera, no le de más vueltas. Verá como se rinde al final si de verdad le quiere.
—Dios le oiga, porque yo no me imagino una ruptura, no podría soportarlo. Hace un mes que no nos vemos, no contesta a mis llamadas, estoy desesperado.
—¿No viven juntos?
—¡No, no!, somos novios, pero no vivimos juntos aún, no se decide del todo y yo creo que es por la edad.
—¿Qué tiene que ver la edad si se quieren?
—Es que yo le llevo veinticinco años ¿sabe?, yo tengo cincuenta.
—Sin duda la diferencia es grande, pero cuando hay verdadero amor no es obstáculo para nada.
—Eso pienso yo. ¡En fin, no me haga caso!, me pongo muy sentimental y cargo a los demás con mis problemas, es usted muy amable y muy comprensiva para la edad que tiene. Ya me las arreglaré de alguna manera.
—¡Que suerte tenemos algunas personas de ser tan queridas por gente tan sensible como usted!
—Pero hay quien no lo sabe apreciar como debiera. —se lamenta el enamorado con tristeza.
—Y que lo diga, así va el mundo —le consuela la muchacha soltando un suspiro al final de la frase.
El hombre saca una tarjeta de visita, la apoya en el mostrador y pide un bolígrafo a la chica. En la parte posterior, donde la tarjeta está en blanco, escribe con pulso tembloroso por la emoción el nombre y dirección de destino del ramo. A continuación hace efectivo el importe del pedido y tras agradecer a la dependienta sus amables palabras se dirige hacia la calle. Camina alicaído, triste.
—¡Espere ahí! —le grita colérica la muchacha.
Él, a punto de abrir ya la puerta, se queda clavado al oír la voz autoritaria. Antes de que pueda reaccionar se le viene encima la joven y le pega una bofetada en todo el rostro que lo hace tambalear.
—¿Jorge Álvarez García? ¿De la calle Serrano, 42 -1ª?-le pregunta, tarjeta en mano.
—Sí, es él, ¿pero…?
Antes de terminar la pregunta, el hombre recibe otra tremenda bofetada en el otro carrillo.
—¡Vete de aquí, maricón de mierda! ¡Ese es mi novio, hijo de puta!
El enamorado sale de la tienda dando trompicones, despavorido.

1 comentario:

Monelle/Carmen dijo...

Jajaja me encantó. Divertido ese final, le va bien a la historia. La de vueltas que da la vida. Este tipo debe ser gafe, de todas las floristerías de la ciudad ha tenido que parar precisamente a esa. Felicidades.
Carmen