martes, 9 de noviembre de 2010

Penélope





Como cada domingo, después de las diez de la mañana, Penélope sale de su casa con el mismo propósito desde hace más de treinta años. Con el paso del tiempo su indumentaria ha cambiado, pero no su deseo. Ya no utiliza aquel bolso tan anticuado de piel marrón. Ha cambiado sus zapatos de tacón de su juventud por mocasines de suela blanda y cómoda. Tiene las sienes plateadas por las canas y sus facciones se han relajado por efecto de los años aunque trata de conservar algo de todo aquello que hizo enamorar a un hombre una vez.

Penélope,
con su bolso de piel marrón
y sus zapatos de tacón
y su vestido de domingo.
Penélope
se sienta en un banco en el andén
y espera que llegue el primer tren
meneando el abanico.


Cada domingo, y durante toda una mañana, va hasta la estación a ver pasar los trenes. El viejo banco de madera de pino de color verde ya no está; aquel que fue mudo testigo de palabras dulces que aún resuenan en sus oídos como música.
Ya no usa abanico, sus calores se apaciguaron como se diluye una brasa consumiéndose en sí misma; víctima de su propio fuego.

Dicen en el pueblo
que un caminante paró
su reloj
una tarde de primavera.
"Adiós amor mío
no me llores, volveré
antes que
de los sauces caigan las hojas.
Piensa en mí
volveré a por ti..."


Cuando pasa por la calle Mayor, camino de la estación, las mujeres de su edad comentan, murmuran y se escapa alguna risa contenida. Ella lo sabe pero ha aprendido a superar las burlas, el recuerdo la mantiene digna. Ella sabe que fue amada y que la esperanza nadie se la puede arrebatar.
Esas mujeres comentan que a la pobre la engañó un viajante de comercio que era un calavera sin escrúpulos. Cuando consiguió de ella lo que en realidad buscaba se marchó para no volver jamás.
Penélope entonces era una joven ingenua que cayó en los brazos del desaprensivo, que con toda seguridad tenía su vida en la capital con esposa e hijos.”Ya puede seguir esperando, ya…”

Pobre infeliz
se paró tu reloj infantil
una tarde plomiza de abril
cuando se fue tu amante.
Se marchitó
en tu huerto hasta la última flor.
No hay un sauce en la calle Mayor
para Penélope.


Desde aquel día Penélope perdió esplendor, como si de una flor marchita se tratase . Se encerró en sí misma y no dio ocasión a ningún hombre para que intentara un acercamiento.

Penélope,
tristes a fuerza de esperar,
sus ojos, parecen brillar
si un tren silba a lo lejos.
Penélope
uno tras otro los ve pasar,
mira sus caras, les oye hablar,
para ella son muñecos.


Lo único que da brillo a sus ojos es el aviso del tren cuando se acerca a la estación, cuando escucha el silbido lejano anunciando su acercamiento. Su corazón se desboca siempre escrutando luego a todos y cada uno de los pasajeros que bajan al andén.
Pero no, nunca una cara encaja con la imagen que ella espera, la que tiene grabada en su memoria. Aquella cara sonriente, hermosa que le dijo: “volveré antes que de los sauces caigan las hojas”.
Nunca un sobresalto por algún parecido, el ansiado rostro de su amante cuando la última vez que lo vio le decía casi con lágrimas en los ojos:” Adiós amor mío, no me llores…”no tiene igual, lo reconocería entre un millar.

Dicen en el pueblo
que el caminante volvió.
La encontró
en su banco de pino verde.
La llamó: "Penélope
mi amante fiel, mi paz,
deja ya
de tejer sueños en tu mente,
mírame,
soy tu amor, regresé".


En el pueblo corre el rumor de que el amante ya estuvo allí hace algún tiempo. Varios años. Volvió y ella no lo reconoció. Penélope lo niega, dice que ese hombre era el autor del poema en el que ella vive encadenada desde siempre y que en contra de sus súplicas él no consintió en cambiar su rol , esa fue su inspiración y así quedaría para siempre. Penélope dice que le espera por si en otra ocasión consigue ablandarlo y así la libere de su destino, ya es demasiado vieja para ir a la estación todos los domingos, ya no tiene fuerzas para esperar más.

Le sonrió
con los ojos llenitos de ayer,
no era así su cara ni su piel.
"Tú no eres quien yo espero".
Y se quedó
con el bolso de piel marrón
y sus zapatitos de tacón
sentada en la estación.

9 comentarios:

Lluís dijo...

Un poco triste el tema, pero los cantantes y escritores teneis que recorrer todos los aspectos que dá de si la naturaleza humana, también las miserias y los errores, y sacarlos a relucir.

Se puede tomar como metáfora de que nos basamos habitualmente en ideas de las cosas que las hemos creado nosotros, y por eso cuando vemos la realidad siempre es distinta a la que esperábamos.

Y también otro error común, que esas ideas són relativas a un momento, y el paso del tiempo ninguna lo resiste.

Lo que está claro es que su apellido no es "Cruz", a ésta no le pasaría.

Anhermart dijo...

Lluís:
La otra Penélope (que seguro que lleva ese nombre porque sus padres se enamoraron al son de la canción de Serrat) hace ya mucho que tomó el tren de su destino, no la veo yo esperando en el andén a un amante del tres al cuarto.
Gracias por comentar.

fonsilleda dijo...

Don Andrés (creo que con creces mereces el título), me ha encantado la historia que has tejido a lo largo de la canción de Serrat, que, en realidad, no has inventado porque estaba ahí, pero lo importante, es que le has puesto un precioso marco de nostalgia, años, tristeza y realismo. La has redondeado y engrandecido.
Me ha gustado mucho y me he encontrado mirando el banco de pino en aquel andén lleno, en el fondo, de esperanza.
Bicos y aplausos.

apm dijo...

!Pero que bonito Andrés!... me ha encantao ir leyendo el relato mientras intercalabas la canción de Serrat, a mí me encanta Serrat, pero esta canción siempre me pareció tristisima, injustisima también, y siempre que la escuchaba me asaltaba un sentimiento de empatía de género del tipo !pero mujer, anda y que le den, olvidalo y buscate a otro!, ahora, al leer las estrofas de la canción desgranadas en trocitos de relato, mi sentimiento, te confieso ha sido más que nada de ternura, de muchísima ternura... y me ha encantao... me ha encantao.
Por cierto, mi canción favorita de Serrat, es Mediterraneo y Paraules d´amor (fifty-fifty).

Un besote regordísimo

Anhermart dijo...

apm:
Siempre me ha inquietado la figura de esa pobre mujer esperando en la estación al amor que no llega. No he tenido más remedio que, al final, cambiar su rol en la historia; la he liberado de ese personaje perdedor, ahora seguirá en la estación(porque no voy a desautorizar al genial Serrat) pero lo que ahora desea es encontrarse con el autor (como personaje suyo que es)y pedirle que la libere del todo, y para siempre, ya que hace mucho que no piensa en su desagradecido amor del pasado.
Es el poder de la literatura; podemos crear y modificar historias de ficción con personajes imaginarios pero que, como en la obra de Pirandelo,tienen vida propia.
Ahora Penélope también es algo mío.
Un abrazo.

Anhermart dijo...

fonsilleda:
Me alegra enormemente tu comentario, que te haya gustado esta composición tan extravagante sobre una canción ya hecha.
Gracias.

Sonia Antonella dijo...

Sorprendida me ha dejado este tu texto, amigo.

Precioso y nostálgico sin duda.Hace poco tuve un encuentro con una Penélope yo también. ;)


besitossssssssssss
soni

dijo...

Todos somos un poco Penélope, Andrés...mitad estación, mitad nostalgia..

Un beso, me ha gustado mucho descubrir tu blog :)

Anhermart dijo...

Ló:
Es cierto, siempre esperando un imposible, pero ahí; en la estación de la esperanza, sin rendirnos.
Bienvenida a mi Blog.
Un beso.