miércoles, 28 de octubre de 2009

Fú, el pájaro solitario.










Desde que el indefinible pájaro Fú alzó el vuelo por primera vez en su vida, nunca más volvió atrás. Se hizo fuerte en su lucha contra el viento. Ganó la batalla a la gravedad, desechó por obsoletas muchas de las pautas aprendidas sobre aerodinámica y su valentía, curiosidad innata y deseo de conocimiento le llevó lejos, muy lejos.

Alto, muy alto.

Su afán por superarse consumía casi la totalidad de su tiempo. Solo pensaba en volar y volar. Nada era para él más importante.
Creía en él mimo y no renunciaba a lo que hasta ese momento había conseguido; llegar más allá que la inmensa mayoría de sus iguales.

Fú consiguió, con voluntad férrea, convertirse en autodidacta. Hizo descubrimientos sorprendentes arriesgando al salirse de la norma y experimentando según le imponía su intuición, por lo que el resultado fue conseguir una rica creatividad que asombraría a muchos dada su original manera de moverse en el aire. Creó escuela y fueron legión los que trataron de emularle.

Pero en ocasiones tomaba conciencia de su situación descubriendo que estaba solo. Cuando caía en la cuenta de que no pertenecía a ningún colectivo, clan o familia le embargaba cierta tristeza, pero jamás desandaba el camino. Siempre hacia delante; nuevas tierras, nuevos horizontes, espacios diferentes para explorar.

Un día, algo cansado de errar por territorios nuevos decidió que por un tiempo no le iría mal asentarse en algún lugar en donde tuviera contacto con sus semejantes. Le apetecía convivir, arrinconar durante un tiempo su soledad, meditar sobre su vida y tomar nuevos rumbos después con renovadas energías.

Una mañana, desde la altura, divisó un espléndido árbol en una llanura verde, hermosa, muy atractiva. No dudó en bajar en picado por la curiosidad que le produjo el número incontable de ojos que le observaban.

Cuando llegó a ras de suelo comprobó que era una comunidad de búhos. Aunque extraño entre ellos, ya que su figura, plumaje y todo en él hacía evidente que no era uno de los suyos, no tuvo ninguna resistencia por parte del numeroso grupo para integrarse como uno más.

Le hicieron un hueco y le animaron a compartir sus conocimientos sobre la novedosa forma de vuelo que había logrado crear por sí mismo.

Era una colectividad con muchas ganas, muy ilusionada pero de escasos recursos ya que la mayoría de ellos carecían de esa chispa que distingue a los verdaderamente diferentes. No obstante estaban dispuestos a compartir sus ideas con el recién llegado Fú.

En muy poco tiempo se convirtió en un referente imprescindible de quien absorber técnicas innovadoras de vuelo, abrió a muchos el camino de la imaginación que tenían adormecida por la rutina de unas normas encorsetadas que no les dejaba libertad de acción.

Fú fue capaz de romper las barreras mentales que aquellos búhos habían adquirido en sus años de aprendizaje y que limitaban sus movimientos. Él hizo que muchos le emularan y dieran el paso hacia alturas que nunca estuvieron a su alcance.

Los búhos llegaron a admirarlo de tal manera que corrieron la voz por la comarca sobre sus atractivas artes y la curiosidad hizo que muchos pájaros de diferentes plumajes y colores se acercaran a conocer más a fondo de qué trataban.

Una de las aves que más entusiasmo demostró por sus enseñanzas era un pájaro de vistoso plumaje, alas de dimensiones y colorido fantásticos. Se llamaba Fá y aunque hasta ese momento se había mantenido casi siempre sin alzar el vuelo a más de tres meteos del suelo, lo necesario para llegar a su árbol, era diferente dado a su destacada inteligencia. Fá no tardó mucho en convertirse en el seguidor número uno del nuevo inquilino en el árbol de los búhos.

Fú vio en él la fuerza precisa que hay que tener para conseguir gestas que parecen inalcanzables pero que los que son como él llegan a conseguir sin duda alguna al final de su camino. Fá tenía lo necesario; ilusión. Le recordaba a sí mismo en sus inicios y fue por ese motivo que no dudó en enseñarle todo lo que sabía.

El pupilo prometía, sin duda, y no tardó mucho en acompañar a Fú en sus vuelos imitando, asimilando cada movimiento, cada pirueta. Era muy aplicado en el estudio, metódico, y Fú se sorprendía positivamente de cómo avanzaba en su aprendizaje. Había escogido bien al hacerlo depositario de su sabiduría.

Pero lo que no sospechaba Fú era la ambición desmedida, el afán de protagonismo que en realidad subyacía bajo aquella capa superficial de admiración que aparentaba hacia su instructor.

Cuando Fú fue consciente de la evolución meteórica de su incondicional seguidor, éste se le había escapado ya de las manos. Fá, de pronto, se creyó un maestro y comenzó a repartir a diestro y siniestro sus recién aprendidos conocimientos. No dejaba pasar nunca una oportunidad de corregir los movimientos de vuelo de cualquier pájaro que estuviera a su alcance. Viajó muchas veces a territorios lejanos en busca de nueva técnicas que enriquecieran aún más sus nociones de aeronáutica y a partir de ahí entendió que no tenía que aprender más. Todo lo contrario; ¡él tenía mucho que enseñar!

Una vez llegado a este razonamiento se volvió el más crítico censor de quien, hasta entonces, fuera su referente y guía. Todo lo que hacía Fú tenía algo susceptible de ser corregido. Bien mirado, y siempre según él, estaba desfasado, era anárquico, indisciplinado…A Fú empezaban ya a adivinársele las secuelas de los años en la falta de imaginación. Ya no era novedoso, estaba anclado en una forma de hacer caduca. Fú ya no tenía esa frescura de antaño que tanto le atrajo en su momento.

Fá era mejor que él, podía enseñarle muchas cosas que desconocía por su tozudez en adaptarse a los nuevos tiempos. Él era de otra generación más joven y Fú tenía poco ya que aportarle, así que se autoproclamó su supervisor a partir de entonces. Llegó un momento en el que el maestro no podía experimentar nada nuevo si no era antes mostrado al aprendiz para su valoración y visto bueno.

Fá comenzó a rivalizar con su instructor en el número de vuelos efectuados en las seis lunas que llevaban juntos. Se ufanaba al descubrir con el recuento que le aventajaba holgadamente, doblando prácticamente la cantidad del otro.

Un día, se encontraron los dos practicando en las alturas. Se saludaron con recelo, las cosas comenzaban a ir mal entre ambos, y disertaron sobre algunos aspectos a tener en cuenta en los movimientos de alas al elevarse hacia las nubes. Cada uno había desarrollado un sistema de subida, frenado en seco y parada hasta quedar a gran altura a merced de las corrientes para así volar durante un buen trecho y con el consiguiente ahorro de energías.

Fá creyó que era victima de plagio porque la ejecución y el concepto eran idénticos a la teoría que días atrás le explicara él en un momento de intercambio de destrezas.

Fú se enfadó, negándolo tajantemente y alegando que era algo que él había desarrollado por si mismo después de muchos intentos y meditación sobre el asunto, que era una idea suya y que no estaba dispuesto a renunciar a su autoría. Fá se lo censuró repitiéndole que lo de la falta de memoria que descubrió hacía ya tiempo en él le jugó otra mala pasada. Según su teoría, le estaba ocurriendo lo que a la mayoría de pájaros ancianos, que recuerdan con mucha viveza hechos pasados y son incapaces de recordar con claridad el día de ayer. Era como decirle que le acechaba la demencia senil.

Ahí vino la ruptura:

“Decirme eso es insultar a mi inteligencia. ¿Descubres ahora, cuando has aprendido todo lo que sabes, que me fallan las facultades?
Creo que ya estás en condiciones de volar solo, ¿porqué ir juntos a partir de ahora? Al fin y al cabo comencé sin nadie a mi lado y así puedo seguir desde ahora; solo y libre de ataduras”.

A partir de ahí Fú se despidió de la comunidad de los búhos agradeciendo su confianza y hospitalidad, alzó el vuelo y no regresó nunca más.
Adelante, adelante; nunca regresar atrás.

Al principio de la marcha del original pájaro muchos en la comunidad de búhos quedaron algo tristes. Varios de ellos se reunieron un día y llegaron hasta el más anciano para hacerle una pregunta que les tenía inquietos:
“Viejo búho, ¿quién crees tú que es el más sabio, Fú o Fá?
“Ni uno ni otro”, respondió el anciano: “La verdadera sabiduría no es más que saber encubrir inteligentemente nuestra propia ignorancia”.
“Aunque vuelen muy alto nunca dejarán de ser solo pájaros”


4 comentarios:

fonsilleda dijo...

EStupenda la metáfora que nos has traído hoy.
Yo, que siempre digo de mi misma que soy "ni fu ni fa", la entiendo plenamente te lo aseguro.
Me ha encantado leer el espléndido texto. Y, creo que me quedaré en la casa de los buhos.

Anhermart dijo...

Comentario del autor:

Al fin y al cavo solo son pájaros.
Pájaros que quieren volar
Pájaros de pluma ligera
Pájaros a merced del viento.

Al igual que cuando hacemos una caricatura, es necesario exagerar los rasgos para identificar al sujeto y hacerlo reconocible por aquellos matices que más sobresalen en su fisonomía, así es la receta de una metáfora; magnificar los hechos con aditivos que resulten gratos a su lectura como si de paladearlos se tratara.

Carmen Rosa dijo...

Muy buena historia, la disfruté, pese a que yo pienso también que quizás para leerla en pantalla es un poco larga se hace amena y ligera. Muy buena la situación y lo significa para poderla traer a nuestro entorno. Felicidades, Andrés. Un gustazo leerte siempre.
Besos.
Carmen

HERMES dijo...

Me a encantado esta historia el superarse constantemente
el poder demostrar ha los demás
el que te valoren tu conocimientos
lo que jode que te superen
la soledad
que te admitan en un grupo
enseñar a los demás y mas detalles que aportas.
Al principio de la lectura me estaba confundiendo de pájaro,me estaba acordando de uno que impartía sus conocimientos por un lugar llamado "NAZARET".