lunes, 31 de agosto de 2009

La llave de la libertad




El atento padre, hombre muy ocupado , da un beso en la mejilla a su pequeño de diez años deseándole felices sueños. Cuando está a punto de salir del cuarto infantil escucha: “No apagues la luz Papi, falta el cuento”. “Tranquilo, ahora viene el abuelito”, responde él mientras se dirige al salón en busca de su periódico para seguir leyendo las noticias del día. “Tu turno papá”, dice al abuelo mientras se acomoda en su sofá frente al televisor, diario en mano.
El anciano llega hasta su nieto, se sienta en el borde de la cama, y después de sacar un cuaderno del bolsillo de su batín dice:
—Veamos, hoy te voy a contar un relato muy, muy antiguo. Mi padre me lo leía muchas veces cuando yo era niño. Luego, ya de mayor, decidí escribirlo para que no lo olvidara con el tiempo. Te gustará, es de una época en la que el mundo no era como el que conocemos hoy en día.
—¿El mundo antes era diferente?—pregunta sorprendido el pequeño.
—Así es, aunque te cueste creerlo, en aquel tiempo había un solo continente en la tierra.
—¡Pero si son cinco! , la “profe” dice que hay cinco continentes: Europa, Asia…
—Eso es ahora, hijo, la historia que te voy a contar pasó en un gran, único y extraordinario continente que tenía por nombre Pangea —responde el abuelo con cierto orgullo por sorprender al pequeño con algo fantástico y desconocido para su corta edad.
—¿Y cómo eran las cosas en aquel tiempo tan raro y en aquel país?
—¡Buf!, nada que ver con lo de ahora. Aquello era otra cosa muy distinta. Los seres vivos habían evolucionado durante millones de años de manera muy distinta a la nuestra. Había especies híbridas como por ejemplo las plantas carnívoras que tenían extremidades y se desplazaban por la tierra a su antojo. Fieras de descomunal tamaño y que además eran capaces de comunicarse con lenguaje propio. Seres semi humanos emparentados con reptiles, con insectos e incluso con plantas. Todo ser vivo que existe hoy en nuestro mundo no es más que el resto ínfimo de lo que quedó después de la gran explosión.
—¿Hubo una explosión? ¿Por qué?—el niño, fascinado por el relato del abuelo se impacienta por saber más.
—Sí, la hubo. Un enorme meteorito que surcaba el espacio a gran velocidad se estrelló contra la Tierra. Aquella gigantesca catástrofe dio comienzo a la separación de los continentes, desde entonces no han parado de desplazarse en todas direcciones, se mueven por el inmenso mar como barcos a la deriva, nunca están quietos.
—¿Vamos en un barco gigante, viajando siempre? ¡Qué guay!, no lo sabía, siempre me cuentas cosas muy divertidas. Tú lo sabes todo, abuelo.
—Bueno, todo, todo no. Lo que ocurre es que he leído muchos libros en mi vida, cuando tú seas tan mayor como yo también sabrás muchas cosas. En los libros está todo, ya lo comprobarás si eres aplicado en la lectura.
—Pienso leer muchos libros, ¿me enseñarás cuales son los mejores?
—Ya lo creo, hijo, lo haré. Bien, la historia se desarrolla en un país de nombre tan extraño como Gorgea y en un año imposible de determinar. Era una época parecida a lo que fue en nuestro tiempo la era Medieval, ya sabes; caballeros andantes, castillos, reyes como Arturo, caballos y armaduras…etc. Y todo comenzó un terrible día en el que dos valerosos caballeros se vieron avocados al infortunio por causas ajenas a ellos.


El abuelo abre su cuaderno retirando el punto de lectura y comienza sin más:
“Servano y Darnok, amigos desde la infancia, eran dos caballeros de la corte del rey Minos en la región boscosa de Gurland. Ambos cometieron un grave error al descuidar la custodia de la única hija de su señor.
Camino de palacio, a la vuelta de tierras lejanas, donde fue ésta a conocer al que sería su esposo, un grupo de rebeldes que se escondía en las profundidades de una montaña, raptaron a la princesa para pedir un trueque: la vida de la joven a cambio de la devolución de su jefe, un terrible personaje que diezmaba constantemente a la guardia del rey. Éste, encarcelado en las mazmorras del castillo desde hacía un tiempo, había sido ejecutado por temor a que pudiera fugarse. El intercambio era imposible por lo que al llegar a conocimiento de los proscritos, éstos le hicieron llegar al rey el cadáver de la princesa.
Los dos caballeros fueron hallados en lamentable estado, dados por muertos por sus agresores después del violento enfrentamiento, pero vivos.
La ira del rey se cebó en ellos tomando terribles represalias. Después de días de escarnio y humillación pública, aun con las heridas sangrantes, llamó a los mejores herreros y orfebres del reino para encomendarles una espantosa tarea.
Les ordenó construir dos armaduras iguales, idénticas hasta el último detalle, pero con una peculiaridad; una vez colocada a un hombre era imposible quitársela él mismo. El colérico rey hizo que ideasen un sistema de cierre hermético en todos y cada uno de sus anclajes, con remaches soldados y todo tipo de resortes de seguridad, añadiendo otra crueldad más refinada aún; cada armadura llevaba consigo, en un compartimiento en el interior del casco pectoral, la llave del contrario con la que poder liberarse del cautiverio. A la altura del corazón sobresalía una especie de punta de lanza estriada, de unos pocos centímetros de largura, que, una vez sacada hacia fuera de un fuerte tirón quedaba liberado el resorte que sujetaba un mortal aguijón que se clavaba automáticamente en el pecho del desgraciado, acabando con su vida.
De ésta manera el cruel rey se aseguraba la muerte de uno, o de los dos, de la forma más perversa; a manos de su propio amigo con tal de conseguir su libertad.
Una vez concluido el trabajo de los artesanos ordenó que alejasen a cada caballero a los confines de su reino en direcciones opuestas, para conseguir de esta manera el sufrimiento de ambos mientras durase la búsqueda mutua. Asimismo, envió emisarios a todos los rincones del territorio con un bando para advertir a sus vasallos de la gravedad con que sería castigado cualquier intento de ayuda a los condenados: pena de muerte.

A Servano se le entregó una ballesta, una espada y un caballo─tigre, animal extraordinario de aquel tiempo. A Darnok; espada, cadena con bola de pinchos y caballo─león. Luego fueron abandonados a su suerte sin alimentos ni agua.
Servano permaneció postrado en tierra dos días, desfallecido por el dolor que le ocasionaban las heridas. En todo ese tiempo fue rondado por algunos buitres que esperaban pacientemente a que expirase para aprovechar sus despojos.
En alguna ocasión uno de ellos, desesperado por el hambre, se arriesgó a acercarse resultándole imposible encontrar un resquicio en toda la armadura por donde introducir el pico. Todos los buitres decidieron irse en busca de una presa mas fácil, menos uno que no se dio por vencido y como si de una maldición se tratase siguió después al caballero a cualquier lugar donde se desplazara; siempre describiendo círculos a muchos metros por encima de su cabeza, pero sin perderlo nunca de vista, esperando pacientemente que la codiciada presa fuera suya alguna vez.
Con el paso de los días se estableció una especie de pacto entre hombre y ave de rapiña, de forma enigmática, mágica, de cooperación mutua. En los combates que tuvo que librar el caballero, en su andadura por terrenos desconocidos, con todo tipo de agresores, quedaban siempre suficientes despojos para que el buitre se alimentase. En compensación, éste le ayudaba en muchas ocasiones con ataques inesperados a sus enemigos, dejándolos ciegos con sus garras en una pasada inesperada y criminal.
En cierto modo formaban un buen equipo, pero de todas maneras el buitre no renunciaba a su ansiada presa. El caballero lo sabía pero no le inquietaba.

Darnok fue abandonado en un paraje distinto; pantanoso, muy húmedo, por donde discurrían infinidad de riachuelos formados por el deshielo de las montañas. Como se sabía sin fuerzas optó por atarse fuertemente a un brazo las riendas del caballo y así, si caía al suelo sin conocimiento cuando atravesase un río, podía ser arrastrado por el animal hasta tierra firme y no perecer ahogado por el peso de la armadura, pues ésta le impediría salir a flote.
La idea era buena y horas más tarde le salvó la vida.
Agotado y hambriento, desfalleció y cayó del caballo cuando cruzaba un riachuelo. Aunque poco profundo, era suficiente como para ahogar al jinete. La correa aguantó el peso y el caballo relinchó de dolor apretando las quijadas y acelerando el paso, al tiempo que clavaba con fuerza sus garras, consiguió pisar tierra firme donde quedó al lado del caballero, resoplando y rugiendo.
Cuando despertó, un día después, se hallaba en una inmunda choza propiedad de un extraño ser. Un enano deforme y ligeramente jorobado le miraba a escasos pasos del camastro donde estaba acostado.
El enano quedó gratamente sorprendido al comprobar que su invitado no gritaba horrorizado al verlo y dentro de su corazoncito se encendió una llama. Era como si por fin hubiera encontrado un amigo. Discurrieron los días y la relación mejoró de manera que el ser deforme le contó su trágica historia al caballero. Toda su vida estuvo matando a cualquiera que tuviera la mala fortuna de reírse de él, por lo que su existencia era un continuo vagar por cualquier lado. A partir de ahí decidieron caminar juntos ayudándose mutuamente.
El enano era un gran experto en el manejo de la hoz, instrumento que, según él, servía tanto para segar el trigo como la “mala hierba”.

A partir de aquí comenzaron las aventuras y desventuras de los desgraciados caballeros andantes y sus compañeros. La distancia entre ambos era considerable, a esto se unía el desconocimiento mutuo de la situación del rival, lo que hacía más larga la búsqueda. En su vagar de un lado a otro se vieron mezclados en todo tipo de situaciones de peligro.
De todas formas la acción, el aire libre y el paso del tiempo hicieron que tanto uno como otro consiguiesen reponer su estado físico y aunque prisioneros dentro de sus corazas tenían el vigor de antaño para seguir su búsqueda infatigablemente.

Tanto Darnok como Servano no se planteaban cual sería su actitud en el momento del encuentro, tan solo pensaban y les animaba el deseo de verse libres de su torturador cautiverio. Cuando al fin algún día se produjera ese crucial momento ya verían lo que hacer.
Era tal el deseo de libertad que animaba sus corazones que no desfallecieron nunca en su empeño, y pasaron el resto de sus vidas dedicados al objetivo de encontrar la llave que se la proporcionaría. Yendo de un lado para otro, sorteando todo tipo de peligros y calamidades no advirtieron que día a día sus fuerzas iban mermando por efecto de los años.
Así transcurrió muchísimo tiempo hasta que un día Darnok y Servano coincidieron en su camino. Como nunca habían reflexionado sobre como actuar cuando llegara ese momento crítico, al avistarse ambos en la lejanía, tuvieron un mismo comportamiento y fue el de descabalgar de sus monturas y quedarse inmóviles donde estaban, confundidos, inseguros sobre lo que debían hacer. Fueron conscientes entonces de que la única forma de conseguir ser libres era a causa de la muerte de su antiguo amigo de
la infancia y compañero de batallas y aventuras. Ninguno de los dos quería dar el primer paso hacia la fatalidad. Comprendieron que el antiguo lazo de afectividad que tenían en tiempos gloriosos era superior al deseo de ese momento de liberarse de su prisión de hierro.
En esa situación de desconcierto estaban cuando la tierra entera pareció reventar de pronto. Ambos saltaron despedidos hacia el cielo para caer luego de volar varios metros por encima de sus cabezas. Fue todo muy rápido: el cielo se oscureció como la noche envuelto en un manto de cenizas y los caballeros quedaron tendidos sobre la hierba, aturdidos, sin saber que ocurría. Espantados, se arrastraron uno en dirección del otro, no se sabe con qué intenciones, hasta llegar a tocarse con sus guantes metálicos. Sujetos por sus manos se irguieron sin dejar de observarse minuciosamente a la espera de cualquier movimiento sospechoso.
De nuevo, un segundo temblor, los derribó postrándolos en el suelo.
Quedaron fuertemente aferrados con sus manos sin poder impedir la caída al vacío. La tierra se abrió bajo sus cuerpos creando un espantoso e insondable abismo por el cual fueron tragados para siempre.
No era sino el comienzo del gran resquebrajamiento de Pangea, el inicio de lo que luego fuera el mundo que conocemos; el rompimiento de la enorme masa de tierra que dio lugar, a partir de ese momento, a los cinco continentes que habría en el futuro.”

—¿Se juntarán los continentes alguna vez de nuevo, abuelo?—pregunta el pequeño bostezando y medio adormilado.
—Los caballeros Darnok y Servano consiguieron encontrarse, ¿porqué no pueden hacerlo los continentes? Estoy seguro que algún día lo harán, es cuestión de tiempo.











4 comentarios:

Monelle/Carmen dijo...

Fantástico, extraordinario relato Andrés. Me has mantenido pegada a la pantalla durante toda su lectura, que ha sido un goce. Excelente tema, argumento e historia. Felicidades. Un placer. Se te da muy bien el fantástico.
Besos.
Carmen

Andrés Hernández Martínez dijo...

Carmen:
Gracias, gracias y gracias.
Un honor para mí que me leas.
Besos
Andrés

Deprisa dijo...

Al principio, cuando vi la imagen, pensé que el relato tendría algo que ver con "El caballero de la armadura oxidada" pero según avanzaba en la lectura me he ido dando cuenta de que era otra historia.

Me ha gustado mucho y me la he leído del tirón, sin separar los ojos de la pantalla jeje.

Algún día se la contaré a mi sobrino a ver que caras pone. Creo que enseña una gran lección, sobre la amistad y los principios morales, así como a no rendirse nunca (también enseña algo de historia geográfica y geología jeje).

Definitivamente me ha gustado.

Un placer pasar por aquí, un saludo.

KI dijo...

Me mantuve atento todo el relato. Me encanto y me pareció fascinante la historia y la interacción entre los personajes. Me hizo recordar a mi abuelo y las increíbles historias que me relataba de niño :)

Gracias x eso

Éxitos Andrés