viernes, 24 de abril de 2009

El pequeño Setaú









Los emisarios del faraón Seti ,“el toro victorioso”, habían pasado dos días antes por la pequeña aldea allanando el camino que posteriormente recorrería la deidad hacia el harén de Mer-Hur , “el gran amor”.
Todos estaban avisados y sabían que el gran dios no debía encontrar obstáculo alguno que entorpeciese su paso. La mayoría de aldeanos, temerosos de caer en falta a los ojos de los soldados, optaron por permanecer en sus casas a la espera de que la comitiva real pasara de largo. Les aterrorizaba la posibilidad de ser causantes de cualquier tropiezo con tales personalidades. Solo los niños, empujados por su curiosidad e inocencia, esperaban expectantes la llegada, por lo novedoso del hecho. Por fin, dos días después, apareció una cuadriga con dos caballos blancos que relucían bajo el sol. Era la avanzadilla de la larga caravana que venía más atrás, a la distancia prudencial para no verse afectada por la polvareda que dejaba su paso. Al poco apareció un gran carruaje primorosamente adornado, tirado por seis caballos engalanados en oro y plata, rematadas sus cabezas con penachos de vistoso plumaje. Tras los visillos de seda pura, cómodamente arrellanado en cojines, iba el faraón. No hubo parada. El faraón y el resto del séquito pasó de largo haciendo gala del desprecio que gente tan burda les merecía. Los niños, no entendiendo de esas diferencias, saltaron de alegría y vitorearon a aquellos imponentes personajes agitando ramitas de palmera. Cuando habían sobrepasado la linde de la aldea y enfilaron por el camino que llevaba a Gebel Silsilen , situado cerca de las canteras de arenisca, en la provincia verde en que reinaba Sobek el dios cocodrilo, como empujados por una voz, los niños salieron corriendo con la intención de hacer de escolta durante un buen trecho del camino. Así lo hicieron durante algo más de un kilómetro, hasta que poco a poco fueron rindiéndose todos al agotador trote. Todos menos uno, Setaú, niño de unos doce años que con sorprendente brío seguía y seguía corriendo en solitario. Cuando llevaba recorridos unos tres kilómetros repararon en él. Los acompañantes del faraón giraban la cabeza atrás de vez en cuando para comprobar con admiración como el pequeño Setaú no se rendía ni desfallecía ante el cansancio y el abrasador sol. Fue creciendo las simpatías de todos ellos hacia el muchacho a medida que la distancia con la aldea aumentaba. Alguien puso en conocimiento del faraón el hecho curioso. Pasó un largo espacio de tiempo y viendo éste que el niño continuaba incansable y sin perder distancia, mandó parar la comitiva. El pequeño Setaú paró en seco, sin saber que hacer y se mantuvo a prudencial distancia. El faraón Seti envió a un soldado a caballo y le ordenó que lo trajera ante su presencia. Movido por algún oculto sentimiento de compasión, que ni él mismo podía explicar, pensó en regalar a aquel harapiento niño con algún presente como premio a su adoración y esfuerzo. No tardó en estar ante su majestuosa presencia. El niño, avisado por el soldado, se postró de rodillas; los brazos estirados en el suelo y la cabeza tocando la tierra. La distancia, la necesaria para no ofender el delicado olfato del gran soberano. —Ponte en pie, muchacho —le ordenó en tono solemne el faraón Seti—. Eres un niño fuerte y audaz. Veo que posees el don de la constancia y la capacidad de sacrificio y que nada te detiene con tal de ver la gloria de tu faraón. Eso me complace enormemente, pero quiero preguntarte algo: ¿De dónde te viene esa resistencia para correr bajo el sol durante miles de codos sin desfallecer? —¡Eso para mí no es nada, mi señor! —Respondió el pequeño Setaú con orgullo poco disimulado. —¿Qué me quieres decir con esa respuesta? Lo que tú haces no es muy corriente para una persona de tu edad y clase. Responde, ¿qué fuerza desconocida te empuja a tal hazaña? —Preguntó descontento Seti, esperando que la respuesta fuera esta vez el halago para su ego de saber que él era el motivo de tan titánico esfuerzo. —Lo que ocurre, mi señor, es que yo cuido cerdos y cuando alguno se me escapa no paro hasta darle alcance. Por eso estoy tan acostumbrado que no me canso por mucho que el cerdo me haga correr tras él.

4 comentarios:

Monelle/Carmen dijo...

Me da que no le debió satisfacer mucho tan sincera respuesta al faraón. Un cuento precioso Andrés, me ha gustado mucho. Las descripciones, la puesta en escena, digno de salir de uno de esos milenarios libros clásicos en el que las historias siempre nos dejaban un mensaje. Me ha gustado mucho. Felicidades.
Besos
Carmen

Entrellat dijo...

A veces la verdad, se puede malinterpretar, y una cosa dicha con la más pura inocencia, puede volverse un gran insulto. Esa es la grandeza del lenguaje.

Un trabajo buenísimo, y lleno de comicidad.

Saludos

Entrellat

carles dijo...

De hecho es lo que les digo a algunos de mis clientes, cuando me hacen ir a verles i me ven sudado i acalorado pero puntual, y no quieren comprar solo informarse. Mi trabajo es tambien perseguir a algun tonto de vez en cuando

Andrés Hernández Martínez dijo...

Carles, gracias por tu colaboración al entrar, leer y comentar en mi blog.
No esperaba menos de ti, conociendo el humor fino que te gastas.
Un abrazo.