miércoles, 28 de enero de 2009

El relevo






Jaime, a sus veinticinco años, vive angustiado porque desconoce el origen de su estado de desánimo. Ha repasado mentalmente una y mil veces toda su trayectoria vital y no acierta a dar con el enigma de su zozobra, su inseguridad y esa apatía que siente ante la vida. Pocas cosas le motivan en el transcurrir de su existencia diaria, carece de aspiraciones que le provoquen la estimulación que tanto le gustaría tener para salir al mundo con alegría , con el ímpetu de arrollarlo, de saborear la esencia de todo lo que está a su alcance. Sabe que eso es una utopía para él, que carece de esa vitalidad que da la ilusión, el optimismo y las ganas irrefrenables de saciar a su espíritu joven de los placeres mundanos.
A su edad ya ha comenzado a andar solo por la vida, después de años de prepararse para lo profesional, enclaustrado en su lugar de estudio en detrimento de su vida social; pocas juergas, pocas relaciones de ambos sexos y menos experiencias. Descubre que está vacío. Nada llena ese hueco que siente en lo más hondo de su espíritu. Tiene un trabajo, al cual acude a diario como un autómata; sin sentimiento alguno, solo movido por la inercia impuesta de lo que él cree ser su obligación, sin más.
En el tiempo de ocio no consigue llenar ese espacio de tiempo improductivo si no es a base de martirizarse aún más con sus reproches. No le gusta como es su vida pero carece de la suficiente inteligencia emocional como para hacerla a su medida y sentir el gozo de experimentar cuanto hay al alcance de su mano y a la altura de su, aún, corta edad.
Este fin de semana ha sido largo, como todos. No ha hecho otra cosa que estar encerrado en su reducido apartamento, solo, con la única compañía del televisor que preside la, todavía más pequeña, sala-comedor.
Mañana es lunes y comienza otra tediosa semana en el cubículo que tiene asignado en la compañía de productos informáticos en la que trabaja. Está en la cama, dispuesto a dormir y, como siempre, por enésima vez en su vida, la inquietud le asalta en el momento de quedarse a oscuras. Tiene miedo. Miedo a que se repita de nuevo el sueño de siempre, una pesadilla que recuerda desde que era niño y que constantemente se le presenta en su mundo onírico.
La imagen conocida es la misma una y otra vez: Va caminando por un pasillo oscuro de paredes sucias, sin decoración alguna, se diría que mugrientas. La única luz que hay es la que le llega desde su espalda. En la pared frontal hay una puerta de vieja, pero robusta, madera. Sus pies avanzan en contra de su voluntad, cansados, parecen hundirse en el suelo viscoso. Cuando está a medio camino su corazón se acelera y le sobrecoge un temor irracional cuando escucha los golpes desde el otro lado de la puerta. El miedo le hace despertar, nunca se ha atrevido a llegar hasta ella y abrirla.
Sudando, como siempre que eso ocurre, se sacude en la cama, enciende la luz y bebe el vaso de agua que hay en la mesita de noche.
La excitación es la misma que otras veces. Siempre es igual, acaba maldiciéndose por su cobardía. Intuye que si alguna vez fuera capaz de abrir esa puerta todo cambiaría, pero al mismo tiempo reconoce que le falta el valor para enfrentarse a lo que pueda haber tras ella.
Después de removerse incontables veces en la cama, buscando la posición idónea para reanudar el sueño, trata de no pensar en nada y queda de nuevo dormido.
Una vez más está en el angosto y odiado pasillo. La luz que le llega de atrás proyecta su propia sombra frente a él. No mueve un solo músculo pero sin embargo observa como el dibujo de su sombra agita enérgicamente los brazos como instándole a seguir avanzando. A esas alturas, y después de padecer la misma pesadilla desde su infancia, no se altera por ese extraño fenómeno.
De repente, e inexplicablemente, adquiere una extraña lucidez que le hace ser consciente de donde está y lo que debe hacer. Despega los pies del suelo con insólita facilidad y su andar ahora es ágil y decidido. Por primera vez está a escasos centímetros de la puerta, su mano casi roza la vetusta madera. Ahora los golpes que provienen del otro lado se hacen más sonoros, más insistentes que nunca, al tiempo que el redoble de su corazón parece acompasarse con ellos como si fuera uno solo.
Está dispuesto a actuar sin pensar. Sabe que si reflexiona no lo hará y esta vez no es como las anteriores. En esta ocasión, extrañamente, ha vencido sus miedos consiguiendo acercarse hasta el límite nunca alcanzado.
Con las fuerzas renovadas, que le da su negación a reflexionar, alarga la mano hasta tocar la madera mohosa de la puerta. Se abre inmediatamente y Jaime, de un solo y definitivo paso hacia delante, entra en una lóbrega estancia en la que se sorprende al encontrarse consigo mismo. En el momento exacto en que entra Jaime, sale Jaime al pasillo cerrándose con fuerza la puerta tras él.
Ha llegado el momento del relevo.
Ya no se escuchan golpes.
Sale hacia la luz a paso acelerado, alejándose de la oscuridad.
Más tarde despierta, a la hora acostumbrada, para ir a su trabajo. Se levanta con más energía que nunca. Se viste y sale a la calle aspirando a pleno pulmón el aire fresco de la mañana. Sus ojos están más abiertos de lo acostumbrado, los oídos expectantes y el resto de los sentidos alerta a cualquier sensación nueva que puedan experimentar.
En su cabeza revolotean un sin fin de ideas, como un enjambre multitudinario de inquietas mariposas de todos los colores imaginables: anhelos, goces nuevos, placeres inagotables, proyectos posibles de realizar, objetivos ahora alcanzables…Su mente es un hervidero, un volcán en erupción; es la euforia en estado puro. Tiene un ansia irrefrenable de comerse el mundo: “¡Por fin libre, la vida me espera impaciente!”




2 comentarios:

Monelle/Carmen dijo...

Un relato intenso, inquietante, se palpa la angustia de lo que no controlamos. Me ha gustado mucho. Felicidades.
Carmen

Monelle/Carmen dijo...

Andrés saluditos, cambiaste el título y lo volviste a subir ¿no? Qué cosas jajaja
Besos
Carmen