martes, 2 de septiembre de 2008

Soledad









El mundo en el que vive mi cuerpo es gris. Estoy mezclada entre los míos, pero no pertenezco al grupo. Muero poco a poco, aislada de todo y de todos. Los sentimientos, los colores, el movimiento…la vida en sí, permanecen en mi interior con todos los matices, pero mi dificultad consiste en no tener la capacidad de exteriorizar absolutamente nada de toda esa belleza.


Sufro. Sufro más de lo que cualquiera que me conoce pueda imaginar. Sufro cuando mi madre, protectora y tierna irrenunciable, me acaricia y mima con la esperanza de que algún día le devuelva un gesto de complicidad, una mirada, un movimiento que deje adivinar una intención en mi rostro; algo que demuestre que soy receptiva a su amor.

Nada.

Me es imposible transmitirle una esperanza.

Mis hermanos hace ya mucho que renunciaron a mí, para ellos soy un ser inerte que no cuenta, estoy aquí pero como un mueble más, un objeto inanimado que resulta incómodo. Ellos también lo intentaron con ganas, se desvivían por hacerme reaccionar, me protegían y daban cariño, pero terminaron por abandonar al no recibir jamás el más leve movimiento de mis labios que les indicara un intento de corresponderles.

De nada sirvieron aquellas largas sesiones de especialistas por las que tuve que pasar.

Todo se queda dentro de mí, soy incapaz de dar con el resorte en mi cabeza para hacer que mi cuerpo obedezca y exprese, en el momento que deseo, lo que siento.

Dentro de mí hay una lucha titánica por arrancar hacia fuera una mínima expresión que dé alguna expectativa a los míos para que sigan intentándolo. Imposible. Solo yo se lo que sufro. Me siento muerta por fuera, pero muy viva por dentro. Es como si mi cuerpo viviera en un mundo y mi mente en otro, pero nada tuvieran que ver entre ambos, como si fueran inalcanzables aunque cercanos entre sí.

Nadie jamás sabrá nada de mí, moriré sin que mis propios padres y hermanos me hayan conocido.

Vivo una tristeza infinita, maldita.



1 comentario:

Monelle/Carmen (Coeditora Soterrània) dijo...

No debe ser difícil de imaginar que el mundo del autismo, para el que lo sufre, pueda ser así. Una triste historia, muy buena, que llega y deja un sentimiento muy profundo de compasión y tristeza.
Besos.
Carmen