viernes, 12 de septiembre de 2008

Maestro, enséñame el camino.








—Dime maestro, ¿qué es el Aikido? —pregunta el alumno.
—Aikido es el arte de no estar, es el sutil concepto de la no presencia, es la frustración de tu adversario cuando se acerca a invadir tu mundo y no estás allí. Al ocurrir esto, la armonía del cosmos no se rompe, el equilibro inmutable de la naturaleza no se altera. Tu enemigo se dirige a ti con el afán de destruir tu hábitat, tu lugar en el espacio y el tiempo, pero cuando llega sólo encuentra vacío, tú te has apartado del punto de inflexión; del lugar en donde se auguraba el choque, arrastrando contigo tu propio universo —responde paciente el Maestro o Sensei.
—Entonces, ¿por qué aprender a luchar contra él, si luego la victoria nos la da una simple huída? —insiste el alumno.
—Porque la verdadera lucha no es contra él, si no contigo mismo. Aprendes técnicas para defenderte de tu ego, recuerda que sólo entra en el juego del contacto el ignorante o poco evolucionado en este maravilloso arte marcial.
—Visto así sólo habré llegado a la perfección cuando no luche, si no... ¿Huya?
—Exacto, pero con un matiz; tú no huyes de tu enemigo, es sólo que no estás cuando él llega. ¿Por qué crees si no, que falto tantas veces a clase?
—Por compromisos personales tuyos, ¿no es así? —responde raudo el pupilo.
—¡Cuán equivocado estás joven alumno! Lo hago como consecuencia de mi propia filosofía, porque soy coherente con lo que os enseño día a día. El arte de no estar es extensivo incluso a mi persona, por lo que implica ausencia física a todos los niveles, y aunque, claro está, mi mente esté aquí en esas ocasiones, de forma alternativa me privo a mí mismo de la presencia material en el Dojo en beneficio de vuestra superación como aikidokas. Forman parte de las enseñanzas que os transmito estas ausencias mías. No debéis interpretarlo erróneamente. Si así lo hicierais estaríais cuestionando mis conocimientos, pecando de soberbios, pues pretenderíais saber más que vuestro maestro y eso es también motivo de ruptura del equilibrio universal, lo que a la larga iría en detrimento de vuestro propio perfeccionamiento —aclara el Maestro.
—Entonces, ¿debemos agradecer que faltes de vez en cuando?
—Efectivamente, eso es lo que te estoy dando a entender.
—Pero tú nos cobras una mensualidad por tus enseñanzas. Cuando no vienes no nos haces descuento alguno, ¿cómo se entiende eso?—las dudas del principiante no tienen fin.
—¡Qué equivocación tan mayúscula! ¡Cuán perdido en la incertidumbre te veo! Yo no cobro nada por mi sabiduría, sois vosotros los que pagáis por vuestros errores. Es una carga que debéis soportar con resignación mientras seáis seres imperfectos, hasta que por fin, con práctica, sin desaliento, veáis la luz. Si os hiciera descuentos, caeríais irremisiblemente en el materialismo y éste impediría que observarais más allá de las necesidades mundanas o carnales. Comprobado está que no hay nada que cause más perturbación al ser humano que aquello que se relacione con el bolsillo, y es ahí donde más debéis profundizar, en despojaros de algo tan banal como es el interés crematístico, el cual os subyuga y os ata. Debéis fluir, ser etéreos...sin ligámenes. Tendríais que interpretarlo como un regalo que os hago, no como una penalización o castigo. Sé que es difícil entender todo esto, pero si sois perseverantes algún día lo veréis con diáfana claridad y entonces me lo agradeceréis. Tenéis que ver con los ojos del corazón, aprended eso y seréis libres —termina por decir, armado de paciencia, el Sensei.
—Perdóname Maestro, pero con tus explicaciones me has abierto los ojos. Y cosas que a veces interpretamos desde nuestra perspectiva, luego son distintas en su verdadera esencia. He cometido una falta grave. Ahora soy consciente de ello.
—¿Y qué es, si puede saberse? No estés afligido, si algo te desasosiega, no dudes en compartirlo conmigo, por fuerte que sea te demostraré que aquello que nos atormenta, enfocándolo desde un punto de vista filosófico, carece de valor alguno. Es intrascendente.
—Es que me avergüenza confesarlo al comprender con tus planteamientos la magnitud de mi falta. —se lamenta el cansino alumno.
—Tranquilízate. Mi espíritu y mi mente han llegado a un estado más allá de esta pobre realidad, por lo que sea lo que fuere, me es ajeno y no puede perturbar mi armonía. Dímelo, desahógate.
—Está bien, te agradezco de antemano tu apoyo y comprensión. En más de una ocasión has dicho a todos nosotros: “Como dijo el Maestro, tenéis la obligación de robar de mis bolsillos“.
—Es cierto, lo he dicho, continúa —exige el Maestro curioso por ver en que acaba el asunto.
—Pues bien. Yo, neófito de mí en esta materia de la semántica, ignorante de tus metáforas y con el sano afán de obedecer tus prédicas literalmente, un día que estaba solo en los vestuarios del Dojo, te quité el reloj y el teléfono móvil. Luego se lo vendí a un colega mío y con el importe me compré esta hakama. ¿Crees que hice mal?
—¡De manera que fuiste tú! —grita colérico el Sensei.
—Sí Maestro, fui yo.
—¡Serás cabrón! Te voy a partir la cara, desgraciado. ¡Toma y toma! ¡Será hijo puta, que me ha hecho gastarme 400 euros por la cara..., hereje de mierda...!¿Te das cuenta, como por vuestro bien, es aconsejable que de vez en cuando me ausente para no ver la iniquidad a la que estáis sometidos? Largo, largo de mi vista.
¡Ommmm...!



© Andrés Hernández (anhermart)

2 comentarios:

Monelle/Carmen (Coeditora Soterrània) dijo...

jajajaja Magnífico, muy divertido y ameno. Felicidades.
Carmen

Maria Inês de Freitas dijo...

Hola Andrés,
Muchas gracias por tu comentario que has publicado en mi Blog.
Este relato "MAESTRO, ENSEÑAME EL CAMINO" es muy divertido.
Felicidades,
ines