sábado, 9 de agosto de 2008

Una rosa en el buzón.





Rebeca entró en el portal de su domicilio. Venía de comprar los escasos artículos comestibles de cada día. No necesitaba demasiado, ya que estaba sola. Completamente sola. Después de su corto recorrido; panadería, frutería, pescadería-siempre en ese orden-al llegar a su casa, tenía por costumbre mirar el buzón. Nunca había otra cosa que no fuera publicidad. Pero ella, esperanzada, rebuscaba incansablemente en busca de un sobre con su nombre y un remitente conocido, un familiar lejano tal vez. Era inútil, siempre lo mismo; publicidad. Nada de cartas personales.
Viuda, sesenta y dos años y sin hijos, no tenía a nadie de quien esperar noticias, pero albergaba la esperanza de recibir correspondencia aún a ese pesar.
Ese día había llegado. Al acercar su mano al buzón notó algo extraño; una rosa roja dejaba asomar uno de sus pétalos por la abertura. Abrió la portezuela, desconcertada sacó la flor y comprobó que había algo más. Un sobre blanco cerrado y sin ningún signo de escritura estaba allí como respuesta a sus deseos.
“¡Un anónimo!, ¿qué es esto?, ¿y ésta rosa?”
Tomó el sobre, cerró con la diminuta llave y se dirigió al ascensor, ansiosa por llegar a su vivienda.
Una vez dentro, no esperó. Abrió con cuidado el sobre procurando no desgarrarlo demasiado y extrajo un trozo de cartulina blanca donde decía:
Tus ojos son dos flores
Como la que está en tu mano,
Mezclando sus colores;
Es el más vello ramo.
Acercó la rosa y la olió. Su aroma era único, nunca le supo tan bien el perfume de una flor.
“¡Lo que me faltaba —exclamó ilusionada—, un admirador anónimo!”
El amor estaba descartado ya en su vida desde que la enfermedad de su marido se lo arrebató años atrás. Nunca más pensó en la posibilidad de recuperar ese sentimiento, pero la soledad, el tedio; tampoco le hacían mucho bien, por lo que, como una ráfaga, pasó por su cabeza la descabellada idea de un nuevo intento. ¿Porqué no?
Tenía en su mano la prueba de que alguien, cercano tal vez, hubiera puesto sus ojos en ella. Eso lo cambiaba todo. Como una semilla, fue arraigando en su corazón el germen de esa posibilidad. Con el paso de los días tomó tal fuerza que, sin darse cuenta, comenzó a cambiar sus hábitos. Cuando se arreglaba por las mañanas, le dedicaba más tiempo del habitual al espejo. Tardaba más de lo acostumbrado en su recorrido diario por los comercios de lo que antes lo hacía, incluso a veces se sorprendía a ella misma asomándose a la ventana del comedor que daba directamente a la calle. Estaba convencida de que su amante oculto no aparecería, pero la esperanza de que ocurriera lo contrario le agradaba más, por lo que decidió no desechar esa idea.
Pasaron varios días y el buzón no contenía más que lo de siempre: publicidad. Pasaron semanas y lo mismo. Rebeca no estaba dispuesta a renunciar y vivía pendiente de ese momento emocionante de encontrarse con una nueva carta, de otra rosa que confirmase que no soñó lo ocurrido. De todas maneras, la rosa marchita en un jarrón de su salita, le decía que no fue un sueño de vieja torturada por la soledad. Esperaría el tiempo que fuera necesario.
Un día, mirando tras los cristales de la ventana, vio a un hombre de unos sesenta años, de buen porte; elegantemente vestido, de cabello cano bien peinado. Estaba frente al portal, al otro lado de la calle. Llevaba un discreto ramo de rosas en una mano.
Rebeca dio un respingo, alterada, el corazón le palpitó peligrosamente. Dando un paso hacia atrás se apartó de la ventana. Estaba desconcertada; “¿qué hacer?”. Quedó bloqueada, sin poder razonar. El hombre venía hacia su portal. ¿Llamaría al portero electrónico?, ¿subiría hasta su misma puerta?
No pudo soportar la tensión; sus piernas se aflojaron y comenzó a ver minúsculos puntitos negros que flotaban a su alrededor. A duras penas pudo acercarse hasta el sofá, donde se recostó lánguida como si no tuviera fuerza en sus miembros. Perdió el conocimiento.
Minutos después, cruzaba la calle una pareja unidos del brazo. Él; el hombre del ramo, ella; una vecina de Rebeca de dos pisos más abajo.

1 comentario:

Monelle dijo...

No sé, pero no consideraría esta historia tan bien escrita y tan llena de sentimiento, como de humor, pues el humor ácido cuando de sentimientos se trata, se convierte en nostalgia. Todos hemos sufrido con algún malentendido dentro del mundo de los sentimientos, y aunque una sonrisa se dibuje en nuestro rostro, cuando somos conscientes de ello, por debajo del dibujo en nuestro rostro, queda un tin de amargura. Me gusta mucho, ya te lo leí en búho, y me ha gustado recordarlo.
Carmen