jueves, 14 de agosto de 2008

Insoportable asimetría.





Desde que la vi por primera vez quedé prendado de su sonrisa. Todo empezó cuando me mudé de apartamento. Aquella primera noche me asomé al balcón para observar el panorama que se divisaba desde mi nueva vivienda y justo enfrente, en otro edificio y al mismo nivel, pude ver su rostro iluminado por la tenue luz de una lámpara. Era sereno, dulce y de sonrisa insinuante. Sus ojos parecían dirigirme una llamada insistente. Mantuve la mirada haciéndole un pulso en lo que me pareció una eternidad. Me sentí empequeñecido, turbado por su fuerza. Aparté la vista y me di por vencido en la pugna que sostuvimos por no ceder el primero.
Desde esa noche acudía a diario a la cita y cuando se encendía la luz de la alcoba, de mi vecina de enfrente, volvía a la carga. Siempre ganaba ella.
Empezó a obsesionarme un detalle que al principio me pasó inadvertido; la inclinación de su cabeza hacia un lado le restaba majestuosidad. Debía corregir ese pormenor, estaba firmemente decidido.
En los días siguientes hice lo posible por encontrarme con la propietaria del apartamento de enfrente. No tardó mucho en darse la ocasión; la vi en el supermercado del barrio intentando alcanzar, de una estantería, un paquete de galletas. Procurando ser lo más cortés y educado posible le puse la mercancía en sus manos y luego me presenté. Observé que estaba receptiva, por lo que todo fue rodado. Volvimos a vernos en otras ocasiones y parecía agradarle mi presencia, se mostraba extraordinariamente simpática. Era una mujer estupenda en toda la extensión de la palabra; una mujer hermosa.
No pasó más de dos semanas en que concertáramos nuestra primera cita. Yo insistí en que fuera en su casa y lo conseguí.
Cuando llegó el momento subí hasta su vivienda y me sorprendió su exquisito gusto; cena con velas, platos deliciosos y un vino excelente como preludio a una prometedora y romántica velada.
Después de la degustación se retiró a su dormitorio insinuándome con un sutil lenguaje corporal que la siguiera. Prudentemente esperé unos minutos, embargado por la emoción de saber que había llegado el momento tan esperado.
Cuando entré en la alcoba se confirmaron mis apreciaciones sobre su extraordinaria belleza. Era hermosa, radiante, un halo de misterio envolvía su delicado rostro. Pero, sobretodo, lo que más me cautivó fue su sonrisa; era de una ambigüedad exasperante tal que su influjo no se podía eludir.
No lo dudé un segundo; me abalancé hacia la cama y trepé por ella deslizándome hasta llegar al cabezal. Allí estaba ella esperándome, había deseo en su mirada. Alargué mi brazo derecho, mientras mi mano izquierda se apoyaba en un seno, y con un ligero movimiento de balanceo enderecé el grueso marco que la cobijaba.
Pareció agradecérmelo con una sonrisa, esta vez más generosa aún que las anteriores.
Salí de allí de forma apresurada, sin mirar atrás, al tiempo que los insultos me perseguían hasta el ascensor, convencido de que había devuelto a aquella hermosa dama la dignidad que merecía.
La ventana de la alcoba nunca más se abrió desde esa noche.



© Andrés Hernández (anhermart)

1 comentario:

Monelle dijo...

¡Qué gamberro eres! Se puede ser más detallista. ¿No hubiera sido más sencillo decírselo? jajajaja Menudo chasco. Muy bueno jajaja
Besos.

Carmen