miércoles, 8 de septiembre de 2010

Nunca es tarde





Paquita, la peluquera más cercana que tengo a mi establecimiento, nació en 1951, yo también.
Paquita tiene el mismo oficio que yo, aunque yo sea del gremio masculino.
Ella se casó en el año 1975, como yo. Comenzó a aprender el oficio a los catorce años; también coincidimos en eso.
Paquita, desde hace treinta años, pasa siempre por delante de mi peluquería,camino de la compra diaria, y siempre mira hacia adentro del local para saludarme. Llevamos treinta años, día por día, diciéndonos: “Adiós, adiós”.
Esa es la conversación que hemos tenido en todo ese período de tiempo. Bueno, hasta hace un par de meses que, por primera vez, coincidimos en la panadería que hay frente a mi local.
Cuando entré estaba ella y una señora de más edad, a la que atendía en ese momento la dependienta. Saludé al entrar y ella me correspondió con su habitual gesto risueño en la cara.
Paquita es menuda y algo rellenita y tiene una cara generosa, amplia, se diría que tiene cara de buena persona; redonda y luminosa. Sus ojos son de mirada viva, parecen querer hablar, como si quisieran transmitir algo más que una simple mirada convencional, como si quisieran exteriorizar palabras o sentimientos.
Después del rutinario “hola” decidí que ese momento no era para dejarlo en solo un saludo. Paquita y yo nos conocemos de vista desde hace 45 años aunque no hayamos hablado nunca y eso en cierto modo exigía algo más que un saludo en nuestro primer encuentro.
Al entrar en la panadería me posicioné a su lado y le pregunté, como excusa para iniciar un diálogo, sobre el trabajo. Ella sabía que eso era lo de menos y en muy pocas palabras ya habíamos reconducido la conversación entrando de lleno en lo que a ambos nos interesaba desde hacía tanto tiempo. Ella quería sonsacarme, lo intuí siempre, y yo quería aclararle algo de su interés desde hacía ya demasiados años.
Me recordó la época en la que yo trabajaba con mi padre, cuando era aprendiz y tenía catorce años. Entonces estábamos en otro local muy cerca del que ahora soy propietario.
Esperé hasta que tocó “el asunto”: “Con tu padre trabajaba un muchacho que se llamaba Antonio, ¿verdad?” Por fin habíamos llegado al objetivo.”Sí, y ¿sabes lo que me dijo en más de una ocasión? Los ojos se le abrieron aún más de lo acostumbrado al oír estas palabras mías. “No, ¿qué te dijo?”, me preguntó ruborizada, bajando ligeramente la cabeza a la vez que sus parpados se entornaban acompañando un leve y entrecortado suspiro. Ya la tenía a punto de caramelo para darle la noticia de su vida. No perdí la ocasión : “Antonio no paraba de decirme todos los días lo ciegamente enamorado que estaba de ti. Me decía que no dormía, que estabas siempre en su cabeza, que te quería con locura. Lo tenías obsesionado"
Me pareció que tomaba aire con dificultad, entre palpitaciones incontroladas de su corazón. Volvió a ruborizarse y me respondió: “Sí, a mi me ocurría lo mismo, pero en aquellos tiempos los padres mandaban mucho y mi madre no paraba de decirme que ese chico no me convenía, que me lo quitara de la cabeza”. Un amago de tristeza le ensombreció algo el rostro al decir eso. Se quedó pensativa y callada un momento para luego decirme con una sonrisa de reconocimiento: “Gracias”.
“Lo que te he dicho es la verdad Paquita. Nunca he tenido ocasión de comentártelo, pero creo que te lo tenía que decir ya que eres la interesada y no guardármelo solo para mí”
Suspiró de nuevo, me sonrió y quedó callada, sumida en insondables pensamientos que dieron otra vez luz a su mirada.
Cuando le despacharon repetimos el ritual de siempre; “Adiós, adiós” y se marchó.

Han pasado algunos meses desde ese encuentro y hemos vuelto a coincidir. Ahora hay una especie de complicidad entre nosotros. Creo que me está agradecida. Hace unos pocos días se paró en la puerta de mi peluquería y me contó cosas de su actual situación laboral, quiere prejubilarse para atender a su nieto, cansada ya a sus sesenta años de la rutina del oficio.
Paquita no ha tenido suerte en su vida, no llevaba más de cuatro años casada cuando tuvo la enorme alegría de que la fortuna tocara a su puerta. Le tocó la lotería; ¡nada más y nada menos que quince millones de pesetas de las de entonces!, suficiente como para vivir desahogadamente muchos años con una buena administración de aquel dineral. Pero la codicia de su entonces esposo truncó sus sueños ya que el desaprensivo la abandonó a ella y a su pequeño llevándose todo el dinero y desapareciendo para siempre. En los barrios como el mío estas cosas son de dominio público y por eso conocía ese detalle.
Hasta ahora siempre ha vivido dedicada por entero a su trabajo y a su hijo; tiene una modesta peluquería ocupando parte de su propia vivienda de planta baja. Su hijo Pablo es su tesoro y ahora el nietecito la continuación de ese preciado patrimonio.
Por ese motivo le expliqué un detalle que tal vez le sirva para equilibrar la balanza cuando piense en su desafortunada relación con Antonio y alivie las carencias que ha tenido en su vida sin él.
Antonio, junto a su familia, y en aquellos días, marchó en busca de prosperidad a Ibi, Alicante. Antonio se casó allí pero no ha tenido hijos con su esposa. Lo sé porque casualmente somos del mismo pueblo de Almería y coincidimos veintidós años después de su marcha de Sabadell en unas vacaciones de verano. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas y supe entonces que la pareja se desvivía por sus seis perros de caza ante la imposibilidad de tener hijos. Sin preguntárselo me reveló que era por su causa y no de su esposa.
“¡Vaya, pobre!”, comentó Paquita por esa circunstancia con cierta pena. Pero yo sé que eso le compensará al rememorar su poco afortunada vida sin él.
Con Antonio, ¿dónde estaría su adorado hijo Pablo y ese nieto que ahora es el objetivo de su vida?
Lo que ya no le podrá arrebatar nunca nadie, para el resto de su vida ,es saber que ha sido tan amada en alguna ocasión.
Quería decírselo algún día…y así lo he hecho cuarenta y cinco años después.
Nunca es tarde.

7 comentarios:

fonsilleda dijo...

No sé si es una experiencia personal (si es así, magnífica) o si es una de tus invenciones.
De cualquier manera, es una delicia leer este texto. Con sabor a melancolía, a abandonos, a amores que persisten el paso del tiempo.
Muy bonito, querido barbero.
Bcos.

Lluís dijo...

Estas historias hacen sentir unos contrastes, unas distancias abismales entre dos amantes, unas separaciones en el tiempo hablando de lo que empezó hace 40 años y como sigue ahora, en el curso tomado por una vida entera respecto a otra posibilidad que era la deseada en el principio, que a su vez se le une la sensación ahogante y frustrante de ser imposible entonces e irreversible ahora, el renacer de antiguos sentimientos que quedaron guardados intactos en algún lugar, y la sensación de deuda pagada, de círculo cerrado, no hubiera cambiado el destino de los dos decirlo pero... había que poner el último ladrillo.

Anhermart dijo...

Fonsilleda:
Aunque me halaga mucho que me leas y digas que es una delicia hacerlo,permíteme que no desvele el secreto de si mi relato es ficción o un hecho real para que la magia no se rompa.Dejo que elijas tú una de las dos opciones.
Gracias,mi muy admirada colega de letras.
Besos

Anhermart dijo...

Lluís:
Gracias por tu comentario.
Eres un buen crítico,; certero en tus análisis.

Balteu dijo...

A mí no me importa si es producto de tu imaginación o un recuerdo personal, lo que me importa es lo que transmite y eso se debe a tu buen hacer en la elaboración del texto. Narras una historia más habitual de lo que a simple vista parece y es normal dentro de un mundo con poca comunicación, unas veces por convencionalismos, otras por timidez o valentía suficiente, otras por esperar ocasión, y esta puede tardar cuarenta y cinco años o más.
Es un placer leerte apreciado compañero.

Un abrazo.

Anhermart dijo...

Balteu:
Gracias por tu visita.
Agradecido popr tu comentario.
Un abrazo compañero de letras.

fonsilleda dijo...

Desde luego que estás en tu derecho...
Pero, ya sabes... mujer al fin.
Bicos